viernes, 24 de noviembre de 2017

Ojalá Goytisolo le hubiese puesto dedicatoria:



A los jóvenes millennials, que no tienen ni puta idea del deseo.



Así...
Algunas veces llego
presuroso, rodeo
tus rodillas, toco
tu pelo. ¡Ay Dios, quisiera
decirte tantas cosas!
Te compraré un pañuelo,
seré buen chico, haremos
un viaje... No sé, 
no sé lo que me pasa.
Quiero morir así,
así en tus brazos.

(José Agustín Goytisolo)



(Aquí ya va sonando la décima de Erentxun ). 


jueves, 10 de agosto de 2017

Los días de verano se van atropellando de forma incierta.
Abro la ventana y respiro esperanza.
Un poema de Bolaño se deja hacer:

Te regalaré un abismo (dijo ella)
pero de tan sutil manera que solo lo percibirás
cuando hayan pasado muchos años
y estés lejos de México y de mí.
Cuando más lo necesites lo descubrirás
y ese no será
el final feliz
pero sí un instante de vacío y de felicidad 
y tal vez entonces te acuerdes de mí
aunque no mucho.

(Roberto Bolaño)


martes, 13 de junio de 2017

The death will come and it will have your eyes or the night you slept.

Siempre acabo volviendo a esto que escribí hace un año. Lo reviso, lo reescribo, lo corrijo. Nunca parece concluir. Yo creo que guarda cierto virus de nostalgia en los huecos, como esas malas noches en los que una debería estar escribiendo aburridísimos textos académicos y se le escapa, a propósito, la poética por los pies de página. Hasta en los anexos. ¿No se han dado cuenta? A mí me sale el amor como una mala gripe.
Y yo pienso mucho en este poema de Pavese. 



Debíamos llevar la pérdida impresa en los huesos.

Es de noche y avanza, intrascendente, el rumor anodino de domingo, la noche incómoda e insolente. Vivo en una ciudad donde nadie se hunde en tus ojos. Vivo en una ciudad donde todos añoran secretamente.

Yo no creo en el arte afirmaba, impasible, siempre desnudándome desde su esquina más íntima y visceral. Luego sonreía, pasajero, trivial, y pedía otro corto. El tiempo siempre latía grueso, se clavaba en los tímpanos como un lánguido traqueteo y ese era el preciso momento en el que me cuestionaba los años en los que me había consumido en otros. Me sumergía en su ferocidad, sin conciencia de mí misma, hasta levantar mi orgullo tímidamente. Entonces me clavaba cristales en los ojos.

Conseguía intuir sus pupilas de animal hambriento, colérico e iracundo, hasta amenazar cualquier suerte de andamio propio. Probablemente fue en esos instantes cuando me instaló la tristeza constante. Empecé a comprender que había ciudades en las que la soledad se vuelve tan líquida que golpea y abraza de frente, que muchas mujeres cargan en sus ojos cierta esperanza asfixiada, cierto anhelo reprimido, cierta bruma ligera; que hay ciudades que sirven para anidar en sus brazos, pero que con cierta violencia una termina por admitir que también en ellas la gente se desenamora y se suicida por no conseguir llegar a fin de mes; que existen ciudades que duelen como un disparo.
Yo no creo—. Bebía bajo un halo de paz impuesta y posiblemente era cuando se me tornaba el ser más vulnerable del mundo. Después sacaba una libreta de su bolsillo y anotaba en una caligrafía imperfecta cualquier verso que hubiera recordado. Una de tantas noches, recuerdo vagamente, escribió cualquier tipo de amor conlleva desperdicio. Entonces se me tornaba el ser más posible del mundo.

 Reparaba en mis muslos, alumbrados por un neón parpadeante, paseaba sus cálidas manos por ellos y sentía que me rasgaba los vestigios del desamor pasado. Entonces me hacía creer inconscientemente.

Cómo se ama sin erosionar: otros días también era renuncia.

Los abismos, me temo, me van a gustarle repetía en murmullos cuando claudicaba con lentitud en su amor aciago, ahogándome en un denso y triste absorber de su aliento. Sentía una ansiedad breve estirándose por mi garganta hasta mi pecho, la misma que guardaba con todos los poemas a los que no conseguía llegar. La vida parecía una imagen hermosa y festiva. Y, sin embargo, perdía la voluntad, proyectaba sombras.

Había una atmósfera terrible que sostenía esos días. Empezaba a sentir la tierra seca, el asco que latía a destiempo, el frío insolente que amarra, el semen que desborda, la boca imprecisa que no alimenta. Él solo es un hombre, con garganta y costillas. Me repetía a mí misma: él solo es la fiebre, el desprecio, el latido. Él solo es el golpe.

Pavese lo escribió: vendrá la muerte y tendrá tus ojospero quizás siempre concluía en sus promesas, óxido en los rincones de mi esperanza. Será como dejar un vicio absurdo.

Quizás debíamos llevar la pérdida impresa en los huesos, quizás tanto puñal en los ojos había conseguido abrirlos. Con el don de hacerme tan rota y la fibra del alma descosida, terminé por comprender que a los paraguas les sucede lo que a las personas: quizás no hay señal de grieta que revele el abandono. Y, sin embargo, algo de grieta hay en una inmensa soledad conjunta.

Es de noche y avanza, intrascendente, el rumor anodino de domingo, la noche incómoda e insolente. Y escribo, ajena e imprecisa, para salvaguardar este punto de supervivencia, como protesta, como remedio, como certeza, como milagro; escribo para esas mujeres que cargan tanta imposibilidad en los ojos. Escribo para esas ciudades que duelen como un disparo, como un puñal, como un terrible asesinato doméstico. Alguien dijo: no se escribe para remover conciencia, sino para generar espacios compartidos.

Esta carta.

Este poema.

Vivo en una ciudad donde nadie quiere añorar secretamente. Vivo en una ciudad donde todos llevamos la derrota diaria anclada a los huesos.

Escribo porque entonces lo perdí todo: la huella, el infinito, la posibilidad, el miedo.







domingo, 23 de abril de 2017

Los olvidé por completo. A todos.
No eran ellos a quienes me encontraba en la densidad de las calles,
no eran ellos a quienes besaba tan despacio,
no eran ellos a quienes temía mirar de frente,
no eran ellos a quienes rehuía en el transporte público,
no eran ellos a quienes escribía poemas y mensajes de texto,
no eran ellos quienes me hacían despropósito,
no eran ellos, no eran ellos, no eran ellos.
Lo dijo Luis Alberto de Cuenca:
O eso creía yo.


A todos los ríos oscuros:

"NOVIA. ¡Porque yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia.) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien! Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos!".
(García Lorca)

viernes, 14 de abril de 2017

Autobiografía sencilla

Yo ya no volví más a mí después de ti.
Sin embargo, a veces, en los días más inciertos,
alguien me hace volver de regreso al pronunciar
tu nombre.
Este nombre magnético que me vuela los ojos,
este nombre que me nace en los ojos,
este nombre que me llora por los ojos
como un río caudaloso, como un barrizal de dudas,
este nombre que sigue alojado en la parte más triste de mi lengua,
este nombre que parece firmar la muerte de la historia,
este nombre que recelo encontrarme de frente por si algún día,
en las horas más tramposas y deshonestas,
este nombre se acuerda de mi nombre.






"Tengo una atmósfera propia en tu aliento, la fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas".

(Vicente Huidobro)



domingo, 26 de marzo de 2017

Soy peor todavía de lo que muchos creen

Antes de alejarnos tuve lástima.
Hay cosas que se viven a litros.
A borbotones.
Aunque yo no sepa escribir poemas
y aunque todas las calles me guíen hacia lo de siempre.


Estos días de respiración asistida me lanzan a poemas que siento -¡ojalá!- como míos:

"Quiero decirlo ahora 
porque si no después las cosas se complican.

Soy peor todavía de lo que muchos creen.

Me gusta justamente el plato que otro come
aburro una tras a otras a mis camisas
me encantan los entierros y odio los recitales
duermo como una bestia
deseo que los muebles estén más de mil años en el mismo lugar
y aunque a escondidas uso tu cepillo de dientes
no quiero que te peines con mi peine
soy fuerte como un roble
pero me ando muriendo a cada rato
comprendo las cuestiones más difíciles
y no sé resolver lo que en verdad me importa.

Así puedo seguir hasta morirme:
ya ves que soy lo que llaman
el clásico maníaco depresivo".

(J. A. Goytisolo)










domingo, 12 de marzo de 2017

Y vino la tarde a deshacerse
en mi tristeza
densa.


"Hay un temblor de niños
lejanos en tus ojos y una sombra
velada de inquietud en los cabellos.
La lluvia de un domingo por la tarde
a veces se parece a nuestro epílogo".

(Joan Margarit) 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Llueve en la infinita ciudad. Leo:

"Hablar de ti como abandono
necesario: el valor
que hay que tener para nombrar
la incertidumbre: hablar de ti
como invierno insondable".

(Pablo Bedia Sanjurjo)


martes, 29 de noviembre de 2016

Yo sé que piensa en mí sin darse cuenta.
Porque es improbable desligarse de quien te ha escrito
tanto.
También sé que la vida no puede ser pensada.
Alguien dijo: no se escribe para remover conciencia,
sino para generar espacios compartidos.
Esta carta.
Este poema.

Yo sé que piensa en mí sin darse cuenta.



sábado, 5 de noviembre de 2016

Los sábados tienen algo de derrota.
Una se lanza a los intersticios de la vida
al azar, sin sopesar la consecuencia directa.
Hay poemas -yo no sé, Vallejo- que nacen solos,
abocados a tristes finales y tristes destinos.

Los sábados tienen algo de deriva.
Mi equipo muere en Anoeta, una bucea entre reliquias
y encuentra realidades pasadas que bombean y flotan.
A veces puedes entender la delgada línea entre la realidad y deseo.
Un desconocido me escribe:
ahora me hace gracia pero en aquel momento te hubiese estrangulado.



"Yo no podré quejarme 
si no encontré lo que buscaba
pero me iré al primer paisaje de humedades y latidos 
para entender que lo que busco tendrá su blanco de alegría
cuando yo vuele mezclado con el amor y las arenas". 

(Federico García Lorca)