domingo, 19 de abril de 2026

Pienso en aquella conversación que tuvimos ayer en una terraza cualquiera de la Glorieta de Embajadores. J. comentó que, cuando era niño, su padre le leía poemas de Miguel Hernández antes de dormir. A mí me recordó a esos momentos de mi infancia en los que, también antes de dormir, me internaba en la cama de mis padres y, entonces, mi padre ponía un cassette con muchísimos romances populares y yo cantaba, sin comprender, aquello de Conde Niño, por amores. V. me miró porque me conoce desde hace seis años y sabe descifrar el momento en el que estoy pensando en algo que me traslada a otro momento, a otra etapa vital, y me confesó que nosotros percibíamos la realidad de otra manera, que teníamos una sensibilidad diferente para captar una energía insondable en lo que nos rodeaba. Entonces la miré y también le confesé que, a veces, siento la necesidad de romantizar mi vida y que podía ir caminando hacia el trabajo y observar cómo amanecía lentamente, capturar ese instante en mi mente y también pensar en un verso o en dos, apuntarlo en el móvil, sentirme conmovida. 

Pedimos cuatro cervezas más y nadie dijo nada.

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Leí este verso en Twitter: «hay gente que viaja toda su vida en el mismo tren / y nunca se entera ¿sabías? / me gustan esos encuentros / me gusta que el azar nos pueda romper el corazón». 

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Cuando regresaba en el interurbano a Madrid, pensé en el momento en el que decidiste sentarte frente al ordenador y teclear mi nombre. Pensé en cuánto tiempo te llevó hacerlo y también en cuánto tiempo pensaste en hacerlo. Pensé en si dispusiste las palabras concienzudamente, si estructuraste tu discurso (¿me escribió el académico o la persona?), si hubo algún momento en el que pensaste aquello de esto mejor no. También pensé en si en algún momento decidiste borrar algo que yo jamás conoceré o si, por el contrario, añadiste algo de lo que te arrepentiste posteriormente. Yo albergo esa sensación cuando me siento frente al ordenador y escribo estas palabras casi de manera inconsciente y, a veces, también pienso si algunos de mis fragmentos harán que te sientas aludido, si creerás que aquel poemilla inútil e insignificante iba por ti, si no habrás adivinado ya que este es un espacio para una herida, pero que tú también perteneces a esa herida y, por eso, también te refiero. 

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Leí, también, en Twitter, esto de Louise Glück: «Porque una herida en el corazón  / es también una herida en la mente».

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Sentados en una de las terrazas cercanas al mercado de San Fernando, comenté a mi grupo de amigos, al hilo de la conversación, que leí hace tiempo un libro de una socióloga llamada Fatema Mernissi que defendía que el patriarcado occidental era más peligroso que el oriental porque oprimía a la mujer con mecanismos más invisibles y taimados. Mientras que a la mujer oriental se le oprimía mediante el espacio (el harén, el hiyab) y era algo más perceptible, a la mujer occidental se le oprimía mediante el tiempo (la necesidad de tener un cuerpo de niña, utilizar cremas antiarrugas, anticelulíticas, antinatura; una exaltación deplorable y obsesiva de la juventud), condenando a la mujer madura a una iconografía de un ideal de belleza casi inexistente y sometiéndola a una devaluación vergonzante. Asimismo, también afirmé que era el hombre el que controlaba toda la industria de la moda, desde la cosmética a la ropa interior, y que existía cierta violencia simbólica en todo esto. 

Mis amigos me miraron, como si les hubiese descubierto algo determinante y grave, y simplemente asintieron.

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Anoche llegué cansada y algo borracha. A veces leo tus palabras a escondidas y me obligo a ser prudente. ¿Seguirá existiendo esa versión de ti? ¿Seguirás sintiendo y percibiendo el mundo así? En mi imaginario persistes y aún puedo advertir los contornos de un hombre vulnerable, fatigado y antidogmático. 

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Leí esto en Poeta chileno de Zambra, que es el libro en el que me estoy dejando ahora la vida: «Donde estaba tu sangre / estaba yo, / dentro». 

 

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