Mi abuela fue víctima de violencia de género. Lo escribo así, a quemarropa, porque es importante adueñarse de ciertas palabras que, hace apenas unas décadas, no tenían cabida en nuestro lenguaje, pero que ocultaban realidades terribles y oscuras que retumbaban en los rincones de las casas de cualquier pueblo inhóspito. La terminología también es poder, me digo, y este es mi poder, abuela: recuperarte.
Mi abuela, probablemente, fue de las primeras mujeres que se divorció durante la Transición. Siempre me la he imaginado cargada de miedo, tres hijos e incertidumbre, expulsada de una casa que sirvió de refugio en ocasiones, pero también de cárcel y desasosiego en muchas otras, aterida ante una situación desconocida, aunque esperanzadora. Mi abuela abandonó una época que no sentía conmiseración con las mujeres que elegían vivir.
Mi abuela era analfabeta. Esto no lo sé por ella, porque falleció cuando yo tenía apenas seis años. Esto me lo ha repetido mi madre en diversas ocasiones, especialmente cuando ha existido algún conato de intelectualidad en nuestras anodinas vidas. Es hermoso y paradójico que yo ahora me gane la vida enseñando lo que ella jamás pudo aprender. Mi abuela, por tanto, no había cotizado ni un día cuando de repente tuvo el coraje y la firmeza de ser capaz de escapar de su maltratador. Mi abuela recibió una pensión no contributiva del Estado cuando envejeció.
Esta narrativa, contada por mi madre, es imprecisa y difusa: está cargada de huecos a causa del dolor y una necesidad urgente de olvido.
Mi abuela perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Mi madre perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Yo también pertenezco a esta herencia y escribo desde ella y la nombro sin vergüenza.
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