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Poder ser cualquier cosa menos ajena a mi tiempo
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Es medianoche y acabo de ver Cinema Paradiso. Recuerdo que la vi por primera vez cuando tenía diecisiete años, por recomendación de mi padre. Esa vez la vi en el anterior piso de mis padres y recuerdo que pensé muchísimo, en aquel tiempo, en el final. Me pareció, en aquel momento, algo completamente sensorial y enigmático, pero seguramente yo aún no habría encontrado las palabras porque era una niña, una adolescente, y los adolescentes son míseros, mudos y adolecen.
La vi por segunda vez en mi piso de Salamanca. Recuerdo que estaba estudiando fonética histórica en el salón y tuve que abandonar el reajuste de sibilantes. Solo recuerdo que lloré muchísimo y que pensaba en ti. Quizás es la película que más me hace llorar porque habla de posibilidades inasibles e imposibles. Así es la nostalgia, pienso ahora. De repente te aborda en un espacio inconcreto y te envenena lentamente, la antepones a la productividad: en cierto sentido cuando me asola la nostalgia me vuelvo improductiva para el sistema, me coloco de frente y me hago subversiva porque no produzco, no ejerzo: solo deseo.
Hoy la volví a ver. Hacía trece años que no lo hacía. Sabía que me destrozaría, que naturalmente me acordaría de lo bello y de lo terrible, que me enfrentaría a una herida inmerecida, que tendría miedo y congoja de contemplar un fantasma imperecedero, que no sé si me sabría fuerte y altiva, que terminaría escribiendo en este blog muerto.
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Escribí el viernes: espero en Atocha y pienso en la escena de La bola negra en la que Milo Quifes aparece en un tablao flamenco. Baila descosido y sanguíneo, visceral, se agita el pelo mientras fuma, esparce el humo por la habitación (quiero aspirarlo), cierra los ojos fuerte, fuerte, fuerte; dos mechones morenos le caen a los lados y se me antoja pueril y radicalmente hermoso (quiero besarlo).
Pienso en esa escena obsesivamente mientras miro de soslayo a las personas amontonadas en una sala de espera, maletas, suspiros, móviles, auriculares, pantallas, horarios. Esto es el tardocapitalismo, pienso, huir de una urbe que amas y odias el fin de semana, creerte libre aunque en tu fuero interno admitas que el eslabón no se rompe, no cede: el eslabón que a ti te sueltan a otro se lo aprietan.
Sin embargo, también sé ponerme de rodillas, comulgo, me reconcilio con mi faceta cínica. La lucidez no nos inmuniza contra la fascinación. Pienso desesperadamente que esto es la belleza: elegir concienzudamente las ficciones que te modelan, aunque desconozcas su designio; amar en formato gregario, amar como sea, con la lengua, con los labios, saliva contra saliva, una victoria pírrica; amar contra quien sea, con odio y violencia, con premura y también con ternura; amar a pesar de lo que sea, con decoro, con ingenio, con tristeza.
Entra por la ventana de mi piso de Madrid un débil rayo de luz que se asienta sobre el libro Stoner de John Williams. Alumbra imperceptiblemente la portada y yo lo contemplo desde el sofá como una manifestación de deidad. Observo con detenimiento lo que me rodea, este desorden tan ordenado: una biblioteca apilada sin ningún sentido, fotogramas y guiones de películas que me conmovieron, una caja de cerillas con la bandera de Palestina que me vendió un transeúnte en Lavapiés hace un par de meses, vinilos de cantautores que me gustan, fotografías con mis amigos en una terraza cualquiera de Malasaña, ensayos de filosofía y sociología apilados en un montón inestable. Me da por pensar que este habitáculo también es mi identidad, que no sabría ser sobria ni superficial, que no concibo qué podría ser si no amase lo que amo.
No sé si hoy escribo por obligación o por tradición, pero sí recuerdo que, cuando el viernes llegué a Atocha, me recorrió una profunda pulsión de escribir. Me sucede que las ciudades en las que habito me inspiran, siento cierta necesidad de desbordarme aquí, de escribir sin miedo y casi sin control. Hoy tampoco me guiará una hoja de ruta, simplemente quiero exponerme, descifrar quién soy, reconocerme alguna vez y en algún momento y que no me asuste mi identidad; que me enorgullezca saber que fallé, pero que las decisiones que adopté me llevaron a ser una mujer de treinta y tres años completamente independiente y enamorada de esta vida caótica.
Esta prospección del presente me hace viajar hacia el pasado porque guardo cierta tendencia a la melancolía y, a veces, miro de soslayo algunos mensajes que recibí, me conmuevo bajo el peso de una leve culpa y me recorre una esperanza que se desvanece paulatinamente. Me aferro, también, a esta vena poética que me conforma: hace años que no escribo poesía, le tengo demasiado miedo a este género, pero lo respeto y lo amo con una intensidad inflexible. ¿Quién sería yo si no me hubiese dejado herir por algunos versos? Quizás, una sombra, una desconocida.
Llueve en Madrid y algo se me agrieta en el pecho. Siempre he percibido cómo algo, no sé exactamente qué, me modifica cuando siento una conmoción interna. No sé si quiero indagar sobre ello ni tratar de designarlo, pero es cierto que, cuando siento esta extrañeza, termino vomitando en este blog: es un vómito honesto y bello, y a veces repulsivo (¿no es la belleza también mundana y sórdida?). Pienso que aquello que se me agrieta repentinamente ya existía, que esta grieta sobre la que escribo lleva atravesándome años, desde que tengo uso de memoria; que he terminado por aceptarla y escribir a partir de ella: soy un parásito de esta grieta.
Sin embargo, ¿soy yo la que vuelve en un eterno ciclo centrífugo o es ella la que me alimenta en un estado centrípeto? ¿Me sustenta o me desgasta? ¿Me aporta o me consume? Trato de buscar la respuesta cuando me siento aquí, en una noche inmensa, frente al ordenador, y solo albergo dudas y misterio.
¿Qué hacemos con aquello que no termina de desaparecer? ¿Dónde quedan los recuerdos y las heridas, cómo integramos el dolor de una manera orgánica en nuestro día a día? Me sucede que, cuando camino por la calle, observo a la gente con mucho detenimiento. Durante unos segundos, tengo la impresión de que ellos apenas perciben mi mirada, la ciudad los ha alienado de tal manera que caminan con paso firme y dispuesto, sin observar, sin reparar en ningún gesto ajeno. Entonces observo a miles, a millares de personas atravesadas por nostalgias, a millares de personas tratando de canalizar ensoñaciones y miedos, y, en alguna ocasión, alguien repara en mí; siento cómo su manera de observar el mundo coincide con la mía, cómo es posible no sentirse sola y alienada en una ciudad de millares de personas atravesadas por nostalgias y ensoñaciones y miedos. Es reparador intuir esta grieta en el otro.
Muchas veces comienzo estos textos sin saber sobre lo que voy a escribir. Lo hago por impulso, por conmoción, por esa grieta que me oprime y me salva y, quizás, repentinamente, me sorprendo a mí misma cuando me detengo a releer estas palabras antes de publicarlas. En ocasiones me parece liberador y magnético y otras tantas me resulta aterrador. Suena en esta habitación Jeanne de Rosalía y un verso que dice así: «Entrégate / que no hay mejor manera de amar / que aniquilarse».
Quizás esto sea el comienzo de una forma distinta de habitarme.
El inicio del verano siempre se me antoja melancólico. Siento como si mi cuerpo de repente se desequilibrase y ya no quedase nada, como si toda la energía que me recorre hubiese desaparecido instantáneamente. Pienso en aquellas personas a las que ya jamás volveré a ver, aquellas con las que intercambié una mirada de complicidad o una risa contagiosa, un café a media mañana, una cerveza de viernes. Pienso en todas esas conversaciones que ya nunca tendré (me cuesta tantísimo desaferrarme), en todas aquellas vivencias que no volveré a escuchar de manera absorta y entusiasta, en aquella anécdota anodina que me fascinó porque me pareció honesta y cómica; en aquella recomendación de cierta película o cierto libro que consiguió desanudarme por dentro.
A veces siento que todas las personas con las que he coincidido aparecieron de alguna manera, milagrosamente, por algún motivo. No sé cuál es ese motivo, pero sí sé que me han ayudado a configurarme como persona. Y siento que aún me siguen construyendo estas coincidencias, que mi identidad es el resultado de estos encuentros no controlados.
A veces pienso en qué hubiese sido de mí si yo no hubiese tenido la determinación y el arrojo de trasladarme a Madrid, si en aquel concursillo no hubiese puesto en aquella determinada posición aquel centro educativo. ¿Qué sería de mí? ¿Hubiese conocido la verdadera amistad? ¿Hubiese conocido el amor? ¿Sería esta persona que teclea mientras suena Puntos suspensivos de Robe y trata de sorber sus lágrimas y sus miedos, tratando de alargar esta oración interminable para no enfrentarse a la pregunta?
Me cuesta tantísimo desvincularme de los recuerdos, de los espacios, de las personas. Cuando intuyo el abandono, aparece esta herida: esta herida que sangra de manera incontrolable, esta herida que no es miedo al abandono, sino certeza de abandono. Por eso me duele tanto cuando llega el final de curso y reconozco que ciertas personas que aparecieron y me aportaron, únicamente, estaban de paso.
Así, mi identidad no es algo equilibrado y firme, fluctúa en relación a todos estos encuentros y, por eso, recuerdo con tanta atención aquella conversación que me transformó, aquella nimiedad que quizá lo fuera y en la que pienso obsesivamente, en aquella mirada subterránea cargada de curiosidad, en aquel roce liviano y vacilante. Trato de capturarlo todo porque no quiero perderme, porque no quiero abandonarme a una experiencia nihilista, a un vacío aterrador donde no me reconozca.
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Leí este fragmento de Albert Camus a María Casares (viernes por la noche a las 11; 7 de julio de 1944): «Esta noche siento deseos de ir hacia ti porque me pesa el corazón y todo me parece difícil de vivir. (...) Esta noche me pregunto qué haces, dónde estás y en qué piensas. Me gustaría tener la certidumbre de tu pensamiento y de tu amor. Pero, ¿de qué amor puede uno estar seguro siempre? (...) ¿Y quién soy yo para exigirle tanto a una persona? Pero es quizá porque sé de todas las debilidades que puede tener incluso un corazón robusto por lo que siento tanta aprensión ante la ausencia y ante esta separación estúpida en que hay que alimentar un amor de carne con sombras y recuerdos».