Estas ganas de nada, menos de ti
Poder ser cualquier cosa menos ajena a mi tiempo
viernes, 21 de agosto de 2026
domingo, 16 de agosto de 2026
33 (domingo)
Entra por la ventana de mi piso de Madrid un débil rayo de luz que se asienta sobre el libro Stoner de John Williams. Alumbra imperceptiblemente la portada y yo lo contemplo desde el sofá como una manifestación de deidad. Observo con detenimiento lo que me rodea, este desorden tan ordenado: una biblioteca apilada sin ningún sentido, fotogramas y guiones de películas que me conmovieron, una caja de cerillas con la bandera de Palestina que me vendió un transeúnte en Lavapiés hace un par de meses, vinilos de cantautores que me gustan, fotografías con mis amigos en una terraza cualquiera de Malasaña, ensayos de filosofía y sociología apilados en un montón inestable. Me da por pensar que este habitáculo también es mi identidad, que no sabría ser sobria ni superficial, que no concibo qué podría ser si no amase lo que amo.
No sé si hoy escribo por obligación o por tradición, pero sí recuerdo que, cuando el viernes llegué a Atocha, me recorrió una profunda pulsión de escribir. Me sucede que las ciudades en las que habito me inspiran, siento cierta necesidad de desbordarme aquí, de escribir sin miedo y casi sin control. Hoy tampoco me guiará una hoja de ruta, simplemente quiero exponerme, descifrar quién soy, reconocerme alguna vez y en algún momento y que no me asuste mi identidad; que me enorgullezca saber que fallé, pero que las decisiones que adopté me llevaron a ser una mujer de treinta y tres años completamente independiente y enamorada de esta vida caótica.
Esta prospección del presente me hace viajar hacia el pasado porque guardo cierta tendencia a la melancolía y, a veces, miro de soslayo algunos mensajes que recibí, me conmuevo bajo el peso de una leve culpa y me recorre una esperanza que se desvanece paulatinamente. Me aferro, también, a esta vena poética que me conforma: hace años que no escribo poesía, le tengo demasiado miedo a este género, pero lo respeto y lo amo con una intensidad inflexible. ¿Quién sería yo si no me hubiese dejado herir por algunos versos? Quizás, una sombra, una desconocida.
lunes, 3 de agosto de 2026
martes, 7 de julio de 2026
Llueve en Madrid y algo se me agrieta en el pecho. Siempre he percibido cómo algo, no sé exactamente qué, me modifica cuando siento una conmoción interna. No sé si quiero indagar sobre ello ni tratar de designarlo, pero es cierto que, cuando siento esta extrañeza, termino vomitando en este blog: es un vómito honesto y bello, y a veces repulsivo (¿no es la belleza también mundana y sórdida?). Pienso que aquello que se me agrieta repentinamente ya existía, que esta grieta sobre la que escribo lleva atravesándome años, desde que tengo uso de memoria; que he terminado por aceptarla y escribir a partir de ella: soy un parásito de esta grieta.
Sin embargo, ¿soy yo la que vuelve en un eterno ciclo centrífugo o es ella la que me alimenta en un estado centrípeto? ¿Me sustenta o me desgasta? ¿Me aporta o me consume? Trato de buscar la respuesta cuando me siento aquí, en una noche inmensa, frente al ordenador, y solo albergo dudas y misterio.
¿Qué hacemos con aquello que no termina de desaparecer? ¿Dónde quedan los recuerdos y las heridas, cómo integramos el dolor de una manera orgánica en nuestro día a día? Me sucede que, cuando camino por la calle, observo a la gente con mucho detenimiento. Durante unos segundos, tengo la impresión de que ellos apenas perciben mi mirada, la ciudad los ha alienado de tal manera que caminan con paso firme y dispuesto, sin observar, sin reparar en ningún gesto ajeno. Entonces observo a miles, a millares de personas atravesadas por nostalgias, a millares de personas tratando de canalizar ensoñaciones y miedos, y, en alguna ocasión, alguien repara en mí; siento cómo su manera de observar el mundo coincide con la mía, cómo es posible no sentirse sola y alienada en una ciudad de millares de personas atravesadas por nostalgias y ensoñaciones y miedos. Es reparador intuir esta grieta en el otro.
Muchas veces comienzo estos textos sin saber sobre lo que voy a escribir. Lo hago por impulso, por conmoción, por esa grieta que me oprime y me salva y, quizás, repentinamente, me sorprendo a mí misma cuando me detengo a releer estas palabras antes de publicarlas. En ocasiones me parece liberador y magnético y otras tantas me resulta aterrador. Suena en esta habitación Jeanne de Rosalía y un verso que dice así: «Entrégate / que no hay mejor manera de amar / que aniquilarse».
Quizás esto sea el comienzo de una forma distinta de habitarme.
miércoles, 1 de julio de 2026
viernes, 26 de junio de 2026
Final de curso
El inicio del verano siempre se me antoja melancólico. Siento como si mi cuerpo de repente se desequilibrase y ya no quedase nada, como si toda la energía que me recorre hubiese desaparecido instantáneamente. Pienso en aquellas personas a las que ya jamás volveré a ver, aquellas con las que intercambié una mirada de complicidad o una risa contagiosa, un café a media mañana, una cerveza de viernes. Pienso en todas esas conversaciones que ya nunca tendré (me cuesta tantísimo desaferrarme), en todas aquellas vivencias que no volveré a escuchar de manera absorta y entusiasta, en aquella anécdota anodina que me fascinó porque me pareció honesta y cómica; en aquella recomendación de cierta película o cierto libro que consiguió desanudarme por dentro.
A veces siento que todas las personas con las que he coincidido aparecieron de alguna manera, milagrosamente, por algún motivo. No sé cuál es ese motivo, pero sí sé que me han ayudado a configurarme como persona. Y siento que aún me siguen construyendo estas coincidencias, que mi identidad es el resultado de estos encuentros no controlados.
A veces pienso en qué hubiese sido de mí si yo no hubiese tenido la determinación y el arrojo de trasladarme a Madrid, si en aquel concursillo no hubiese puesto en aquella determinada posición aquel centro educativo. ¿Qué sería de mí? ¿Hubiese conocido la verdadera amistad? ¿Hubiese conocido el amor? ¿Sería esta persona que teclea mientras suena Puntos suspensivos de Robe y trata de sorber sus lágrimas y sus miedos, tratando de alargar esta oración interminable para no enfrentarse a la pregunta?
Me cuesta tantísimo desvincularme de los recuerdos, de los espacios, de las personas. Cuando intuyo el abandono, aparece esta herida: esta herida que sangra de manera incontrolable, esta herida que no es miedo al abandono, sino certeza de abandono. Por eso me duele tanto cuando llega el final de curso y reconozco que ciertas personas que aparecieron y me aportaron, únicamente, estaban de paso.
Así, mi identidad no es algo equilibrado y firme, fluctúa en relación a todos estos encuentros y, por eso, recuerdo con tanta atención aquella conversación que me transformó, aquella nimiedad que quizá lo fuera y en la que pienso obsesivamente, en aquella mirada subterránea cargada de curiosidad, en aquel roce liviano y vacilante. Trato de capturarlo todo porque no quiero perderme, porque no quiero abandonarme a una experiencia nihilista, a un vacío aterrador donde no me reconozca.
*
Leí este fragmento de Albert Camus a María Casares (viernes por la noche a las 11; 7 de julio de 1944): «Esta noche siento deseos de ir hacia ti porque me pesa el corazón y todo me parece difícil de vivir. (...) Esta noche me pregunto qué haces, dónde estás y en qué piensas. Me gustaría tener la certidumbre de tu pensamiento y de tu amor. Pero, ¿de qué amor puede uno estar seguro siempre? (...) ¿Y quién soy yo para exigirle tanto a una persona? Pero es quizá porque sé de todas las debilidades que puede tener incluso un corazón robusto por lo que siento tanta aprensión ante la ausencia y ante esta separación estúpida en que hay que alimentar un amor de carne con sombras y recuerdos».
domingo, 14 de junio de 2026
Un llanto político
sábado, 9 de mayo de 2026
¿De quién son nuestros días?
Creo que es la primera vez, en mucho tiempo, que voy a escribir sin un esquema previo y, a veces, está bien transgredir las reglas autoimpuestas. Ayer, cuando salí del cine después de haber visto La Grazia de Sorrentino y subía la calle Princesa hacia mi barrio, pensaba en esa pregunta que se lanza en la película: ¿de quién son nuestros días?
Advertí, en un primer momento, que no tenía una respuesta precisa y clara para tal dilema. Pensé en el poder y en la ambición y también pensé, naturalmente, en el amor. Una nostalgia extraña me recorrió mientras observaba a cientos de personas agolparse en una avenida céntrica de una ciudad deshumanizada. Caminaba con paso rápido mientras contemplaba cómo nadie era capaz de mirarse a los ojos, cómo nadie era capaz de percibir la otredad en un vasto y frío lugar como Madrid.
Cuando llegué a casa, observé mi imagen en el espejo con atención: una mujer de treinta y dos años, ciertas ojeras por haber madrugado para ir a trabajar, ni una gota de maquillaje en el cutis, algunos destellos de color grisáceo en un cabello alborotado y encrespado. Hay veces que la estética me resulta aburrida y monótona; la asumo como una carga inherente a ser mujer y la repudio y la detesto. No obstante, es cierto, soy una completa esteta: admiro por entero el cine de Sorrentino, podría perderme en cualquiera de sus planos y de sus cuestiones, aunque algunos consideren que el argumento resulte melifluo e intrascendental (no estoy de acuerdo). Admiro mis propias contradicciones, ¿es esto ser una ególatra?
Cené algo ligero, miré el móvil un par de veces, contesté algún mensaje vacío de misterio, puse una película en el iPad y me quedé ligeramente dormida sobre la cama, desarropada. Fue el frío el que me despertó.
Hoy, por la mañana, fue la luz. Olvidé bajar la persiana. Tenía la boca completamente seca. Eran las ocho de la mañana. La costumbre del trabajo ha hecho que me despierte tan temprano. He terminado la película que no pude acabar ayer. Otra historia nostálgica.
Mientras me hago el café, suena California Dreamin' en Spotify, bailo en la cocina con un pijama holgadísimo mientras se hacen las tostadas. La película que vi es Chungking Express. Hay una frase de esta película que me atravesó: «Conocer a una persona no es lo mismo que ganarse su corazón. La gente cambia todo el tiempo».
Me he tomado el café con la televisión de fondo sin reparar mucho en ella. Ahora suena Piano Man de Billy Joel y pienso en esa frase de Sorrentino. ¿De quién son nuestros días? Y he llegado a la misma conclusión: los días son nuestros, pero aún no lo sabemos. Ahí radica la sabiduría: en la belleza de la duda.
He escrito esto en media hora. Creo que escribiré a algún amigo e iré a tomar el vermú.
domingo, 19 de abril de 2026
Pienso en aquella conversación que tuvimos ayer en una terraza cualquiera de la Glorieta de Embajadores. J. comentó que, cuando era niño, su padre le leía poemas de Miguel Hernández antes de dormir. A mí me recordó a esos momentos de mi infancia en los que, también antes de dormir, me internaba en la cama de mis padres y, entonces, mi padre ponía un cassette con muchísimos romances populares y yo cantaba, sin comprender, aquello de Conde Niño, por amores. V. me miró porque me conoce desde hace seis años y sabe descifrar el momento en el que estoy pensando en algo que me traslada a otro momento, a otra etapa vital, y me confesó que nosotros percibíamos la realidad de otra manera, que teníamos una sensibilidad diferente para captar una energía insondable en lo que nos rodeaba. Entonces la miré y también le confesé que, a veces, siento la necesidad de romantizar mi vida y que podía ir caminando hacia el trabajo y observar cómo amanecía lentamente, capturar ese instante en mi mente y también pensar en un verso o en dos, apuntarlo en el móvil, sentirme conmovida.
Pedimos cuatro cervezas más y nadie dijo nada.
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Leí este verso en Twitter: «hay gente que viaja toda su vida en el mismo tren / y nunca se entera ¿sabías? / me gustan esos encuentros / me gusta que el azar nos pueda romper el corazón».
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Cuando regresaba en el interurbano a Madrid, pensé en el momento en el que decidiste sentarte frente al ordenador y teclear mi nombre. Pensé en cuánto tiempo te llevó hacerlo y también en cuánto tiempo pensaste en hacerlo. Pensé en si dispusiste las palabras concienzudamente, si estructuraste tu discurso (¿me escribió el académico o la persona?), si hubo algún momento en el que pensaste aquello de esto mejor no. También pensé en si en algún momento decidiste borrar algo que yo jamás conoceré o si, por el contrario, añadiste algo de lo que te arrepentiste posteriormente. Yo albergo esa sensación cuando me siento frente al ordenador y escribo estas palabras casi de manera inconsciente y, a veces, también pienso si algunos de mis fragmentos harán que te sientas aludido, si creerás que aquel poemilla inútil e insignificante iba por ti, si no habrás adivinado ya que este es un espacio para una herida, pero que tú también perteneces a esa herida y, por eso, también te refiero.
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Leí, también, en Twitter, esto de Louise Glück: «Porque una herida en el corazón / es también una herida en la mente».
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Sentados en una de las terrazas cercanas al mercado de San Fernando, comenté a mi grupo de amigos, al hilo de la conversación, que leí hace tiempo un libro de una socióloga llamada Fatema Mernissi que defendía que el patriarcado occidental era más peligroso que el oriental porque oprimía a la mujer con mecanismos más invisibles y taimados. Mientras que a la mujer oriental se le oprimía mediante el espacio (el harén, el hiyab) y era algo más perceptible, a la mujer occidental se le oprimía mediante el tiempo (la necesidad de tener un cuerpo de niña, utilizar cremas antiarrugas, anticelulíticas, antinatura; una exaltación deplorable y obsesiva de la juventud), condenando a la mujer madura a una iconografía de un ideal de belleza casi inexistente y sometiéndola a una devaluación vergonzante. Asimismo, también afirmé que era el hombre el que controlaba toda la industria de la moda, desde la cosmética a la ropa interior, y que existía cierta violencia simbólica en todo esto.
Mis amigos me miraron, como si les hubiese descubierto algo determinante y grave, y simplemente asintieron.
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Anoche llegué cansada y algo borracha. A veces leo tus palabras a escondidas y me obligo a ser prudente. ¿Seguirá existiendo esa versión de ti? ¿Seguirás sintiendo y percibiendo el mundo así? En mi imaginario persistes y aún puedo advertir los contornos de un hombre vulnerable, fatigado y antidogmático.
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Leí esto en Poeta chileno de Zambra, que es el libro en el que me estoy dejando ahora la vida: «Donde estaba tu sangre / estaba yo, / dentro».
