lunes, 26 de enero de 2026

 «Esta va a ser la primera vez que me declaro a alguien. Y he pensado que no pasa nada, que me gustas y que me gustas independientemente de que yo te guste a ti o no. Que me gusta la idea de que existas en el mundo, que creo que con eso ya debería valer. Me gustas como idea, me gustas como unidad y no me vas a gustar menos si me rechazas. Me va a entristecer mucho, pero que eso a ti no te va a hacer peor y eso me gusta. Me gusta no depender de tu mirada porque yo ya estoy un poco cansada de depender de la mirada de los demás y no me apetece más. Y ahora que lo estoy pensando, va a ser mejor si no te gusto porque eso va a significar que el amor es completamente mío y no una respuesta a tu mirada, ¿me explico? ¿Sabes qué pasa? Que durante mucho tiempo yo he preferido la literatura a la vida, la ficción a la vida, la fantasía a la vida y ahora ya no. Y en la fantasía yo soy buena, de verdad que lo soy, que corro en la dirección contraria a la realidad con una fuerza fascinante. Yo le huyo a la realidad como a la muerte. Pero, mira, ahora quiero un amor real contigo. Si es que al final todo es muy sencillo, muy, muy sencillo. Hay obras de teatro enteras para decir cosas muy sencillas».

Esto de Irene Escolar en Las chicas están bien.

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Pienso en diversas ocasiones en esa extraña mirada freudiana a la que a las mujeres se nos ha condenado en todas las ficciones que he consumido: la mujer como un continente oscuro desde la óptica masculina, desde el deseo masculino.

Hace años que trato de desligarme de ello. 

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Cuando ocurre un evento histórico y trascendental, pienso en ti y en cómo lo analizarías, en cuál sería tu opinión y si me censurarías por la mía, si discutiríamos, si llegaríamos a un acuerdo o a alguna conclusión, si sería imposible dialogar contigo, si seríamos un frágil reflejo de la muerte de las ideologías, si seríamos equidistantes y sumisos, si ya no existiría relato entre tú y yo. A veces siento que estoy hablándole a un vacío desértico e ignoto. 

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Encontrarnos en lugares inestables y liminales: una herida también es poder.

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Creo con firmeza que es importante conocer a tus veinte años un amor que te quiebre, un amor que te fundamente y te estructure, un amor que pueda herir para, después, poder integrar este dolor en tu cotidianidad. ¿No lo sabes? Yo soy tú, pero tú también eres yo, con todos esos misterios insondables bordeándote y todos esos matices que amamos y odiamos simétricamente. Ya no sé si mi identidad te pertenece y no sé si tu identidad me pertenece.

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Creo que en mi mente eres mejor de lo que realmente fuiste. Cuando la mente se enfrenta a algo no resuelto, necesita completar los huecos para sistematizar, para encontrar una estructura lógica, un cauce potencialmente marginal. Pero aquí no puede haber estructura lógica, solo memoria, vacíos y ficción.

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Cuando escribo del dolor, me enfrento a su agotado campo semántico, al perdón y al no perdón como formas simétricas e igualmente válidas para vivir el amor como experiencia radical: te perdono porque te amo; no te perdono porque te amo.

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Antes de ir a ver Nouvelle Vague de Richard Linklater, volví a ver Á bout de souffle. En ella Jean Seberg contempla a Jean-Paul Belmondo desde una genuinidad casi frágil, casi pura, y le expresa: «Nos miramos a los ojos y no sirve de nada».

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Muchas veces me pregunto cómo puede vivir la gente sin poesía, sin literatura, sin ficción; cómo expresan lo que está vedado expresar; cómo manifiestan que aman, que odian, que se mueren por dentro, que sienten miedo, angustia y rencor, que se mueren de amor, que pueden esconder en estas palabras una suerte de confesión inminente, que escribí esto atropelladamente en un salón de diez metros cuadrados en una ciudad a la que amo, pero que simultáneamente me rechaza y me expulsa, mientras pensaba secretamente que ser frágil y tierno en este mundo caótico y disperso puede ser revolucionario y transgresor; que no mentí, que me equivoqué, que me equivoqué, que me hirió, que no supe contener mi vanidad, que te permití —te permití— regular tu ego a través del pasado, que jugué —claro que jugué—, porque este blog es poesía y es literatura y es ficción.

jueves, 1 de enero de 2026

Dos ladridos

 En días como estos, que todo finge ser catalizador de trascendencia, me da por pensar en cómo se construye una identidad cuando lo esencial ocurrió una sola vez. Cuando escribo aquí, trato de ofrecer una imagen de una mujer consciente, atravesada por el tiempo y la pérdida, atravesada por la incapacidad de cerrar narrativas vitales, aferrada a un archivo emocional cuestionable. Cuando escribo aquí, trato de narrar mi herida, habitar mi herida, entender mi herida. A veces me pregunto:

Si te suelto, ¿qué queda de mí? 

Si te suelto, ¿qué queda de mí?

Escribo sobre este recuerdo repetitivamente porque funciona como una figura fundacional. Esto no es fruto de una idealización episódica que aparece y desaparece: esta idealización es estructural. Está integrada en mi forma de percibir el mundo, en mi forma de habitar el mundo, en mi capacidad de amar y también en mi incapacidad de amar.

Esto lo escribo con cierta distancia porque hacerlo hacia un tú (como suelo hacerlo) sería tensar una cuerda que se quebró hace años.

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Hoy recordé un comentario de texto que hizo R. en relación a un poema que escribí. Eran seis páginas cargadas de dialéctica y análisis profundo. Sentí un vértigo misterioso e incognoscible deslizándose por mi garganta hasta llegar a mi estómago. En aquel entonces pensé que era enamoramiento y posiblemente estaba equivocada. Me vi diseccionada como en una operación quirúrjica. Todos mis miedos y debilidades expuestos, como si fuese urgente retirar cualquier tejido putrefacto o enfermo.

También recuerdo que me asaltó una inseguridad ya conocida. Me suele suceder cuando un hombre inteligente me aborda y me reconoce de igual a igual. Aquí entra en juego la manera en la que nos han educado a las mujeres a la hora de habitar en un mundo dominado hegemónicamente por los hombres en las esferas intelectuales. 

Muchos me dicen que escribo bien y yo lo sé, soy consciente de ello. No quiero utilizar una falsa modestia, porque trato de ser honesta y verdadera en este blog que pocos conocen. También sé que soy inteligente. Por eso, cuando un hombre con ciertas inquietudes culturales me reconoce, percibo cierta atracción desasosegada y también cierta enemistad lúdica. Es esta la manera en la que nos han enseñado a socializar, me respondo con cierta indulgencia. 

Todos los hombres de mi vida terminan por irse porque yo me siento sometida y arraigada a una inseguridad atroz. Es esta la manera en la que nos han educado a las mujeres. Trato de ser subversiva y no ceder a esta idea, trato de aceptar mi naturaleza y no transigir. Sin embargo, siempre fallo.

No obstante, esta inseguridad, me aseguro, es sistémica y no me pertenece, aunque también me pertenezca.

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He escuchado la canción que lleva por título esta entrada del blog después de infinidad de años. Esta es una manera extraña de ejercer la memoria y el apego.

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Twitter me descubrió una web en la que podías depositar notas en ciertos lugares de la geografía española. He escrito algún verso en ciertas ciudades, también en aquellas que nunca he pisado.

Esto es topografía sentimental.

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Escribe Patricia Highsmith: «Me habría gustado tenerla entre mis brazos toda la noche, provocarle el sentimiento de ser amada y deseada, porque el sentimiento es más importante que el acto».


domingo, 14 de diciembre de 2025

Hace un mes que vi Novecento. Esa noche soñé contigo. Hacía años que no lo hacía. Fue algo infantil y tierno, un juego de palabras que colocabas en una pizarra, palabras inconexas que ya no recuerdo. Me desperté enajenada, tratando de descifrar qué significaba aquel sinsentido onírico. Percibí el pulso acelerado y la boca completamente seca. Pensé en esa frase que se lanza en la película de que la propiedad es sagrada e inviolable y pensé que esto era la conciencia de una pérdida que aparecía y desaparecía como un río cenagoso y pantanoso, recorriendo los recovecos de mis entrañas y haciéndome recordar el ostracismo y el abandono. La pérdida es un animal que muta y permea, de repente vuelve a aparecer frente a ti en un diálogo de una película marxista o en un sueño anodino.

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Siento que mi ideología me articula en todas las decisiones que tomo y, por esto mismo, trato de ser consecuente con ella. Por eso, no entiendo a esos amigos que, al igual que yo, son funcionarios y optan por ejercer el privilegio de tener una aseguradora privada para la sanidad. No me importaría si estos amigos no se reconociesen de izquierdas (esto ellos jamás lo leerán). Me río internamente cuando se justifican afirmando que la sanidad pública de la Comunidad de Madrid se cae a pedazos por la mala gestión y las privatizaciones y, por este motivo, se decantan por la privada. Entonces yo sonrío irónicamente y les comento que hay que ser cínico para hacerle el juego a las políticas neoliberales de Madrid y aceptar ese discurso y asumirlo para tranquilizar su conciencia de socialdemócrata de tres al cuarto. Entonces la conversación se torna irascible y violenta y opto por preservar la amistad y aceptar contradicciones que para mí serían inverosímiles.

Ser de izquierdas no se ejerce en el voto, sino en cada mínima decisión que se toma. Por eso tampoco entiendo cuando observo a algunas amigas con novios que son auténticos fascistas, pero, ¡es que es buena persona! ¿Puede ser buena persona alguien que asume una ideología de odio como propia? Permíteme dudarlo. 

Esto no es nada poético, lo sé. Solo necesitaba manifestarlo.

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La literatura me permite tantear zonas liminales, lo bello y lo turbador me inclinan siempre hacia territorios inestables.

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Me despierto y leo que ha muerto Robe Iniesta. Cuando era más joven, tenía la tiernísima fantasía de emborracharme con la persona que me gustaba y autopercibirme, de alguna forma, con cierta indulgencia. Después pensaba que escribiríamos borrachos cualquier poemilla funesto y superfluo, algo no demasiado épico para autoconvencerme de que aquel chaval no me gustaba en exceso. (Esto era engañarme a mí misma: yo siempre me cuelgo de los tíos que escriben). Después nos desnudaríamos y nos miraríamos en silencio, una escena casi tántrica, hermosa y cándida. Entonces, en mi imaginario, yo te preguntaría cuál era tu canción favorita de La Ley Innata. La respuesta siempre sería Segundo movimiento: lo de fuera. Porque lo de dentro estaba ante nosotros, fragmentario y provisional, épico y también superficial, poético y banal, una suerte de contradicción que trataría de resolver contigo.

Jamás cumplí esta fantasía porque ellos nunca respondieron adecuadamente.

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A veces estoy en el autobús o en el metro y me sobrevienen flashes de conversaciones que tuvimos. Me veo caminando por Tirso de Molina mientras suena en mis auriculares una canción ridículamente cursi y pienso en cómo reaccionaría si te tuviese de frente: ¿qué gesto haría?, ¿articularía alguna palabra?, ¿sentiría un gato colérico rasgándome la tripa? ¿me acercaría a ti o fingiría no haberte visto? A veces pienso en que, si este encuentro se produjese, aparentaría ser más interesante de lo que realmente soy (como sucede en este blog), fingiría ser más elocuente e inteligente de lo que soy y quizás mas independiente e invulnerable de lo que he terminado por aceptar. 

Probablemente nunca leas esto pero, a veces, leo un poema tristísimo y pienso en ti, pienso en ti muy despacio, recorro en mi pensamiento tu rostro, tu boca, tus facciones, y te encuentro en otros ojos y en otras bocas, pero nunca es suficiente, nunca es suficiente y te pienso muy despacio y esa lentitud me parece sensorial y erótica, porque te pienso cuando se mueve en mí un resorte intelectual y profundo y también pienso que nunca encontraremos, ni tú ni yo, algo tan hondo, tan poético, tan abismático. 

Siento un nudo aterrador en el estómago y creo que es miedo.

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Escribe Lorca: «Yo muchas veces me he perdido / para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas».

sábado, 15 de noviembre de 2025

 No sé cuántas veces me he enamorado. Me resulta muy complejo cuantificar las emociones. ¿Es posible hacer un análisis cuantitativo del amor, un análisis exhaustivo de variables abstractas y extraer conclusiones irrefutables? Todo esto se me torna conceptual e irrelevante.

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A veces pienso: ¿hablarás con tu pareja del último libro que leíste? ¿hablarás con ella de ciertas dinámicas de poder invisibles que nos condicionan? ¿hablarás con ella de un sistema opresivo e insensible, con una carga de violencia significativa, pero imperceptible? ¿hablarás con ella de ese verso atroz que te removió por dentro? ¿hablarás con ella de la corriente estructuralista, de cómo los fenómenos socioculturales parten de un sistema subterráneo de interrelaciones? ¿hablarás con ella de que el género proviene de un sistema de control panóptico? ¿hablarás con ella de que la genealogía de nuestras prácticas sexuales proviene de una óptica basada en la sumisión heteropatriarcal? ¿hablarás con ella de que a veces lo normativo y lo identitario confluyen? ¿hablarás con ella de la relevancia de la literatura vivencial? ¿hablarás con ella de que el sexo es sexo y que la política es política? ¿hablarás con ella de que el deseo se configura, a veces, como acción? ¿hablarás con ella de que toda mujer ama a un fascista?

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Es para siempre lo que nunca pasó. Lo leí en unos baños de Lavapiés. 

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Escucho Lux mientras contemplo un amanecer rojizo e imperecedero. Observo las nubes bajas en las montañas de la sierra madrileña y siento trascendencia y frío, ese frío que me atenaza, aunque el cuerpo me hierva. Siento trascendencia y una sensación extraña y anodina que me recorre y pienso que es hermoso estar viva y contemplar una suerte de milagro ordinario.

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«Yo soy la fuerza del pasado. Sólo en la tradición está mi amor. Vengo de las ruinas, de las iglesias, de las palas del altar, de los pueblos abandonados en los Apeninos o los Prealpes, donde han vivido los hermanos». Escribe Pasolini.

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Hace algunos años E. me recomendó La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Cuando lo terminé, le escribí para comentarle mis impresiones sobre él. Pienso que esto es posible porque hay amores que prescriben por el bien de una convivencia pacífica. Contigo jamás podré hacerlo y siento pena.

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Me despierto muy temprano, apenas ha amanecido. Me masturbo. Desayuno. Paso algunas calificaciones a un Excel. Leo Cambiar de idea de Aixa de la Cruz. Pienso en el marco teórico que domina y cómo desearía tener ese acervo cultural. Me ducho. No me lavo el pelo. Me hago un moño desenfadado. Cuando salgo de la ducha, contemplo mis canas en el espejo y la piel flácida y la grasa trémula. Me pongo desodorante en unas axilas prepúberes a causa del láser. Suena Los valientes en acústico de McEnroe. Me echo crema corporal. Reconozco una melancolía irremediable.

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Dice Julio Llamazares: «¿por qué evocar ahora un tiempo que no existe, un tiempo que es arena sobre mi corazón?»

viernes, 24 de octubre de 2025

 Me encuentro a gente por la calle y me pregunto a cuántos de ellos les habrán roto el corazón paulatinamente, cuántos habrán sentido el derrumbe y el hundimiento a cuentagotas, el mal presagio anidado en las tripas, la mano invisible que oprime la garganta, la sensación de desmoronamiento como algo irremediable que avanza hacia no sabemos dónde. Me encuentro a gente por la calle y me pregunto cuántos de ellos habrán roto el corazón a alguien paulatinamente, cuántos de ellos habrán sido incapaces de comunicar un dolor incomunicable, cuántos de ellos habrán mirado a la persona con la que duermen y no la habrán reconocido, cuántos de ellos se habrán preguntado, mientras volvían del trabajo, si deseaban esa vida, si habían aspirado, cuando eran jóvenes e idealistas, a esa vida.

Me reconozco en los dos sentidos y me da miedo.

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¿Cómo será mi versión de ahora frente a tu versión de ahora? ¿Seguirá existiendo algo irresoluble y magnético o, por el contrario, solo quedará un vacío ensordecedor y deserotizante? Esto lo pienso mientras viajo en un interurbano, suena You know I'm no good en mis auriculares y aún es de noche.

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A veces me gusta tener citas con hombres que sé que me desean. No suelo mostrarme demasiado ansiosa porque me fascina estirar el deseo como si fuese algo gelatinoso y pegajoso, una especie de sustancia viscosa que se adhiere al cuerpo, algo que se extiende, —que tú extiendes de manera deliberada— que se pega a los recovecos de la carne, del cuerpo, de las manos, de los labios.

Me gusta fumar con estos hombres (yo no fumo, pero a veces una necesita una dosis de teatralidad, configurarse inaccesible y cautivadora) y analizarlos concienzudamente, mientras acerco el cigarro a mi boca y los miro de manera dramática y performativa. Entonces los interrogo. Les pregunto qué les conmueve, qué les hace llorar —si me responden que no lloran, sé que la cita ha concluido—, si les parezco una chica inteligente y mona, si alguna vez habían conocido a una persona tan directa. Entonces ellos se asustan, se derriten, se perciben vulnerables, se autoflagelan. Entonces yo siento esa sustancia espesa, que se extiende de manera deliberada por todos los recovecos de la carne, del cuerpo, de las manos, de los labios. 

En ese preciso momento marco un límite, un límite claro y manifiesto, lanzo el cigarro a mis pies, abro los ojos, los miro de manera genuina y honesta y les confieso que siento miedo.

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El trabajo es el único sitio donde no pienso en el amor. El trabajo se configura como un vasto lugar de producción y caos intermitente donde me alejo de ti; no existes en este espacio, tu existencia queda invisibilizada por adaptaciones curriculares y familias desestructuradas. Siento serenidad y quietud en medio de un vasto lugar de desapego y tristeza y esto también me da miedo. 

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Siento celos retrospectivos al pensar que caminarás con otra mujer que no seré yo por una ciudad que nunca fue tuya.

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Escucho Shallow mientras transito por la A6 y observo los coches en contrasentido. Are you happy in this modern world? Me fijo en las farolas que iluminan la autovía, dispuestas simétricamente una a una, alumbrando cierta impaciencia contenida. ¿Cuántas de esas personas que ocupan esos vehículos, cuántas de estas personas que comparten conmigo el autobús, estarán agotadas y exhaustas? ¿Cuántas de estas personas no tendrán tiempo para visitar a sus padres octogenarios porque tienen que cocinar el tupper del día siguiente, atender la llamada que ya no pertenece a su jornada laboral? ¿Cuántas de estas personas estarán tan cansadas que no sentirán deseo ni ganas de explorar el cuerpo de su pareja, que sentirán cómo su relación se estanca y se precipita en una vorágine de emails por contestar? ¿Cuántas de estas mujeres sentirán un desequilibrio manifiesto entre el reloj biológico y la ambición profesional? ¿Cuántas de estas personas pensarán este discurso mientras continúan varadas en la A6, alumbradas por una hilera de farolas simétricamente dispuestas y resignadas a aceptar una soledad impuesta? Aren't you tired trying to fill that void? 

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Me sucedió algo rarísimo con Corazón tan blanco de Javier Marías. Mientras lo leía, quise mandar algunos fragmentos a una persona ya inexistente, rogarle que me confesase su opinión, inferir si también estos versos —para mí este libro es una suerte de tratado poético y filosófico— lo trastocarían. Quise escribirle, decirle que en los actos sociales pienso en él (todo el tiempo).

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Escribe Javier Marías: «Aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá, o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos tan llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada». 


domingo, 12 de octubre de 2025

Caminando en círculos

Observo La Mancha como una llanura imperturbable, un mar ocre y cálido bañado por un sol de otoño. Voy en el tren y recorro con los ojos cada camino de tierra que atisbo. Todos obedecen a una ley inexorable: comienzan y concluyen de igual modo. Entonces aparece otro camino más nítido y más imperecedero, más sinuoso, parece que nunca va a terminar, que no será efímero ni transitorio. Entonces pienso en si tú también estarás viajando a tu tierra, si también tus ojos se perderán en este tipo de insignificancias a las que yo suelo atender —me resultan análogas al amor y al dolor—, si tú también te acordarás de mí en este tipo de situaciones, si te sentirás vacío y triste en medio de un vagón abarrotado de gente que no levanta los ojos de sus teléfonos, que no busca los caminos imperecederos y hermosos que conducen hasta la tierra que los vio nacer.

Observo, también, una sucesión de nubes bajas y grises, aridez, árboles raquíticos y enfermos y me acuerdo inevitablemente de Canto yo y la montaña baila de Irene Solà. Jamás había entendido el bucolismo. No lo entendía porque no lo sentía y ahora quisiera llenarme las manos de tierra, la boca de tierra, sentir el pálpito de la tierra en la que he nacido, sentir un torrencial de óxido en la lengua y la sangre acaudalada por mis venas.

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Una vez un hombre me dijo que el léxico que utilizaba en estos textos guardaba ciertos tintes marxistas. Lo miré de soslayo, ladeé la cabeza, bebí de mi copa, abrí mucho los ojos, pestañeé muy rápido, contraje el abdomen, junté las rodillas y me limité a sonreír. 

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¿Tú también tendrás citas infértiles y huecas o estarás inmerso en la vorágine de una relación rutinaria, sin sentido, sin dramatismo, sin vértigo? Yo también vivo en una espiral de vacío.

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Leo a Javier Marías en esta suerte de domingo y pienso que ser sensible es oscuro y tenebroso en una sociedad inmediata y obsesionada con la producción. ¿Crees que el amor ha sobrevivido a estas dinámicas? Observo a mi alrededor y encuentro a muchas parejas que ya no se quieren —aunque existiese un tiempo en el que sí lo hicieron—, subsistiendo por inercia, sumergidos en una especie de ritual alienante de miseria y pienso en ti, pienso en ti como tantas noches en las que me invade la nostalgia y el deseo, pienso en si sabrás reconocer el amor cuando lo tengas de frente, pienso en si podrás soportar su peso y su dolor, si tendrás el suficiente arrojo de enfrentarlo como yo lo hice cuando te tuve de frente, si serás capaz de demostrar firmeza y no volubilidad, si podrás amar lo no iniciado como yo lo amé, como yo lo amé.

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Este díptico de la pérdida se fundamenta en la memoria, en una ciudad compartida, en la nostalgia, en la herida.

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Este diálogo es un no-diálogo encubierto.

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Este no-diálogo es un diálogo encubierto.

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Este discurso es, también, una forma de poder, de resistencia, de fragilidad.

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Leí en el Instagram de Marta Jiménez Serrano: Cuenta Chirbes que un día, hablando de los grandes escritores (Cervantes, Dostoievski, Balzac), se lamentaba con Martín Gaite. "¿Para qué escribimos?", le decía. Ella le contestó: "Escribimos para salir limpios de experiencias atroces, ¿te parece poco?"

martes, 2 de septiembre de 2025

Salamanca

 El dolor es universal. ¿A quién no le ha dolido la pérdida de un amor, la decepción de una amistad o la muerte de tus padres?

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No sé si eres consciente de que, cuando escribes, lo haces también contra mí, conmigo, a pesar de mí.

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He leído un libro de Rafael Chirbes durante este verano y me hubiese gustado contarte qué sentí al hacerlo: desazón, desasosiego. En el prólogo de la edición que leí de La buena letra, Chirbes cuenta que eliminó el último capítulo porque nunca creyó en la idea de que el tiempo corrige las injusticias, sino más bien las hace más profundas. Quiso liberar, así, al lector de esa falacia. Para él, la justicia del tiempo era inaceptable por engañosa. 

El libro cuenta la historia de una familia del bando perdedor y de la miseria que trajo consigo la posguerra. Me fascinó porque Chirbes configuró una manera para mostrar que lo cotidiano y lo íntimo también es necesariamente político.

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Este verano me han llamado dos personas diferentes radical por mis opiniones políticas. Les contesté que la realidad era radical. Cómo me gustaría desligar mi mirada, a veces, de una realidad atravesada  inherentemente por lo político. 

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Todos los hombres de mi vida, de un modo u otro, están vinculados a la misma ciudad. A veces pienso que jamás podré desligarme de ella.

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En The Young Pope, Jude Law se pregunta: ¿Qué es más bello, amor mío? ¿el amor perdido o el hallado? No te rías de mí. Lo sé, soy torpe e ingenuo en lo que se refiere al amor, y hago preguntas sacadas de una canción pop. Esta duda me supera y me hace flaquear. ¿Encontrar o perder? A mi alrededor la gente no deja de suspirar. ¿Lo han perdido o lo han encontrado? No puedo decirlo. Un huérfano no puede saberlo porque le falta el primer amor, el amor de sus padres. De ahí viene su torpeza, su ingenuidad. 

Me dijiste en aquella desierta playa de California: "puedes tocarme las piernas". Pero no lo hice. Eso, amor mío, es amor perdido. Por eso nunca dejo de preguntarme, desde ese día, ¿dónde habrás estado? ¿y dónde estarás ahora? Y tú, brillo incandescente de mi juventud malgastada, ¿lo has perdido o lo has encontrado? No lo sé, y nunca lo sabré. Ni siquiera recuerdo tu nombre. Y no tengo la respuesta, pero me gusta imaginármela así. Al final, amor mío, no tenemos elección. Tenemos que encontrarlo»

sábado, 16 de agosto de 2025

32

Hay textos que no interpelan: perforan. Hoy cumplo 32 años y esto que escribo aquí es lo que soy ahora.

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Llegué al portal de mi casa de Madrid de madrugada. Cuando abrí la puerta del ascensor, el espejo me devolvió una caricatura decrépita y grotesca. Tu cara es un débil y trágico flash a las cinco de la mañana. Tengo el eyeliner completamente destruido, el pintalabios es un símil de un desierto lejano e ignoto, el cuerpo me late, me pesa, me duele, me aterra. Entonces recuerdo ese poema de Gil de Biedma, sonrío frente al espejo y pienso en aquel verso que habla de la humillación imperdonable de la excesiva intimidad. 

Me contemplo lejana, titubeante e irrisoria. Tiemblo frente al espejo, no debí beber aquella copa, no debí haber mirado a aquel muchacho con los ojos abiertos y encendidos como un gamo herido, las rodillas muy juntas y temblorosas, no debí haberle dicho que lo llamaría, porque no lo haría. 

Sonrío desafiante y soberbia: también soy esta mujer que ahora se siente depresiva y sola en un ascensor milimétrico, como una ficha de dominó a punto de caer. 

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Hace muchos años que un hombre me miró de frente y me recitó: «tus ojos me recuerdan / las noches de verano».

En aquel momento yo pensé que cualquier desencuentro, cualquier diferencia, estaba justificado si hubo una vez en la que un hombre me miró de frente y me recitó a Machado.

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Está bien e, incluso, es sano que ciertas cosas que creíamos ancladas muten y nos estremezcan. El deseo es escurridizo y yo soy devota. 

El amor es conocimiento, pero ¡ah! el misterio es un vacío revelador y magnético.

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Escucho en la playa a mujeres hablar durante muchísimo tiempo de aquello que comen, de las cantidades que comen, de que gastaban una 36 cuando tenían veinte años, de que tenían las piernas firmes y ligeras cuando eran adolescentes, de que la carne de sus brazos no era flácida ni desequilibrada, de si tienen celulitis, varices, estrías, arrugas, el suelo pélvico debilitado, osteoporosis, artritis reumatoide, fibromialgia... Intuyo cierta vergüenza mientras se agarran las entrañas con el propósito de ocultar la grasa trémula del bajo vientre. A mí me gusta contemplarlas desde lejos, escucharlas desde lejos. Me parecen hermosas, así, orondas, coquetas, ufanas. Me gustaría susurrarles que su belleza no es de este mundo, no lo es, no lo es; esta belleza es etérea y volátil, esta belleza no responde a ningún canon impuesto, esta belleza no es efímera, no lo es, no lo es; esta belleza es antisistema porque, mientras ellas se palpan la grasa y se avergüenzan, yo las observo con el orgullo que me otorga mi sexo; observo mis caderas, mis piernas, mis brazos y no quiero sentir pánico ante esta realidad asfixiante.

(este discurso jamás lo pronunciará un hombre).

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«Lo sé, Sé que nunca más encontraré nada ni nadie que me inspire pasión. Tú sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera... Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré».

Escribe Sartre.

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Dice Rebecca Solnit: «Tratamos el deseo como si fuera un problema que hay que resolver; nos centramos en aquello que deseamos y ponemos la atención en lo deseado y en cómo conseguirlo en lugar de en la naturaleza y la sensación del deseo, pero a menudo es la distancia que existe entre nosotros y el objeto del deseo lo que llena el espacio entre ambos con el azul del anhelo. (...) Aquí se encuadra el misterio de por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y porqué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos. (...) Incluso cuando tienes delante a esa persona, hay algo de ella que sigue estado increíblemente lejos: cuando te acercas a ella para abrazarla, tus brazos rodean el misterio, lo incognoscible, aquello que no puede poseerse. Lo lejano impregna incluso lo más cercano. Al fin y al cabo, apenas sabemos lo que tenemos en las profundidades de nuestro propio ser».

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A veces pienso en esas cartas que te envíe, dónde estarán dónde estarán, dónde estará mi orgullo mi vergüenza mi vanidad mi ego, dónde estarán dónde estarán, pulverizadas ocultas en el hueco de una estantería olvidadas alojadas en algún rincón de tu cabeza presionándote enterradas dentro de una cabeza llena de arena.

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Hay canciones y poemas que me hacen acordarme de ti. Hay veces que estoy inmersa en una cotidianidad anodina y percibo cierta corriente desarraigada y extraña que nos conecta, algo visceral y agudo en el pecho, en el estómago, en mi cabeza, como si mi cuerpo se abandonase a una performance misteriosa, como si intuyese que me estás pensando en ese preciso momento. Entonces te pienso, te pienso, te pienso, me abandono a esta intuición, a esta pulsión, te sigo pensando y no sucede nada. 

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«Lo tuvimos tan cerca que nunca lo vimos, lo perdimos tan fácil que valió la pena. Y ahora quiero llamarte por teléfono y decirte que, aunque no me diera cuenta en aquel momento, aquello fue importante para mí».

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Los siento ahí, famélicos, los noto mucho antes de verlos, mucho antes de entenderlos, pero están allí, abiertos, húmedos y negros, como dos pozos: tus ojos. Sigo creyendo que no hemos terminado de comunicarnos. 

sábado, 26 de julio de 2025

Todo esto me sirve para dar cauce al dolor, una especie de ética de la belleza, una forma de sostener lo insostenible. 

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Soy una mente rizomática: no escribo desde la lógica, sino desde el vínculo.

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En bastantes ocasiones mis amigos tienden a hablar de cuestiones sociológicas. Entonces, varados en mitad de Lavapiés, se levanta un debate apasionado y entusiasta acerca de la existencia o no existencia de la clase media. En ese momento muchos sostienen que el concepto clase media es una trampa, un subterfugio para invisibilizar la clase obrera, erradicar la conciencia de clase y percibir la lucha de clases como algo obsoleto, arcaico e innecesario. Mis amigos, además, hablan del discurso meritocrático, de cómo nos han hecho creer que nuestros intereses confluyen con los de aquellos que jamás pisarán una terraza de Lavapiés, cómo nuestra autopercepción social se ve continuamente bombardeada y alienada con ese fin. 
Recuerdo que defendí la idea de que me producía sonrojo comparar el sueldo que yo ganaba en la actualidad con el que ganaban mis padres y que me autopercibía clase trabajadora, pero sentía cierto recelo o vergüenza de ciertos privilegios adquiridos y que, seguramente, estos también fueran una trampa del capitalismo.

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Mi consejo es que nunca quedes con un hombre con el que hayas fantaseado ligeramente porque, repentinamente, se convertirá en alguien anodino e insignificante. Es necesario legitimar la mitomanía. 

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Escribe Pedro Lemebel: «es tan ordinario el amor que hasta los pacos se enamoran».

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Solo lo que no cesa de doler permanece activo. El olvido es una fuerza activa.

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Ignorar las estructuras que nos moldean es perpetuar patrones de desigualdad. ¿No crees que la reflexión es también una forma de compromiso ético?

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A veces pienso en esa niebla, en esa especie de confusión latente y gravitatoria. Creo que esa sombra es parte del amor mismo, como un contorno inevitable. Amar es, en cierta medida, anticipar la ausencia. 

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Escribí en las notas del móvil: amo mi vida disoluta, amo mi versión en Madrid (me siento más guapa, elocuente, interesante y divertida). Pienso en un amor distorsionado por el que sentí cierta devoción desmedida. También pienso en que tú jamás hubieses comprendido esta libertad que ejerzo.

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«Ahora creo que en el valor de lo que pasamos y, aún así, nunca me sentí tan vulnerable en esta existencia tan cambiante». Es innegable pensar que, incluso, el amor está atravesado por tensiones estructurales.

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Anoté acerca de mi intensidad: cuando era más joven, actuaba de manera más impulsiva, adolescente y febril; ahora es cierto que soy algo más reflexiva y racional, aunque sigo existiendo en el mundo de una manera desordenada e intuitiva. Me resulta ficticio leer un poema y no sentir estremecimiento. 

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«El instante en que un sentimiento penetra en el cuerpo es político. Esta caricia es política». Escribe Adrienne Rich.

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Ayer A. me comentó que, cuando salió de casa, se encontró con el ex de su hermana, quien estaba acompañado por una mujer y dos niños. Le comenté que habíamos entrado en esa etapa oscura en la que tus ex comienzan a casarse y a tener hijos.

(Recordé ese poema de Alba Flores en su poemario Azca: «estoy empezando a entrar en la edad / en la que ya no me da miedo / morirme / quedarme en el paro / o que me salgan arrugas por todo el cuerpo / a lo que de verdad tengo miedo ahora / es a que te cases / y que ya siempre sea tarde para estar contigo»). 

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Lo contó Julián Barnes: «Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas (...) y se crea algo nuevo y el mundo cambia. Después, tarde o temprano, en algún momento, por una razón u otra, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible».

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«no me hables de tus tesis doctorales / háblame despacio de tu primer amor / a mí qué me importan las ciudades en las que hayas / vivido / (...) por qué estar en esos sitios / ¿qué ganas? / aparte de dinero y reputación y amigos y contactos / y experiencias y fondos de pensiones y coches y / áticos y viajes a oriente y cumplir los sueños de / cuando eras niño / de cuando eras niño / y yo era tu primer amor /  así que no me hables de tus tesis doctorales / háblame despacio de cómo era yo»

lunes, 7 de julio de 2025

 Apunté, de madrugada y completamente ebria: amar desde el control, desde una narrativa que te proteja. Habitar el lenguaje desde la incertidumbre.

(supongo que te recordé).

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«¿no escribe todo poeta un poema sobre el amor no correspondido?»

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«si de verdad fuera un poeta, te mordería la yugular».

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tú lograste activar una dimensión que no todos han comprendido.

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En algunas ocasiones me da por pensar en el estrato social de todos mis intereses amorosos. Percibí que, de algún modo u otro, no procedemos de la misma clase social. La mayoría de ellos proviene de familias cuyos padres fueron a la universidad. Cuando lo comento con mi madre, esta experimenta una especie de rubor interno, una suerte de vergüenza impuesta y legítima. Entonces la miro a los ojos y le digo que nuestra clase social es la de la clase obrera, que fuimos capaces de atravesar todos los obstáculos y dificultades que eran intrínsecos a nuestra propia condición. Entonces la miro a los ojos y no lo digo, porque me avergüenza cierta soberbia que me recorre, pero pienso en el capital cultural de muchos de ellos y en el mío propio y fantaseo con poder hablarte abiertamente de Bourdieu en una terraza de Malasaña mientras nos cae el sol a chorros, mirándonos a los ojos atávicamente, en una especie de duelo de miseria ancestral. 

Entonces miro a los ojos a mi madre y le digo que esta mujer que soy ahora también es ella.

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El viernes volví a tener veinte años: