lunes, 30 de diciembre de 2024

Suena Una estrella de La Bien Querida mientras contemplo los ascensores de las cuatro torres y asciendo desde un túnel de Plaza Castilla subida en un autobús interurbano. Los veo subir y bajar, sucediéndose en una alternancia singular, y me parece estar ante una experiencia sensorial inaudita, aunque tengo la certeza de que ya he escrito sobre esto mucho antes. Contemplo los ascensores en esta tibia noche y pienso en el tiempo que nunca vamos a poder recuperar, me sobreviene mi obsesión con la muerte y el miedo que ello conlleva, y también pienso en ti justo en esa parte en la que La Bien Querida canta algo que a mí me resulta doloroso y enigmático: te me escapas como el tiempo, como el agua entre los dedos te me escapas de las manos. Podría habértelo escrito aquel noviembre y no me hubiese equivocado. 

Esto lo anoté mientras caminaba por las calles de Chamberí desasosegada e intranquila para hacerme una citología. 

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Voy en la autovía escuchando Las cenizas de Holgado y observo a un motociclista que va en dirección contraria. De repente me invade un pensamiento intrusivo sobre la muerte. Esto me suele suceder más de lo que desearía.

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Pienso que somos víctimas de nuestro tiempo y que es imposible desligarse de él, por eso estamos abocados al fracaso en el plano relacional. También sé que te esperaría toda la eternidad y podríamos hablar de Eva Illouz, tal vez. 

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Recuerdo cuando cambié tu nombre en la agenda del móvil. Fue como transfigurarte, pasarte por un tamiz de irrealidad, como si nada de lo que tuvimos hubiese existido. Fue como transmutar de lo afectivo a lo aséptico. De repente tu foto vacía: de la intimidad al desconocimiento. Y el duelo. No habrá poema ni canción para esto.

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Un sábado que fui a tomar el vermú, una amiga me señaló todo lo que había mutado mi vida este año. Yo apenas había reparado en todos los cambios significativos que me habían arrasado por dentro: dejé una relación y recuperé esa idea que amo que es vivir sola en el centro de Madrid; sufrí y lloré, pero también supe recomponerme y ser fuerte; asumí una jefatura de estudios en el instituto donde trabajo, que es algo que provoca un miedo irracional si no fueses una loca inconsciente como lo soy yo; tuve varias citas infértiles y no me avergoncé; coqueteé con alguien del trabajo por puro hastío y tampoco me avergoncé; viajé a Roma para visitar a mi amiga Ana y allí constaté que el origen de toda la civilización occidental reside allí; que Sorrentino podrá proyectar una imagen misógina de la mujer, pero que pocos como él han conseguido captar la belleza y la pulcritud de Roma; descubrí que amaba mi trabajo más de lo que pensaba y que no necesito de la validación masculina para ser feliz.

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Escribo esto el 30 de diciembre de 2024 con La Bien Querida de fondo. He comprado entradas para su concierto de enero en La Riviera. Pienso en todas esas canciones que ya no me pertenecen a mí porque las asocié a un antiguo amor. Nacho Vegas siempre le corresponderá a Pablo; Quique González siempre me dolerá porque siempre será de Pablo; no podré nunca escuchar a Iván Ferreiro sin recordar a Roberto. Es doloroso y hermoso porque son canciones que me han conformado como persona, porque son amores que me configuraron en cierta medida, porque me hace pensar que siempre guardaremos esa intimidad personal, un vínculo inquebrantable aunque pasen los años. Hay conexiones que aunque la comunicación esté rota nunca van a dejar de persistir. 

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«Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero». Esto lo escribió Wislawa Szymborska. Me encantaría mandártelo mañana en un Whatsapp furtivo que sea capaz de desestabilizar tu equilibrio, pero perdí tu número.

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Solo te pido que leas esta entrada con Muero de amor de La Bien Querida de fondo porque escribí esta suerte de diario con ella de fondo. Vuelve al principio y empieza de nuevo. 

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«Mira las cosas que se van, / recuérdalas, / porque no volverás a verlas nunca». Escribe José Emilio Pacheco. 

domingo, 1 de diciembre de 2024

Este viernes terminé de ver en los Cines Verdi las nueva serie de Rodrigo Sorogoyen: Los años nuevos. Me pareció un relato ultrarrealista de dos personajes erráticos y torpes atravesados por un tiempo donde el deseo rige y mueve, atravesados por un tiempo donde el amor está de paso. Me pareció tierno el retrato de Óscar, un hombre atormentado por una fe inamovible, aunque hubiesen pasado los años, aunque hubiese pasado la vida. Me vi reflejada en ciertos momentos; no lloré, no lo hice, pude hacerlo y no lo hice. El halo triste de un espíritu pusilánime y vulnerable siempre generó en mí cierta compasión significativa. 

Me pareció divertida la radiografía de Ana, valiente e indómita, egoísta y libérrima, buscando escapar de una rutina ineludible, buscando un amor franco y voraz, conformándose con una conexión emocional cuestionable, un marido bueno, muchas noches de hotel con la culpa acomodada en el pecho, un pensamiento intrusivo, un recuerdo en un momento de debilidad. Me vi reflejada en todo eso; no pensé en ti, quizás sí lo hice, pensé en ti y lo negué.

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Me hubiese gustado contarte cómo me sentí cuando me lancé a las calles de Madrid después de ver esta serie, después de estar en un coloquio con Rodrigo Sorogoyen. 

Anoche soñé contigo. Me rompía en un abrazo triste y desatento porque sabía que era nuestra despedida. Yo sabía que aquello había fracasado. Te abracé tan fuerte que me desperté y apenas había entrado el sol por la ventana: penumbra.

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Muchas veces escribo en este blog a hombres diferentes, ¿no te das cuenta? 

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Hay veces que apunto en las notas de mi móvil ciertas impresiones o sensaciones, palabras sueltas sin un hilo conductor, solo emociones: polución, cielo anaranjado, autobús, amanecer, cuatro torres, amor, miedo, melancolía, saberse imprecisa, desdibujarse.

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Dice Borges: "Lo que de verás fue, no se pierde; la intensidad es una forma de eternidad".