viernes, 15 de junio de 2018

Asumir la incertidumbre como una causa congénita,
anidar en el miedo para no enfrentar el presente,
despedirse del futuro.

Apuntarse a terribles programas de coaching
para salvar la autoestima propia,
reconocer que has dilapidado tus ahorros.

Acostumbrarse a cumplir años y
a perder amigos que no lo fueron,
elegir un epitafio personal.

Comprometerse con un amor líquido,
desear que tus ex sean felices,
descubrir que cuando se escribe la palabra acertada
el cuerpo termina por doler.

Parecer un extraño fragmento,
concluir en una grandeza rota,
expulsar la melancolía por los dedos:
así llega la ígnea tormenta que me recorre,
un verano impropio en el que
me resuelvo ajena y deshabitada.


domingo, 3 de junio de 2018

El arte de perder

'No siempre tengo cosas para decir. Entonces, a veces, me pongo a leer a Elizabeth Bishop. Y siempre, antes o después, llego a ese poema portentoso: El arte de perder. “El arte de perder no es muy difícil; / tantas cosas contienen el germen / de la pérdida, pero perderlas no es un desastre. / Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder / las llaves de las puertas, las horas malgastadas. / El arte de perder no es muy difícil. / (...) Desaparecieron / la última o la penúltima de mis tres queridas casas (...) / Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso / reino que era mío, dos ríos y un continente. / Los extraño, pero no ha sido un desastre”. Claro que no hay nada más difícil —y Bishop lo sabía— que el arte de perder. Hoy vi, otra vez, una película llamada Une liaison pornographique, en la que él —Sergi López— y ella —Nathalie Baye— se encuentran en un motel, sin saber nada el uno del otro, sólo para tener sexo: buen sexo. Lo hacen durante mucho tiempo hasta que algo se corre de lugar (como si se pudiera tener buen sexo con alguien durante mucho tiempo sin que nada se corriera de lugar), y entonces ella dice “¿Y si lo hiciéramos de verdad?”. Y lo hacen: de verdad. Como si fuera la primera vez. Y el amor —un embrión flojo pero firme— resulta ser el ángel de la muerte, porque es exactamente entonces —cuando dejan de ser el uno para el otro un poco de carne sin pasado y sin nombre— cuando empieza el momento de perder. Hace tiempo, un escritor amigo me dijo esto: “Sólo cuando sé que mi hija está condenada por mí, que la traje al mundo para morir y acepto eso, es cuando puedo ser su padre de manera cabal, liberándola y liberándome”. Habituarse a una hermosa risa humana, a un cuerpo vivo, cuesta muy poco. Dejar partir, en cambio —dominar el arte de perder—, cuesta la vida.'
(Leila Guerriero)

miércoles, 14 de marzo de 2018

Solo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu


Esta noche ajada, amor,
esta noche infinita, 
esta noche de ojos abiertos,
esta noche inflamable, amor
esta noche quebrada,
esta noche, amor, esta noche
tenemos veinte años.

"Hay amores que no pueden romper el vaso que los contiene y se derraman hacia adentro, y los hay inconfesables, a los que el destino formidable oprime y constriñe en el nido que brotaron; el exceso mismo de aquello que los cuaja y los encierra, la tremenda fatalidad de estos los sublima y engrandece. Y presos allí, avergonzándose y ocultándose de sí mismos, empeñándose por anonadarse, bregando por morir, pues no pueden florecer a la luz del día y a la vista de todos, y menos fructificar, se hacen pasión de gloria y de inmortalidad y de heroísmo...
Sólo los amores desgraciados son fecundos en frutos del espíritu; sólo cuando se le cierra al amor su curso natural y corriente es cuando salta en surtidor al cielo; sólo la esterilidad temporal da fecundidad eterna".

(García Lorca)


martes, 13 de marzo de 2018

Con el humor apático, leo:

"Esto del desamor es como la muerte. Prefiero la muerte y no saber que esa persona es capaz de existir sin mí. Vaya si sé del desamor y si sé de la muerte. Somos viejos amigos todos".

(Carolina Heredia)





viernes, 9 de marzo de 2018

Siempre he considerado que existen ciertos poemas que llegan a mi vida en el momento acertado.

"Ya no será
ya no".

Este poema de Idea Vilariño me ha bordeado durante años, me ha acosado, ha entrado furiosamente en mis huecos, aunque después acabara cediendo a la neblina de historias pasajeras.

"No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca". 

Sin embargo, no sé por qué ni bajo qué pretexto, he vuelto a llegar hasta él. Después de una profunda revisión y habiendo descubierto la antagónica concepción que guardaban tanto Idea como Juan Carlos Onetti del amor, he sentido un latigazo terrible, de esos que te recorren, rompen por dentro y te hacen temblar.

"ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido".

En diversas ocasiones le preguntaron si lo había escrito para resarcirse del fracaso amoroso y si aquel poema versaba sobre si querría haber compartido por entero su vida con el poeta, subyugarse a la personalidad del uruguayo, en definitiva. Idea, indómita, descosida, admirable, siempre respondía: yo no digo ahí que querría eso, sino que eso no podría ser.

"Ya no soy más que yo para siempre y tú
ya no serás para mí más que tú". 

Ya no.

"Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas".

A veces me aborda el soberbio y lírico pensamiento de que Idea nos representa a todas esas mujeres que decimos que no, que asumimos que hay separaciones definitivas, irreparables, inexorables, consabidas desde sus principios.

"No me abrazarás nunca como esa noche, nunca". 

Siempre he considerado que hay poemas que viajan hacia mí, que están viajando furiosamente con el propósito de reventarme por dentro y hacerme creer.

"No volveré a tocarte.
No te veré morir".

Y existen ciertas relaciones, yo lo sé, incapaces, estériles, dialécticas. "Yo no debí haberme enamorado nunca de Onetti. Era el último hombre que tenía que haberme gustado. Éramos dos personas absolutamente contradictorias", sostuvo la Vilariño.

"Nunca sabrás quién fui 
por qué me amaron otros". 

Tampoco yo lo deseo: aquello, a la deriva, amor, a la deriva, jamás hubiera podido ser.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Sé que soy una mujer privilegiada: pertenezco a la clase media de este país y, por ello, mis padres pudieron costearme -no sin sacrificio- unos estudios universitarios. Y además, soy occidental, blanca, cisgénero y heterosexual.

Sé que soy mujer y también sé, con toda seguridad, que el anónimo reiterativo y literario también lo fue.

Sé que mañana os agarraréis a este argumentario manoseado de niña privilegiada (hasta en vuestro insulto está el paternalismo) y nos increparéis que somos féminas amargadas, radicales, zorras y lesbianas.

Aquí va el mío:

Quiero vivir de lo que amo y porque lo amo y quiero reventar el techo de cristal. Quiero no sentirme incómoda en las cenas cuando algún familiar muestre vídeos de mujeres cosificadas y todos rían la gracia. Quiero no tener que comparar constantemente mi cuerpo, mi cara, mi pelo, mi inteligencia, mi ingenio, mi simpatía, mi desparpajo con alguna ex o con las futuras novias de mis renuncias. Quiero volver a casa de noche sola y no sentir miedo, quiero no tener que llevar el móvil con el 112 previamente marcado. No quiero sentir vergüenza cuando un desconocido me grite si soy guapa o si tengo unas piernas tan bonitas que me follaría (trece años, saben ustedes, tenía la primera vez que me sucedió esto). No quiero que me llamen puta por desear a alguien y liarme con él, no quiero que me llamen puta por rechazar en una discoteca al primer gilipollas que se presenta y no quiero que me llamen frígida cuando no quiero acostarme con alguien. No quiero llamar puta, zorra o guarra a una compañera que experimenta y vive su sexualidad como quiere. Quiero desanudarme todas las enseñanzas patriarcales que desde pequeña me han impuesto. Quiero no depender de nadie emocionalmente. Quiero no sentir celos. Quiero desmitificar el amor romántico. Quiero que no me hagan sentir culpable en las discusiones de pareja. Quiero que no me manipulen. Quiero ir tranquila a los bares con mis amigas sin preocuparme de que me observarán como un objeto. Quiero beber y emborracharme, sin preocuparme de que intentarán aprovecharse de mi estado. Quiero poder subir una foto de mi pezón y que Facebook o Instagram no se atreva a censurarlo. Quiero decidir sobre mi propio cuerpo.

Es 8 de marzo. Mientras voy escribiendo todo, me asaltan los recuerdos vividos de aquellas situaciones: aquella en las que a mi amiga un grupo de tíos la llamó puta en las redes sociales por liarse con un amigo, aquella en la que escupí a un tío por ser un misógino, aquella vez en que a tres amigas nos asaltó un grupo de chavales y nos intentaron besar a la fuerza, aquella vez en que casi violan a una amiga, aquellas veces que me quedaba sola en la calle cuando tenía que separarme de mis otras amigas para ir a casa, aquella vez en la que un taxista me dijo lo tarde que era y si estaba sola, aquella vez que me llamaron frígida por no quedar con un tío con el que hablé un par de meses, aquella vez que me sentí sucia y avergonzada cuando, con diez años, un chaval de clase me dijo que ya era hora de depilarme.

Es 8 de marzo. Y cualquier puto sistema que levantéis sin nosotras será derribado.  


lunes, 5 de febrero de 2018

En el invierno práctico
Aute bordeándome: 
decir espera es un crimen / decir mañana es igual que matar. 


https://www.youtube.com/watch?v=f5BNrDanx6U

[Que el pensamiento no puede tomar asiento]. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

Ojalá Goytisolo le hubiese puesto dedicatoria:



A los jóvenes millennials, que no tienen ni puta idea del deseo.



Así...
Algunas veces llego
presuroso, rodeo
tus rodillas, toco
tu pelo. ¡Ay Dios, quisiera
decirte tantas cosas!
Te compraré un pañuelo,
seré buen chico, haremos
un viaje... No sé, 
no sé lo que me pasa.
Quiero morir así,
así en tus brazos.

(José Agustín Goytisolo)



(Aquí ya va sonando la décima de Erentxun ). 


jueves, 10 de agosto de 2017

Los días de verano se van atropellando de forma incierta.
Abro la ventana y respiro esperanza.
Un poema de Bolaño se deja hacer:

Te regalaré un abismo (dijo ella)
pero de tan sutil manera que solo lo percibirás
cuando hayan pasado muchos años
y estés lejos de México y de mí.
Cuando más lo necesites lo descubrirás
y ese no será
el final feliz
pero sí un instante de vacío y de felicidad 
y tal vez entonces te acuerdes de mí
aunque no mucho.

(Roberto Bolaño)


martes, 13 de junio de 2017

The death will come and it will have your eyes or the night you slept.

Siempre acabo volviendo a esto que escribí hace un año. Lo reviso, lo reescribo, lo corrijo. Nunca parece concluir. Yo creo que guarda cierto virus de nostalgia en los huecos, como esas malas noches en los que una debería estar escribiendo aburridísimos textos académicos y se le escapa, a propósito, la poética por los pies de página. Hasta en los anexos. ¿No se han dado cuenta? A mí me sale el amor como una mala gripe.
Y yo pienso mucho en este poema de Pavese. 



Debíamos llevar la pérdida impresa en los huesos.

Es de noche y avanza, intrascendente, el rumor anodino de domingo, la noche incómoda e insolente. Vivo en una ciudad donde nadie se hunde en tus ojos. Vivo en una ciudad donde todos añoran secretamente.

Yo no creo en el arte afirmaba, impasible, siempre desnudándome desde su esquina más íntima y visceral. Luego sonreía, pasajero, trivial, y pedía otro corto. El tiempo siempre latía grueso, se clavaba en los tímpanos como un lánguido traqueteo y ese era el preciso momento en el que me cuestionaba los años en los que me había consumido en otros. Me sumergía en su ferocidad, sin conciencia de mí misma, hasta levantar mi orgullo tímidamente. Entonces me clavaba cristales en los ojos.

Conseguía intuir sus pupilas de animal hambriento, colérico e iracundo, hasta amenazar cualquier suerte de andamio propio. Probablemente fue en esos instantes cuando me instaló la tristeza constante. Empecé a comprender que había ciudades en las que la soledad se vuelve tan líquida que golpea y abraza de frente, que muchas mujeres cargan en sus ojos cierta esperanza asfixiada, cierto anhelo reprimido, cierta bruma ligera; que hay ciudades que sirven para anidar en sus brazos, pero que con cierta violencia una termina por admitir que también en ellas la gente se desenamora y se suicida por no conseguir llegar a fin de mes; que existen ciudades que duelen como un disparo.
Yo no creo—. Bebía bajo un halo de paz impuesta y posiblemente era cuando se me tornaba el ser más vulnerable del mundo. Después sacaba una libreta de su bolsillo y anotaba en una caligrafía imperfecta cualquier verso que hubiera recordado. Una de tantas noches, recuerdo vagamente, escribió cualquier tipo de amor conlleva desperdicio. Entonces se me tornaba el ser más posible del mundo.

 Reparaba en mis muslos, alumbrados por un neón parpadeante, paseaba sus cálidas manos por ellos y sentía que me rasgaba los vestigios del desamor pasado. Entonces me hacía creer inconscientemente.

Cómo se ama sin erosionar: otros días también era renuncia.

Los abismos, me temo, me van a gustarle repetía en murmullos cuando claudicaba con lentitud en su amor aciago, ahogándome en un denso y triste absorber de su aliento. Sentía una ansiedad breve estirándose por mi garganta hasta mi pecho, la misma que guardaba con todos los poemas a los que no conseguía llegar. La vida parecía una imagen hermosa y festiva. Y, sin embargo, perdía la voluntad, proyectaba sombras.

Había una atmósfera terrible que sostenía esos días. Empezaba a sentir la tierra seca, el asco que latía a destiempo, el frío insolente que amarra, el semen que desborda, la boca imprecisa que no alimenta. Él solo es un hombre, con garganta y costillas. Me repetía a mí misma: él solo es la fiebre, el desprecio, el latido. Él solo es el golpe.

Pavese lo escribió: vendrá la muerte y tendrá tus ojospero quizás siempre concluía en sus promesas, óxido en los rincones de mi esperanza. Será como dejar un vicio absurdo.

Quizás debíamos llevar la pérdida impresa en los huesos, quizás tanto puñal en los ojos había conseguido abrirlos. Con el don de hacerme tan rota y la fibra del alma descosida, terminé por comprender que a los paraguas les sucede lo que a las personas: quizás no hay señal de grieta que revele el abandono. Y, sin embargo, algo de grieta hay en una inmensa soledad conjunta.

Es de noche y avanza, intrascendente, el rumor anodino de domingo, la noche incómoda e insolente. Y escribo, ajena e imprecisa, para salvaguardar este punto de supervivencia, como protesta, como remedio, como certeza, como milagro; escribo para esas mujeres que cargan tanta imposibilidad en los ojos. Escribo para esas ciudades que duelen como un disparo, como un puñal, como un terrible asesinato doméstico. Alguien dijo: no se escribe para remover conciencia, sino para generar espacios compartidos.

Esta carta.

Este poema.

Vivo en una ciudad donde nadie quiere añorar secretamente. Vivo en una ciudad donde todos llevamos la derrota diaria anclada a los huesos.

Escribo porque entonces lo perdí todo: la huella, el infinito, la posibilidad, el miedo.