lunes, 23 de septiembre de 2024

 Me llamó una amiga para confesarme que escribía como una mujer actual. Me pareció un piropo legítimo.

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Te mentí. Por supuesto que te mentí: aún sigo teniendo veinte años. Pero eso tú jamás lo vas a saber.

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Esperaba un autobús en Plaza Castilla mientras sonaba Clase Media de Quique González. Me recorrió una extrañeza sutil y desconocida. 

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Me hubiese gustado descubrirte que Salitre 48 es una calle perpendicular a Argumosa, epicentro de todos mis fines de semana, y no únicamente un disco en el que nos hemos intuido infinidad de veces. Me hubiese gustado que nos tomásemos un vermú mientras nos mirábamos a los ojos muy tibiamente, como se miran aquellos que extrañan un pasado incierto, como se observan las parejas ancianas que pasean un amor genuino y razonable. Escribí esto en el metro mientras volvía de un día de trabajo hastiado y agotador. Pensé aquello que cantaba Quique: ¿quién necesita una canción de amor cuando se tiene la violencia en vena? Pensé en ti durante un par de minutos. El metro atravesó Serrano y después me perdí en la neblina de mi memoria.

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Camino por Argüelles bajo un sol de otoño irregular, voy en sudadera con un halo de adolescente intransigente y en mis auriculares solo suena aquello de: peor que el olvido / fue volverte a ver. A veces una nunca sabe dónde alojar tanto dolor.

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Son las 23:45 y mientras escribo esto en este blog olvidado suena Los conserjes de noche. Llevo todo el día escuchando a Quique González. Siempre me pareció una canción terriblemente sexy. 





viernes, 13 de septiembre de 2024

Cuando regresé a Madrid recordé los poemas que me habían escrito hace años. Recordé aquel comentario de seis páginas a raíz de un texto que una vez publiqué aquí, recordé todos los versos nefastos e ingratos que tuve que soportar y todos los versos que me desencajaron por dentro. Pienso que, de un modo u otro, todos los hombres que he amado escriben.

A veces me gusta revisar sus textos, saberme ahora completamente ajena y desligada de esa mujer que fui, aceptar que aún quedan vestigios mínimos de ella, que no me arrepiento, que escribí esto atropelladamente en un tren que viajaba mientras anochecía, que no me atormenté ni me amedrenté, que creí ver un resquicio de esperanza, que creí saberme pura y honesta en una suerte de sociedad violenta y enajenada.

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Me gusta hablar con la gente de mi trabajo del amor, específicamente con gente que no es de mi generación. He descubierto que todos añoran secretamente a alguien, la posibilidad de una vida alternativa que nunca será. Ellos desconocen que yo sé su secreto. Después pido otra cerveza y añoro, en parte, esa ficción.

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Hay días que se tornan tan dolorosos que no me siento merecedora de amor. Entonces recuerdo esa conversación de Fleabag con su padre en la que este le confiesa: «Creo que de todos nosotros eres la que mejor sabe amar, por eso todo te duele tanto».

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Un día en las cañas de los viernes planteé cuál era la pulsión que les recorría. Muchos confesaron que el dinero, el sexo o el amor. Yo me atreví a sostener que era el deseo. Después te miré y observé tus labios completamente apagados.

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Es viernes, he trabajado esta semana casi 50 horas porque padezco una especie de adicción al trabajo o quizás solo es el capitalismo atravesándome de parte a parte. Aún no es fin de mes y ya tengo poco dinero en la cuenta del banco. He fantaseado con algunos hombres que sé que me intuyen. Escribí a alguien con una excusa idiota. Me respondió. Leí un par de poemas que me dejaron fría. Concluí estas notas que llevo escribiendo casi una hora. Todos acabamos por sentirnos supervivientes de nuestra historia.