jueves, 1 de enero de 2026

Dos ladridos

 En días como estos, que todo finge ser catalizador de trascendencia, me da por pensar en cómo se construye una identidad cuando lo esencial ocurrió una sola vez. Cuando escribo aquí, trato de ofrecer una imagen de una mujer consciente, atravesada por el tiempo y la pérdida, atravesada por la incapacidad de cerrar narrativas vitales, aferrada a un archivo emocional cuestionable. Cuando escribo aquí, trato de narrar mi herida, habitar mi herida, entender mi herida. A veces me pregunto:

Si te suelto, ¿qué queda de mí? 

Si te suelto, ¿qué queda de mí?

Escribo sobre este recuerdo repetitivamente porque funciona como una figura fundacional. Esto no es fruto de una idealización episódica que aparece y desaparece: esta idealización es estructural. Está integrada en mi forma de percibir el mundo, en mi forma de habitar el mundo, en mi capacidad de amar y también en mi incapacidad de amar.

Esto lo escribo con cierta distancia porque hacerlo hacia un tú (como suelo hacerlo) sería tensar una cuerda que ya se quebró hace años.

*

Hoy recordé un comentario de texto que hizo R. en relación a un poema que escribí. Eran seis páginas cargadas de dialéctica y análisis profundo. Sentí un vértigo misterioso e incognoscible deslizándose por mi garganta hasta llegar a mi estómago. En aquel entonces pensé que era enamoramiento y posiblemente estaba equivocada.

También recuerdo que me asaltó una inseguridad ya conocida. Me suele suceder cuando un hombre inteligente me aborda y me reconoce de igual a igual. Aquí entra en juego la manera en la que nos han educado a las mujeres a la hora de habitar en un mundo dominado hegemónicamente por los hombres en las esferas intelectuales. 

Muchos me dicen que escribo bien y yo lo sé, soy consciente de ello. No quiero utilizar una falsa modestia, porque trato de ser honesta y verdadera en este blog que pocos conocen. También sé que soy inteligente. Por eso, cuando un hombre con ciertas inquietudes culturales me reconoce, percibo cierta atracción desasosegada y también cierta enemistad lúdica. Es esta la manera en la que nos han enseñado a socializar, me respondo con cierta indulgencia. 

Todos los hombres de mi vida terminan por irse porque yo me siento sometida y arraigada a una inseguridad atroz. Es esta la manera en la que nos han educado a las mujeres. Trato de ser subversiva y no ceder a esta idea, trato de aceptar mi naturaleza y no transigir. Sin embargo, siempre fallo.

No obstante, esta inseguridad, me aseguro, es sistémica y no me pertenece, aunque también me pertenezca.

*

He escuchado la canción que lleva por título esta entrada del blog después de infinidad de años. Esta es una manera extraña de ejercer la memoria y el apego.

*

Twitter me descubrió una web en la que podías depositar notas en ciertos lugares de la geografía española. He escrito algún verso en ciertas ciudades, también en aquellas que nunca he pisado.

Esto es topografía sentimental.

*

Escribe Patricia Highsmith: «Me habría gustado tenerla entre mis brazos toda la noche, provocarle el sentimiento de ser amada y deseada, porque el sentimiento es más importante que el acto».