miércoles, 1 de julio de 2026
viernes, 26 de junio de 2026
Final de curso
El inicio del verano siempre se me antoja melancólico. Siento como si mi cuerpo de repente se desequilibrase y ya no quedase nada, como si toda la energía que me recorre hubiese desaparecido instantáneamente. Pienso en aquellas personas a las que ya jamás volveré a ver, aquellas con las que intercambié una mirada de complicidad o una risa contagiosa, un café a media mañana, una cerveza de viernes. Pienso en todas esas conversaciones que ya nunca tendré (me cuesta tantísimo desaferrarme), en todas aquellas vivencias que no volveré a escuchar de manera absorta y entusiasta, en aquella anécdota anodina que me fascinó porque me pareció honesta y cómica; en aquella recomendación de cierta película o cierto libro que consiguió desanudarme por dentro.
A veces siento que todas las personas con las que he coincidido aparecieron de alguna manera, milagrosamente, por algún motivo. No sé cuál es ese motivo, pero sí sé que me han ayudado a configurarme como persona. Y siento que aún me siguen construyendo estas coincidencias, que mi identidad es el resultado de estos encuentros no controlados.
A veces pienso en qué hubiese sido de mí si yo no hubiese tenido la determinación y el arrojo de trasladarme a Madrid, si en aquel concursillo no hubiese puesto en aquella determinada posición aquel centro educativo. ¿Qué sería de mí? ¿Hubiese conocido la verdadera amistad? ¿Hubiese conocido el amor? ¿Sería esta persona que teclea mientras suena Puntos suspensivos de Robe y trata de sorber sus lágrimas y sus miedos, tratando de alargar esta oración interminable para no enfrentarse a la pregunta?
Me cuesta tantísimo desvincularme de los recuerdos, de los espacios, de las personas. Cuando intuyo el abandono, aparece esta herida: esta herida que sangra de manera incontrolable, esta herida que no es miedo al abandono, sino certeza de abandono. Por eso me duele tanto cuando llega el final de curso y reconozco que ciertas personas que aparecieron y me aportaron, únicamente, estaban de paso.
Así, mi identidad no es algo equilibrado y firme, fluctúa en relación a todos estos encuentros y, por eso, recuerdo con tanta atención aquella conversación que me transformó, aquella nimiedad que quizá lo fuera y en la que pienso obsesivamente, en aquella mirada subterránea cargada de curiosidad, en aquel roce liviano y vacilante. Trato de capturarlo todo porque no quiero perderme, porque no quiero abandonarme a una experiencia nihilista, a un vacío aterrador donde no me reconozca.
*
Leí este fragmento de Albert Camus a María Casares (viernes por la noche a las 11; 7 de julio de 1944): «Esta noche siento deseos de ir hacia ti porque me pesa el corazón y todo me parece difícil de vivir. (...) Esta noche me pregunto qué haces, dónde estás y en qué piensas. Me gustaría tener la certidumbre de tu pensamiento y de tu amor. Pero, ¿de qué amor puede uno estar seguro siempre? (...) ¿Y quién soy yo para exigirle tanto a una persona? Pero es quizá porque sé de todas las debilidades que puede tener incluso un corazón robusto por lo que siento tanta aprensión ante la ausencia y ante esta separación estúpida en que hay que alimentar un amor de carne con sombras y recuerdos».
domingo, 14 de junio de 2026
Un llanto político
sábado, 9 de mayo de 2026
¿De quién son nuestros días?
Creo que es la primera vez, en mucho tiempo, que voy a escribir sin un esquema previo y, a veces, está bien transgredir las reglas autoimpuestas. Ayer, cuando salí del cine después de haber visto La Grazia de Sorrentino y subía la calle Princesa hacia mi barrio, pensaba en esa pregunta que se lanza en la película: ¿de quién son nuestros días?
Advertí, en un primer momento, que no tenía una respuesta precisa y clara para tal dilema. Pensé en el poder y en la ambición y también pensé, naturalmente, en el amor. Una nostalgia extraña me recorrió mientras observaba a cientos de personas agolparse en una avenida céntrica de una ciudad deshumanizada. Caminaba con paso rápido mientras contemplaba cómo nadie era capaz de mirarse a los ojos, cómo nadie era capaz de percibir la otredad en un vasto y frío lugar como Madrid.
Cuando llegué a casa, observé mi imagen en el espejo con atención: una mujer de treinta y dos años, ciertas ojeras por haber madrugado para ir a trabajar, ni una gota de maquillaje en el cutis, algunos destellos de color grisáceo en un cabello alborotado y encrespado. Hay veces que la estética me resulta aburrida y monótona; la asumo como una carga inherente a ser mujer y la repudio y la detesto. No obstante, es cierto, soy una completa esteta: admiro por entero el cine de Sorrentino, podría perderme en cualquiera de sus planos y de sus cuestiones, aunque algunos consideren que el argumento resulte melifluo e intrascendental (no estoy de acuerdo). Admiro mis propias contradicciones, ¿es esto ser una ególatra?
Cené algo ligero, miré el móvil un par de veces, contesté algún mensaje vacío de misterio, puse una película en el iPad y me quedé ligeramente dormida sobre la cama, desarropada. Fue el frío el que me despertó.
Hoy, por la mañana, fue la luz. Olvidé bajar la persiana. Tenía la boca completamente seca. Eran las ocho de la mañana. La costumbre del trabajo ha hecho que me despierte tan temprano. He terminado la película que no pude acabar ayer. Otra historia nostálgica.
Mientras me hago el café, suena California Dreamin' en Spotify, bailo en la cocina con un pijama holgadísimo mientras se hacen las tostadas. La película que vi es Chungking Express. Hay una frase de esta película que me atravesó: «Conocer a una persona no es lo mismo que ganarse su corazón. La gente cambia todo el tiempo».
Me he tomado el café con la televisión de fondo sin reparar mucho en ella. Ahora suena Piano Man de Billy Joel y pienso en esa frase de Sorrentino. ¿De quién son nuestros días? Y he llegado a la misma conclusión: los días son nuestros, pero aún no lo sabemos. Ahí radica la sabiduría: en la belleza de la duda.
He escrito esto en media hora. Creo que escribiré a algún amigo e iré a tomar el vermú.
domingo, 19 de abril de 2026
Pienso en aquella conversación que tuvimos ayer en una terraza cualquiera de la Glorieta de Embajadores. J. comentó que, cuando era niño, su padre le leía poemas de Miguel Hernández antes de dormir. A mí me recordó a esos momentos de mi infancia en los que, también antes de dormir, me internaba en la cama de mis padres y, entonces, mi padre ponía un cassette con muchísimos romances populares y yo cantaba, sin comprender, aquello de Conde Niño, por amores. V. me miró porque me conoce desde hace seis años y sabe descifrar el momento en el que estoy pensando en algo que me traslada a otro momento, a otra etapa vital, y me confesó que nosotros percibíamos la realidad de otra manera, que teníamos una sensibilidad diferente para captar una energía insondable en lo que nos rodeaba. Entonces la miré y también le confesé que, a veces, siento la necesidad de romantizar mi vida y que podía ir caminando hacia el trabajo y observar cómo amanecía lentamente, capturar ese instante en mi mente y también pensar en un verso o en dos, apuntarlo en el móvil, sentirme conmovida.
Pedimos cuatro cervezas más y nadie dijo nada.
*
Leí este verso en Twitter: «hay gente que viaja toda su vida en el mismo tren / y nunca se entera ¿sabías? / me gustan esos encuentros / me gusta que el azar nos pueda romper el corazón».
*
Cuando regresaba en el interurbano a Madrid, pensé en el momento en el que decidiste sentarte frente al ordenador y teclear mi nombre. Pensé en cuánto tiempo te llevó hacerlo y también en cuánto tiempo pensaste en hacerlo. Pensé en si dispusiste las palabras concienzudamente, si estructuraste tu discurso (¿me escribió el académico o la persona?), si hubo algún momento en el que pensaste aquello de esto mejor no. También pensé en si en algún momento decidiste borrar algo que yo jamás conoceré o si, por el contrario, añadiste algo de lo que te arrepentiste posteriormente. Yo albergo esa sensación cuando me siento frente al ordenador y escribo estas palabras casi de manera inconsciente y, a veces, también pienso si algunos de mis fragmentos harán que te sientas aludido, si creerás que aquel poemilla inútil e insignificante iba por ti, si no habrás adivinado ya que este es un espacio para una herida, pero que tú también perteneces a esa herida y, por eso, también te refiero.
*
Leí, también, en Twitter, esto de Louise Glück: «Porque una herida en el corazón / es también una herida en la mente».
*
Sentados en una de las terrazas cercanas al mercado de San Fernando, comenté a mi grupo de amigos, al hilo de la conversación, que leí hace tiempo un libro de una socióloga llamada Fatema Mernissi que defendía que el patriarcado occidental era más peligroso que el oriental porque oprimía a la mujer con mecanismos más invisibles y taimados. Mientras que a la mujer oriental se le oprimía mediante el espacio (el harén, el hiyab) y era algo más perceptible, a la mujer occidental se le oprimía mediante el tiempo (la necesidad de tener un cuerpo de niña, utilizar cremas antiarrugas, anticelulíticas, antinatura; una exaltación deplorable y obsesiva de la juventud), condenando a la mujer madura a una iconografía de un ideal de belleza casi inexistente y sometiéndola a una devaluación vergonzante. Asimismo, también afirmé que era el hombre el que controlaba toda la industria de la moda, desde la cosmética a la ropa interior, y que existía cierta violencia simbólica en todo esto.
Mis amigos me miraron, como si les hubiese descubierto algo determinante y grave, y simplemente asintieron.
*
Anoche llegué cansada y algo borracha. A veces leo tus palabras a escondidas y me obligo a ser prudente. ¿Seguirá existiendo esa versión de ti? ¿Seguirás sintiendo y percibiendo el mundo así? En mi imaginario persistes y aún puedo advertir los contornos de un hombre vulnerable, fatigado y antidogmático.
*
Leí esto en Poeta chileno de Zambra, que es el libro en el que me estoy dejando ahora la vida: «Donde estaba tu sangre / estaba yo, / dentro».
domingo, 12 de abril de 2026
Milana bonita
jueves, 26 de febrero de 2026
lunes, 16 de febrero de 2026
Mi abuela fue víctima de violencia de género. Lo escribo así, a quemarropa, porque es importante adueñarse de ciertas palabras que, hace apenas unas décadas, no tenían cabida en nuestro lenguaje, pero que ocultaban realidades terribles y oscuras que retumbaban en los rincones de las casas de cualquier pueblo inhóspito. La terminología también es poder, me digo, y este es mi poder, abuela: recuperarte.
Mi abuela, probablemente, fue de las primeras mujeres que se divorció durante la Transición. Siempre me la he imaginado cargada de miedo, tres hijos e incertidumbre, expulsada de una casa que sirvió de refugio en ocasiones, pero también de cárcel y desasosiego en muchas otras, aterida ante una situación desconocida, aunque esperanzadora. Mi abuela abandonó una época que no sentía conmiseración con las mujeres que elegían vivir.
Mi abuela era analfabeta. Esto no lo sé por ella, porque falleció cuando yo tenía apenas seis años. Esto me lo ha repetido mi madre en diversas ocasiones, especialmente cuando ha existido algún conato de intelectualidad en nuestras anodinas vidas. Es hermoso y paradójico que yo ahora me gane la vida enseñando lo que ella jamás pudo aprender. Mi abuela, por tanto, no había cotizado ni un día cuando de repente tuvo el coraje y la firmeza de ser capaz de escapar de su maltratador. Mi abuela recibió una pensión no contributiva del Estado cuando envejeció.
Esta narrativa, contada por mi madre, es imprecisa y difusa: está cargada de huecos a causa del dolor y una necesidad urgente de olvido.
Mi abuela perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Mi madre perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Yo también pertenezco a esta herencia y escribo desde ella y la nombro sin vergüenza.
lunes, 26 de enero de 2026
«Esta va a ser la primera vez que me declaro a alguien. Y he pensado que no pasa nada, que me gustas y que me gustas independientemente de que yo te guste a ti o no. Que me gusta la idea de que existas en el mundo, que creo que con eso ya debería valer. Me gustas como idea, me gustas como unidad y no me vas a gustar menos si me rechazas. Me va a entristecer mucho, pero que eso a ti no te va a hacer peor y eso me gusta. Me gusta no depender de tu mirada porque yo ya estoy un poco cansada de depender de la mirada de los demás y no me apetece más. Y ahora que lo estoy pensando, va a ser mejor si no te gusto porque eso va a significar que el amor es completamente mío y no una respuesta a tu mirada, ¿me explico? ¿Sabes qué pasa? Que durante mucho tiempo yo he preferido la literatura a la vida, la ficción a la vida, la fantasía a la vida y ahora ya no. Y en la fantasía yo soy buena, de verdad que lo soy, que corro en la dirección contraria a la realidad con una fuerza fascinante. Yo le huyo a la realidad como a la muerte. Pero, mira, ahora quiero un amor real contigo. Si es que al final todo es muy sencillo, muy, muy sencillo. Hay obras de teatro enteras para decir cosas muy sencillas».
Esto de Irene Escolar en Las chicas están bien.
*
Pienso en diversas ocasiones en esa extraña mirada freudiana a la que a las mujeres se nos ha condenado en todas las ficciones que he consumido: la mujer como un continente oscuro desde la óptica masculina, desde el deseo masculino.
Hace años que trato de desligarme de ello.
*
Cuando ocurre un evento histórico y trascendental, pienso en ti y en cómo lo analizarías, en cuál sería tu opinión y si me censurarías por la mía, si discutiríamos, si llegaríamos a un acuerdo o a alguna conclusión, si sería imposible dialogar contigo, si seríamos un frágil reflejo de la muerte de las ideologías, si seríamos equidistantes y sumisos, si ya no existiría relato entre tú y yo. A veces siento que estoy hablándole a un vacío desértico e ignoto.
*
Encontrarnos en lugares inestables y liminales: una herida también es poder.
*
Creo con firmeza que es importante conocer a tus veinte años un amor que te quiebre, un amor que te fundamente y te estructure, un amor que pueda herir para, después, poder integrar este dolor en tu cotidianidad. ¿No lo sabes? Yo soy tú, pero tú también eres yo, con todos esos misterios insondables bordeándote y todos esos matices que amamos y odiamos simétricamente. Ya no sé si mi identidad te pertenece y no sé si tu identidad me pertenece.
*
Creo que en mi mente eres mejor de lo que realmente fuiste. Cuando la mente se enfrenta a algo no resuelto, necesita completar los huecos para sistematizar, para encontrar una estructura lógica, un cauce potencialmente marginal. Pero aquí no puede haber estructura lógica, solo memoria, vacíos y ficción.
*
Cuando escribo del dolor, me enfrento a su agotado campo semántico, al perdón y al no perdón como formas simétricas e igualmente válidas para vivir el amor como experiencia radical: te perdono porque te amo; no te perdono porque te amo.
*
Antes de ir a ver Nouvelle Vague de Richard Linklater, volví a ver Á bout de souffle. En ella Jean Seberg contempla a Jean-Paul Belmondo desde una genuinidad casi frágil, casi pura, y le expresa: «Nos miramos a los ojos y no sirve de nada».
*
Muchas veces me pregunto cómo puede vivir la gente sin poesía, sin literatura, sin ficción; cómo expresan lo que está vedado expresar; cómo manifiestan que aman, que odian, que se mueren por dentro, que sienten miedo, angustia y rencor, que se mueren de amor, que pueden esconder en estas palabras una suerte de confesión inminente, que escribí esto atropelladamente en un salón de diez metros cuadrados en una ciudad a la que amo, pero que simultáneamente me rechaza y me expulsa, mientras pensaba secretamente que ser frágil y tierno en este mundo caótico y disperso puede ser revolucionario y transgresor; que no mentí, que me equivoqué, que me equivoqué, que me hirió, que no supe contener mi vanidad, que te permití —te permití— regular tu ego a través del pasado, que jugué —claro que jugué—, porque este blog es poesía y es literatura y es ficción.
jueves, 1 de enero de 2026
Dos ladridos
En días como estos, que todo finge ser catalizador de trascendencia, me da por pensar en cómo se construye una identidad cuando lo esencial ocurrió una sola vez. Cuando escribo aquí, trato de ofrecer una imagen de una mujer consciente, atravesada por el tiempo y la pérdida, atravesada por la incapacidad de cerrar narrativas vitales, aferrada a un archivo emocional cuestionable. Cuando escribo aquí, trato de narrar mi herida, habitar mi herida, entender mi herida. A veces me pregunto:
Si te suelto, ¿qué queda de mí?
Si te suelto, ¿qué queda de mí?
Escribo sobre este recuerdo repetitivamente porque funciona como una figura fundacional. Esto no es fruto de una idealización episódica que aparece y desaparece: esta idealización es estructural. Está integrada en mi forma de percibir el mundo, en mi forma de habitar el mundo, en mi capacidad de amar y también en mi incapacidad de amar.
Esto lo escribo con cierta distancia porque hacerlo hacia un tú (como suelo hacerlo) sería tensar una cuerda que se quebró hace años.
*
Hoy recordé un comentario de texto que hizo R. en relación a un poema que escribí. Eran seis páginas cargadas de dialéctica y análisis profundo. Sentí un vértigo misterioso e incognoscible deslizándose por mi garganta hasta llegar a mi estómago. En aquel entonces pensé que era enamoramiento y posiblemente estaba equivocada. Me vi diseccionada como en una operación quirúgica. Todos mis miedos y debilidades expuestos, como si fuese urgente retirar cualquier tejido putrefacto o enfermo.
También recuerdo que me asaltó una inseguridad ya conocida. Me suele suceder cuando un hombre inteligente me aborda y me reconoce de igual a igual. Aquí entra en juego la manera en la que nos han educado a las mujeres a la hora de habitar un mundo dominado hegemónicamente por los hombres, especialmente en las esferas intelectuales.
Muchos me dicen que escribo bien y yo lo sé, soy consciente de ello. No quiero utilizar una falsa modestia, porque trato de ser honesta y verdadera en este blog que pocos conocen. También sé que soy inteligente. Por eso, cuando un hombre con ciertas inquietudes culturales me reconoce, percibo cierta atracción desasosegada y también cierta enemistad lúdica. Es esta la manera en la que nos han enseñado a socializar, me respondo con cierta indulgencia.
Todos los hombres de mi vida terminan por irse porque yo me siento sometida y arraigada a una inseguridad atroz. Es esta la manera en la que nos han educado a las mujeres. Trato de ser subversiva y no ceder a esta idea, trato de aceptar mi naturaleza y no transigir. Sin embargo, siempre fallo.
No obstante, esta inseguridad, me aseguro, es sistémica y no me pertenece, aunque también me pertenezca.
*
He escuchado la canción que lleva por título esta entrada del blog después de infinidad de años. Esta es una manera extraña de ejercer la memoria y el apego.
*
Twitter me descubrió una web en la que podías depositar notas en ciertos lugares de la geografía española. He escrito algún verso en ciertas ciudades, también en aquellas que nunca he pisado.
Esto es topografía sentimental.
*
Escribe Patricia Highsmith: «Me habría gustado tenerla entre mis brazos toda la noche, provocarle el sentimiento de ser amada y deseada, porque el sentimiento es más importante que el acto».