viernes, 21 de agosto de 2026

«Siempre tienes que estar borracha. Eso es todo, es la única forma. Para no sentir la horrible carga del tiempo que te rompe la espalda y te dobla hacia el suelo, tienes que estar borracha. Me despierto recordando esas palabras que me decías. Ahora estoy lejos, pero seguí tu consejo. Me he embriagado en los amaneceres, cuando el mundo parece tan vacío, tan intacto. Me he embriagado con el trabajo, en noches pasadas, programando, perdida en un lenguaje que podía controlar en el mundo tecnológico, hasta que me dejó vacía. Me he embriagado con el sonido. Hace cinco años, esta enfermedad me arrebato parte de la audición. Recuerdo aferrarme a cada sonido que oía. El canto de los pájaros, el susurro de las hojas en otoño. No quería olvidarlo. Me he embriagado con la belleza, como si fuera un paisaje perfecto e intocable en el que podía adentrarme y perderme. Me he embriagado con el amor, contigo. Fueron los mejores años de mi vida. Todavía pienso en ellos, esperando encontrarte por casualidad o recibir, aunque sea, un correo tuyo. Pero sé que no volverá a pasar. Me he embriagado con todo eso, pero ya no es suficiente».

(Una segunda vida, Laurent Slama) https://www.youtube.com/watch?v=K7fFCWEao5Y

 

domingo, 16 de agosto de 2026

33 (domingo)

Entra por la ventana de mi piso de Madrid un débil rayo de luz que se asienta sobre el libro Stoner de John Williams. Alumbra imperceptiblemente la portada y yo lo contemplo desde el sofá como una manifestación de deidad. Observo con detenimiento lo que me rodea, este desorden tan ordenado: una biblioteca apilada sin ningún sentido, fotogramas y guiones de películas que me conmovieron, una caja de cerillas con la bandera de Palestina que me vendió un transeúnte en Lavapiés hace un par de meses, vinilos de cantautores que me gustan, fotografías con mis amigos en una terraza cualquiera de Malasaña, ensayos de filosofía y sociología apilados en un montón inestable. Me da por pensar que este habitáculo también es mi identidad, que no sabría ser sobria ni superficial, que no concibo qué podría ser si no amase lo que amo.

No sé si hoy escribo por obligación o por tradición, pero sí recuerdo que, cuando el viernes llegué a Atocha, me recorrió una profunda pulsión de escribir. Me sucede que las ciudades en las que habito me inspiran, siento cierta necesidad de desbordarme aquí, de escribir sin miedo y casi sin control. Hoy tampoco me guiará una hoja de ruta, simplemente quiero exponerme, descifrar quién soy, reconocerme alguna vez y en algún momento y que no me asuste mi identidad; que me enorgullezca saber que fallé, pero que las decisiones que adopté me llevaron a ser una mujer de treinta y tres años completamente independiente y enamorada de esta vida caótica. 

Esta prospección del presente me hace viajar hacia el pasado porque guardo cierta tendencia a la melancolía y, a veces, miro de soslayo algunos mensajes que recibí, me conmuevo bajo el peso de una leve culpa y me recorre una esperanza que se desvanece paulatinamente. Me aferro, también, a esta vena poética que me conforma: hace años que no escribo poesía, le tengo demasiado miedo a este género, pero lo respeto y lo amo con una intensidad inflexible. ¿Quién sería yo si no me hubiese dejado herir por algunos versos? Quizás, una sombra, una desconocida. 

lunes, 3 de agosto de 2026

 Escribir es una manera obsesiva y desesperada de reclamar amor. ¿Es literatura si escribo sin la mirada del otro? 

Me hice esta y más preguntas después de ver La quimera. En ella, el personaje de Josh O’Connor afirma que perder algo no significa dejar de buscarlo.

https://www.youtube.com/watch?v=-UFgvdMqvg0