Hay momentos, como este, en los que me siento frente al ordenador porque tengo la necesidad de escribir. Mi cuerpo lo percibe como una suerte de somatización adversa y descontrolada; me invade una melancolía histérica y dudo de mi capacidad para encontrar una estructura lingüística que contenga este desasosiego.
Hay momentos, también, en los que me planteo cierta incapacidad de decir algo novedoso y revelador, si mi dialéctica será fruto del ego y la necesidad de validación y no de la urgencia de ordenar la desazón que me sostiene. ¿Qué hay de cierto en todo lo que escribo de mí? ¿Será esta ficción partícipe de la miseria moral de nuestra sociedad? ¿Será oportunista, también, mi vulnerabilidad?
Pienso en todo esto y recuerdo cómo caminaba por el supermercado mientras charlaba con A. por el móvil. Le confesé, en repetidas ocasiones, mi inquietud a la hora de abandonar Madrid durante el verano y ahondé en la idea de regresar fugazmente a una tierra que ya no reconozco ni me reconoce, a una tierra en la que me percibo ajena y deshabitada. A. me contestó que era una persona a la que no le asustaba el dolor y que, por eso mismo, me sentía así; que me resultaba complicado encontrar allí personas que compartiesen una óptica sensible hacia lo invisible, como yo busco desesperadamente en mi día a día.
Esta ciudad, desde la que escribo, me ha permitido ser consciente de cierto magnetismo que me rodea. Lo siento cuando me encuentro en una sala atestada de gente y, misteriosamente, actúo como atractor de la conversación, como si existiese alrededor de mí una especie de campo gravitatorio en el que todos giran continuamente. ¿También esto conforma mi identidad? ¿Dónde se refugian mi timidez y mi inseguridad en estos momentos? Cuando abandono Madrid, esta nueva percepción se desvanece, me siento indecisa y titubeante, me observo en un ostracismo impuesto que me devuelve una versión de mí que no recuerdo, y siento miedo e incertidumbre.
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Escribe Natalia Ginzburg: «¿cómo podría amar una cosa que no sé recordar?»
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