Escribir desde la nostalgia: el peligro.
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Desvincular universos personales de relatos que aún nos afectan: una misión pendiente.
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Establecer una comunicación unidireccional a través de un blog: una herida abierta.
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Observar ciertas sombras grisáceas en el cabello, asumir el transcurso del tiempo como algo más común que incierto: lo inexorable.
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Explicar a unos niños un poema, explicar el tempus fugit, explicar que nacer es ir muriendo: ojos como platos, silencio estremecedor.
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Camino por el barrio escuchando Con las ganas de Zahara. Parece sucederse un atisbo ligero de lluvia. Voy a recoger un vinilo que compré en Vinted. He vuelto de Budapest y me hubiese gustado escribirte cómo me sentí allí, varada en una ciudad inmensa cargada de un relato patético y hermoso. Me hubiese gustado perderme por el barrio judío contigo, ver tus ojos impresionados por la historia de este país, ver tus ojos impresionados por los restos soviéticos de este país, ver tus ojos impresionados por la inmensidad del Danubio, y besarte muy despacio, muy despacio, muy hondamente, excesivamente triste.
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Afecto y dignidad: aspiración.
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Ojalá siempre te acuerdes de mí en un momento cualquiera, en una situación cotidiana. No me interesa la trascendencia, sino lo atávico.
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Me obsesiona el momento exacto en el que percibo que soy objeto de deseo de alguien. Me obsesiona porque suele ser una mirada imperceptible para el resto de personas, una óptica subterránea que gravita y late, un movimiento insignificante cargado de semántica, una palabra ambigua que desanuda el deseo. Hoy iba contemplando la lluvia y pensé en aquellos momentos en los que lo percibí ahí, sigiloso e indomable, un volcán a punto de erupcionar, una corriente de agua desbordándose, ligera y fresca, aterradora. Pensé en cuando te miré a los ojos por primera vez en la plaza de San Justo y lo percibí; pensé en el momento en el que recibí un WhatsApp de un contacto desconocido con un poema y lo percibí; pensé en cuando me hiciste una broma en la cafetería del instituto y me miraste después de soslayo (y lo percibí); pensé en cuando te acercaste a mí en la sala de profesores para recomendarme un libro y lo percibí; pensé en cuando me escribiste para invitarme a un recital de poesía y lo percibí. Siempre está ahí, denso y pesado, oculto y telúrico, el deseo, la confesión, el miedo.
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Este fin de semana vi Adolescence. Fue una historia que me consternó porque en ella se retrata la masculinidad tóxica, la necesidad de pertenencia y aceptación, la influencia de las redes sociales y la difusión de ciertas ideologías a través de estas. Resulta absurdo no establecer una analogía cuando trabajo con adolescentes y me enfrento a este tipo de discursos cada día: discursos que consideran que el feminismo es una lacra y que la homofobia y la aporofobia están legitimadas. Hoy me acordé de la serie porque en Spotify me sonó Cambia! de C. Tangana. Quizás mañana comience mis clases con ella.
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Dice Lorena G. Maldonado en su Twitter: «Se sabe que uno ama porque mide el tiempo, que duele y es pesado hasta que sucede lo que tú quieres que suceda (un encuentro, una palabra, una fiesta, un beso). Qué hermoso dejar de amar y observar, de nuevo, cómo el tiempo corre fresco y deprisa... El tiempo como una fuente clara».
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Es imposible enamorarse dos veces de una misma persona: bien porque la persona cambia o porque los sentimientos se modifican. A mí me quedará el recuerdo.
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Esta carta que escribió Gramsci a su hijo: «Me siento algo cansado y no puedo escribirte mucho. Tú escríbeme siempre y acerca de todo lo que te interese en la escuela. Yo creo que te gusta la historia, como me gustaba a mí cuando tenía tu edad, porque se refiere a los hombres vivos, y todo lo que se refiere a los hombres, a cuantos más hombres sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre ellos en sociedad y trabajan y luchan y se mejoran a sí mismos, no puede no gustarte más que cualquier otra cosa. Pero, ¿es así? Te abrazo. Antonio».
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