viernes, 26 de junio de 2026

Final de curso

El inicio del verano siempre se me antoja melancólico. Siento como si mi cuerpo de repente se desequilibrase y ya no quedase nada, como si toda la energía que me recorre hubiese desaparecido instantáneamente. Pienso en aquellas personas a las que ya jamás volveré a ver, aquellas con las que intercambié una mirada de complicidad o una risa contagiosa, un café a media mañana, una cerveza de viernes. Pienso en todas esas conversaciones que ya nunca tendré (me cuesta tantísimo desaferrarme), en todas aquellas vivencias que no volveré a escuchar de manera absorta y entusiasta, en aquella anécdota anodina que me fascinó porque me pareció honesta y cómica; en aquella recomendación de cierta película o cierto libro que consiguió desanudarme por dentro. 

A veces siento que todas las personas con las que he coincidido aparecieron de alguna manera, milagrosamente, por algún motivo. No sé cuál es ese motivo, pero sí sé que me han ayudado a configurarme como persona. Y siento que aún me siguen construyendo estas coincidencias, que mi identidad es el resultado de estos encuentros no controlados.

A veces pienso en qué hubiese sido de mí si yo no hubiese tenido la determinación y el arrojo de trasladarme a Madrid, si en aquel concursillo no hubiese puesto en aquella determinada posición aquel centro educativo. ¿Qué sería de mí? ¿Hubiese conocido la verdadera amistad? ¿Hubiese conocido el amor? ¿Sería esta persona que teclea mientras suena Puntos suspensivos de Robe y trata de sorber sus lágrimas y sus miedos, tratando de alargar esta oración interminable para no enfrentarse a la pregunta? 

Me cuesta tantísimo desvincularme de los recuerdos, de los espacios, de las personas. Cuando intuyo el abandono, aparece esta herida: esta herida que sangra de manera incontrolable, esta herida que no es miedo al abandono, sino certeza de abandono. Por eso me duele tanto cuando llega el final de curso y reconozco que ciertas personas que aparecieron y me aportaron, únicamente, estaban de paso.

Así, mi identidad no es algo equilibrado y firme, fluctúa en relación a todos estos encuentros y, por eso, recuerdo con tanta atención aquella conversación que me transformó, aquella nimiedad que quizá lo fuera y en la que pienso obsesivamente, en aquella mirada subterránea cargada de curiosidad, en aquel roce liviano y vacilante. Trato de capturarlo todo porque no quiero perderme, porque no quiero abandonarme a una experiencia nihilista, a un vacío aterrador donde no me reconozca. 

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Leí este fragmento de Albert Camus a María Casares (viernes por la noche a las 11; 7 de julio de 1944): «Esta noche siento deseos de ir hacia ti porque me pesa el corazón y todo me parece difícil de vivir. (...) Esta noche me pregunto qué haces, dónde estás y en qué piensas. Me gustaría tener la certidumbre de tu pensamiento y de tu amor. Pero, ¿de qué amor puede uno estar seguro siempre? (...) ¿Y quién soy yo para exigirle tanto a una persona? Pero es quizá porque sé de todas las debilidades que puede tener incluso un corazón robusto por lo que siento tanta aprensión ante la ausencia y ante esta separación estúpida en que hay que alimentar un amor de carne con sombras y recuerdos». 

domingo, 14 de junio de 2026

Un llanto político

Hace dos semanas me recuerdo completamente devastada en Chamartín. Llamé a A. para contarle que mi casera había decidido subirme el alquiler. La especulación es un animal omnívoro. Después de contárselo, lloré en el vagón (nadie me miró). Sin embargo, percibí que este llanto no era de tristeza o lástima, era un llanto político. Hay veces que la intimidad se vuelve estructural. 
Más tarde, pensé en que, aun así, seguía siendo una privilegiada, porque conocía a muchas, muchísimas personas, que no podían permitirse ni siquiera una mísera habitación en esta ciudad. Lloré de impotencia, lloré ante la imposibilidad de revertir esta situación, de saberme expulsada paulatinamente de una ciudad que me lo ha dado y me lo ha quitado todo simultáneamente, una ciudad con la que mantengo un amor tóxico y dependiente. Madrid también es un animal omnívoro.

A. solo acertó a repetirme en varias ocasiones el artículo 47 de la Constitución Española y yo, mientras me sorbía las lágrimas, solo pude reír. 

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Es junio y vuelvo en un tren a Madrid. Me acuerdo de algún verso de Anne Carson que habla de aguantar la belleza como leitmotiv y contemplo cómo se desliza suavemente la lluvia por el cristal de la ventana. Entro en Atocha, como quien entra furibunda en un espacio ajeno, me suena costumbre de Valeria Castro en los auriculares. Me deslizo entre una multitud enajenada que busca desesperadamente su tren, la esquivo rápida y ágilmente. Conozco esta ciudad como a un amante de muchos años. Accedo al urbano que me llevará a mi barrio. Fuera, a través de los cristales, sigo observando una lluvia tediosa y débiles flashes en el cielo. Suena American Pie de Don McLean en mi teléfono e instantáneamente me traslada a un coche en una tarde de mayo, a un hombre concreto, a un tiempo inservible e irrecuperable.

El bus continúa su trayecto y avanza por Paseo del Prado. Contemplo a las personas tumbadas sobre el césped, leyendo bajo la estatua de Goya, impertérrita ante el paso del tiempo y, automáticamente, observo las letras del Hotel Palace. He fantaseado tanto tiempo con robar una de ellas, aunque después advierto que mi nombre no contiene ninguna de esas letras y desecho esta ingenua idea. Subo por Gran Vía y me encuentro con una avenida saturada de turistas, pienso en qué tipo de ciudades estamos construyendo, si alguna vez fui tan inocente para pensar que las políticas de esta ciudad no estaban destinadas a favorecer a los de siempre. Los de siempre. Mis amigos dicen que esta ciudad me hizo de extrema izquierda. Yo sonrío con evidente descaro cuando me elogian.

Llego a Plaza España y contemplo desde el autobús el cine al que siempre voy. Advierto que, a esta altura de la calle Princesa, la gente comienza a licuarse, como si de lluvia se tratase. Desciendo del autobús y Argüelles se me antoja una pequeña ciudad de provincias donde puedes ir al bar de siempre y comprar la fruta a la vuelta de la esquina. Sonrío y pienso que esto algún día se acabará, como todo termina por concluir. Pero hoy no. Hoy no.