El inicio del verano siempre se me antoja melancólico. Siento como si mi cuerpo de repente se desequilibrase y ya no quedase nada, como si toda la energía que me recorre hubiese desaparecido instantáneamente. Pienso en aquellas personas a las que ya jamás volveré a ver, aquellas con las que intercambié una mirada de complicidad o una risa contagiosa, un café a media mañana, una cerveza de viernes. Pienso en todas esas conversaciones que ya nunca tendré (me cuesta tantísimo desaferrarme), en todas aquellas vivencias que no volveré a escuchar de manera absorta y entusiasta, en aquella anécdota anodina que me fascinó porque me pareció honesta y cómica; en aquella recomendación de cierta película o cierto libro que consiguió desanudarme por dentro.
A veces siento que todas las personas con las que he coincidido aparecieron de alguna manera, milagrosamente, por algún motivo. No sé cuál es ese motivo, pero sí sé que me han ayudado a configurarme como persona. Y siento que aún me siguen construyendo estas coincidencias, que mi identidad es el resultado de estos encuentros no controlados.
A veces pienso en qué hubiese sido de mí si yo no hubiese tenido la determinación y el arrojo de trasladarme a Madrid, si en aquel concursillo no hubiese puesto en aquella determinada posición aquel centro educativo. ¿Qué sería de mí? ¿Hubiese conocido la verdadera amistad? ¿Hubiese conocido el amor? ¿Sería esta persona que teclea mientras suena Puntos suspensivos de Robe y trata de sorber sus lágrimas y sus miedos, tratando de alargar esta oración interminable para no enfrentarse a la pregunta?
Me cuesta tantísimo desvincularme de los recuerdos, de los espacios, de las personas. Cuando intuyo el abandono, aparece esta herida: esta herida que sangra de manera incontrolable, esta herida que no es miedo al abandono, sino certeza de abandono. Por eso me duele tanto cuando llega el final de curso y reconozco que ciertas personas que aparecieron y me aportaron, únicamente, estaban de paso.
Así, mi identidad no es algo equilibrado y firme, fluctúa en relación a todos estos encuentros y, por eso, recuerdo con tanta atención aquella conversación que me transformó, aquella nimiedad que quizá lo fuera y en la que pienso obsesivamente, en aquella mirada subterránea cargada de curiosidad, en aquel roce liviano y vacilante. Trato de capturarlo todo porque no quiero perderme, porque no quiero abandonarme a una experiencia nihilista, a un vacío aterrador donde no me reconozca.
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Leí este fragmento de Albert Camus a María Casares (viernes por la noche a las 11; 7 de julio de 1944): «Esta noche siento deseos de ir hacia ti porque me pesa el corazón y todo me parece difícil de vivir. (...) Esta noche me pregunto qué haces, dónde estás y en qué piensas. Me gustaría tener la certidumbre de tu pensamiento y de tu amor. Pero, ¿de qué amor puede uno estar seguro siempre? (...) ¿Y quién soy yo para exigirle tanto a una persona? Pero es quizá porque sé de todas las debilidades que puede tener incluso un corazón robusto por lo que siento tanta aprensión ante la ausencia y ante esta separación estúpida en que hay que alimentar un amor de carne con sombras y recuerdos».