Hace dos semanas me recuerdo completamente devastada en Chamartín. Llamé a A. para contarle que mi casera había decidido subirme el alquiler. La especulación es un animal omnívoro. Después de contárselo, lloré en el vagón (nadie me miró). Sin embargo, percibí que este llanto no era de tristeza o lástima, era un llanto político. Hay veces que la intimidad se vuelve estructural.
Más tarde, pensé en que, aun así, seguía siendo una privilegiada, porque conocía a muchas, muchísimas personas, que no podían permitirse ni siquiera una mísera habitación en esta ciudad. Lloré de impotencia, lloré ante la imposibilidad de revertir esta situación, de saberme expulsada paulatinamente de una ciudad que me lo ha dado y me lo ha quitado todo simultáneamente, una ciudad con la que mantengo un amor tóxico y dependiente. Madrid también es un animal omnívoro.
A. solo acertó a repetirme en varias ocasiones el artículo 47 de la Constitución Española y yo, mientras me sorbía las lágrimas, solo pude reír.
*
Es junio y vuelvo en un tren a Madrid. Me acuerdo de algún verso de Anne Carson que habla de aguantar la belleza como leitmotiv y contemplo cómo se desliza suavemente la lluvia por el cristal de la ventana. Entro en Atocha, como quien entra furibunda en un espacio ajeno, me suena costumbre de Valeria Castro en los auriculares. Me deslizo entre una multitud enajenada que busca desesperadamente su tren, la esquivo rápida y ágilmente. Conozco esta ciudad como a un amante de muchos años. Accedo al urbano que me llevará a mi barrio. Fuera, a través de los cristales, sigo observando una lluvia tediosa y débiles flashes en el cielo. Suena American Pie de Don McLean en mi teléfono e instantáneamente me traslada a un coche en una tarde de mayo, a un hombre concreto, a un tiempo inservible e irrecuperable.
El bus continúa su trayecto y avanza por Paseo del Prado. Contemplo a las personas tumbadas sobre el césped, leyendo bajo la estatua de Goya, impertérrita ante el paso del tiempo y, automáticamente, observo las letras del Hotel Palace. He fantaseado tanto tiempo con robar una de ellas, aunque después advierto que mi nombre no contiene ninguna de esas letras y desecho esta ingenua idea. Subo por Gran Vía y me encuentro con una avenida saturada de turistas, pienso en qué tipo de ciudades estamos construyendo, si alguna vez fui tan inocente para pensar que las políticas de esta ciudad no estaban destinadas a favorecer a los de siempre. Los de siempre. Mis amigos dicen que esta ciudad me hizo de extrema izquierda. Yo sonrío con evidente descaro cuando me elogian.
Llego a Plaza España y contemplo desde el autobús el cine al que siempre voy. Advierto que, a esta altura de la calle Princesa, la gente comienza a licuarse, como si de lluvia se tratase. Desciendo del autobús y Argüelles se me antoja una pequeña ciudad de provincias donde puedes ir al bar de siempre y comprar la fruta a la vuelta de la esquina. Sonrío y pienso que esto algún día se acabará, como todo termina por concluir. Pero hoy no. Hoy no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario