Llueve en Madrid y algo se me agrieta en el pecho. Siempre he percibido cómo algo, no sé exactamente qué, me modifica cuando siento una conmoción interna. No sé si quiero indagar sobre ello ni tratar de designarlo, pero es cierto que, cuando siento esta extrañeza, termino vomitando en este blog: es un vómito honesto y bello, y a veces repulsivo (¿no es la belleza también mundana y sórdida?). Pienso que aquello que se me agrieta repentinamente ya existía, que esta grieta sobre la que escribo lleva atravesándome años, desde que tengo uso de memoria; que he terminado por aceptarla y escribir a partir de ella: soy un parásito de esta grieta.
Sin embargo, ¿soy yo la que vuelve en un eterno ciclo centrífugo o es ella la que me alimenta en un estado centrípeto? ¿Me sustenta o me desgasta? ¿Me aporta o me consume? Trato de buscar la respuesta cuando me siento aquí, en una noche inmensa, frente al ordenador, y solo albergo dudas y misterio.
¿Qué hacemos con aquello que no termina de desaparecer? ¿Dónde quedan los recuerdos y las heridas, cómo integramos el dolor de una manera orgánica en nuestro día a día? Me sucede que, cuando camino por la calle, observo a la gente con mucho detenimiento. Durante unos segundos, tengo la impresión de que ellos apenas perciben mi mirada, la ciudad los ha alienado de tal manera que caminan con paso firme y dispuesto, sin observar, sin reparar en ningún gesto ajeno. Entonces observo a miles, a millares de personas atravesadas por nostalgias, a millares de personas tratando de canalizar ensoñaciones y miedos, y, en alguna ocasión, alguien repara en mí; siento cómo su manera de observar el mundo coincide con la mía, cómo es posible no sentirse sola y alienada en una ciudad de millares de personas atravesadas por nostalgias y ensoñaciones y miedos. Es reparador intuir esta grieta en el otro.
Muchas veces comienzo estos textos sin saber sobre lo que voy a escribir. Lo hago por impulso, por conmoción, por esa grieta que me oprime y me salva y, quizás, repentinamente, me sorprendo a mí misma cuando me detengo a releer estas palabras antes de publicarlas. En ocasiones me parece liberador y magnético y otras tantas me resulta aterrador. Suena en esta habitación Jeanne de Rosalía y un verso que dice así: «Entrégate / que no hay mejor manera de amar / que aniquilarse».
Quizás esto sea el comienzo de una forma distinta de habitarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario