Creo que es la primera vez, en mucho tiempo, que voy a escribir sin un esquema previo y, a veces, está bien transgredir las reglas autoimpuestas. Ayer, cuando salí del cine después de haber visto La Grazia de Sorrentino y subía la calle Princesa hacia mi barrio, pensaba en esa pregunta que se lanza en la película: ¿de quién son nuestros días?
Advertí, en un primer momento, que no tenía una respuesta precisa y clara para tal dilema. Pensé en el poder y en la ambición y también pensé, naturalmente, en el amor. Una nostalgia extraña me recorrió mientras observaba a cientos de personas agolparse en una avenida céntrica de una ciudad deshumanizada. Caminaba con paso rápido mientras contemplaba cómo nadie era capaz de mirarse a los ojos, cómo nadie era capaz de percibir la otredad en un vasto y frío lugar como Madrid.
Cuando llegué a casa, observé mi imagen en el espejo con atención: una mujer de treinta y dos años, ciertas ojeras por haber madrugado para ir a trabajar, ni una gota de maquillaje en el cutis, algunos destellos de color grisáceo en un cabello alborotado y encrespado. Hay veces que la estética me resulta aburrida y monótona; la asumo como una carga inherente a ser mujer y la repudio y la detesto. No obstante, es cierto, soy una completa esteta: admiro por entero el cine de Sorrentino, podría perderme en cualquiera de sus planos y de sus cuestiones, aunque algunos consideren que el argumento resulte melifluo e intrascendental (no estoy de acuerdo). Admiro mis propias contradicciones, ¿es esto ser una ególatra?
Cené algo ligero, miré el móvil un par de veces, contesté algún mensaje vacío de misterio, puse una película en el iPad y me quedé ligeramente dormida sobre la cama, desarropada. Fue el frío el que me despertó.
Hoy, por la mañana, fue la luz. Olvidé bajar la persiana. Tenía la boca completamente seca. Eran las ocho de la mañana. La costumbre del trabajo ha hecho que me despierte tan temprano. He terminado la película que no pude acabar ayer. Otra historia nostálgica.
Mientras me hago el café, suena California Dreamin' en Spotify, bailo en la cocina con un pijama holgadísimo mientras se hacen las tostadas. La película que vi es Chungking Express. Hay una frase de esta película que me atravesó: «Conocer a una persona no es lo mismo que ganarse su corazón. La gente cambia todo el tiempo».
Me he tomado el café con la televisión de fondo sin reparar mucho en ella. Ahora suena Piano Man de Billy Joel y pienso en esa frase de Sorrentino. ¿De quién son nuestros días? Y he llegado a la misma conclusión: los días son nuestros, pero aún no lo sabemos. Ahí radica la sabiduría: en la belleza de la duda.
He escrito esto en media hora. Creo que escribiré a algún amigo e iré a tomar el vermú.
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