sábado, 6 de mayo de 2023
domingo, 12 de febrero de 2023
Cuando tenía veinte años escribí en las estanterías de mi habitación de Salamanca ciertos versos de González Iglesias y Luis Alberto de Cuenca. Diría que no fue un acto meramente vandálico, ni un ataque de adolescencia mal curada. El amor es una fuerza centrífuga, una forma subversiva y, a veces, ingrata de enfrentarse a la realidad. Es cierto que destrocé con versos cursis el mobiliario y que, de aquella, no me importaba ni la fianza ni el orgullo propio. Han pasado diez años y mi único temor es que este ridículo íntimo se torne público porque esa habitación sea alquilada y mi pasión se convierta en un mísero hilo de alguna red social.
Hace poco leí un libro de
Annie Ernaux donde decía que tenía demasiado tiempo para pensar en la pasión y
que ese era su drama. En ciertas ocasiones me pierdo por las terrazas de
Argüelles y observo en esta nueva realidad multitud de parejas sin hablarse,
sin tan siquiera mirarse, ajenos el uno al otro, sumergidos en sus gintonics,
bebiendo muy despacio, como en un leve trance agónico e incómodo. Observo las
comisuras de ellas, ligeramente alzadas, y el gesto torcido de ellos,
impacientes, ansiosos, esperando el milagro que les traslade a otro tiempo y a
otro espacio. Confieso que me abruman estas situaciones y calculo
inmediatamente cuántas conversaciones nos quedan a nosotros.
Pienso,
irremediablemente, en cómo sabré zafarme de la pérdida y del abandono, mientras
los observo a ellos, incapaces de comunicarse la ausencia de deseo, y entonces
el desánimo se vuelve gregario. Miro el móvil, con la pretensión de calmarme,
un par de mensajes, una búsqueda rápida en tu perfil. De repente, un nombre
aparece en la pantalla. Sé que alguien me gusta cuando deseo y temo su nombre.
Porque ese es mi drama: desear y temer un nombre. En ese instante siento mi
cuerpo duro y blando simultáneamente y en esta suerte de antítesis pretendo
resolverte.
Camino por el barrio. Me
detengo en el escaparate de alguna librería, observo las novedades editoriales,
desisto, sigo caminando. En el trayecto me cruzo con algunas mujeres. Me gusta
imaginar sus vidas: son fuertes, inteligentes, autónomas. Ellas arrastran su
soledad por estas avenidas y yo las admiro por entero, como si contemplase
deidades extrañas. Imagino, también, sus circunstancias: a cuántos años se han
hipotecado, cómo odian Madrid centro, cuántos novios las han dejado, por qué se
sienten fatigadas y rotas. Cuando vuelvo a casa me abordan estas imágenes y
pienso en lo provisionales y fragmentarios que nos hemos vuelto. Me gustaría
detenerlas en mitad de las calles y susurrarles que ellas no tienen la culpa,
que es esta sociedad la que ha olvidado los nexos y los anclajes, que es esta
sociedad la que se ha vuelvo más fea, más quimérica, más angosta, más grotesca,
más sórdida. Apunto en las notas del móvil: Madrid es una ciudad en la que
puedes llorar sin que nadie te mire. Madrid es una ciudad en la que puedes
morirte sin que nadie se entere.
Hoy he leído un verso de Louise Glück en Twitter que me ha parecido hermoso y violento: «Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria». Me traslada irremediablemente al parque al que me llevaba mi padre todos los domingos de otoño. Me gustaba deslizarme por el tobogán porque sabía que al final estaría él para salvaguardarme de cualquier tropiezo. También me recuerda a las noches en que la cinta magnetofónica con la voz de Paco Ibáñez comenzaba a sonar. Ahí fue donde descubrí a Quevedo, a San Juan de la Cruz, a Federico García Lorca. Muchas veces me descubro leyendo, en la horas más tramposas y deshonestas, poemas que de adolescente no alcanzaba a comprender y que ahora puedo intuir. Me gusta descubrir un sentido nuevo a las palabras, encontrar una nueva lectura a un verso al que no me atrevía a enfrentarme desde hacía años, quizás por cobardía.
Me gusta, también, el mar en
invierno, porque no está masificado de turistas y su color es más grisáceo. Me
gustan tus ojos, tu acento gallego, tu boca, tu cerebro siempre carburando. Me
gusta pasear por Madrid en verano, cuando apenas hay nadie, y cualquier barrio
céntrico parece una isla desocupada, ajena, imprecisa.
Me gusta el pan de los pueblos,
las noches y los amigos, la historia de Idea Vilariño y Onetti, ir de paseo los
sábados con mi madre por unas calles completamente desdibujadas.
Me gusta el norte de España, me
recuerda a mi época universitaria. Me gusta el sur de España, me traslada a mis
orígenes. Me gusta quedarme en casa los días de lluvia, ver a Marlene Dietrich
en Filmin, escucharte recitar el Cántico espiritual, aferrarme a este
amor sosegado y puro, abandonarme a la idea de una vida mansa contigo.
lunes, 3 de enero de 2022
Indicio de tristeza
He leído durante unos minutos Bodas de sangre y no he tenido fuerzas para continuar.
miércoles, 29 de diciembre de 2021
Mi madre dice que cuando era pequeña siempre tenía miedo. Miedo al agua, miedo a la oscuridad, miedo a las alturas, miedo a quedarme sola en casa, miedo a ir sola por la calle, miedo a lo inestable.
La situación no ha cambiado tanto. Es probable que mis miedos ya no sean infantiles, pero el miedo adulto es, quizás, incontrolable. Ese se te mete en los huesos, se interna en las vértebras y no te deja respirar. Ese te va a acompañar siempre.
Una vez lloré delante de una amiga porque me gustaba alguien de manera inconmensurable. Me sentía infinitamente vulnerable e insegura. No sé bien si lloraba porque no podía controlar lo que sentía, si lloraba porque no sabía si era correspondido o simplemente lloraba porque estaba asustada. No sé identificar los sentimientos que me recorren: experimento ansiedad, lloro, duermo muchas horas, pierdo el apetito y sigo sin saber reconocer qué me sucede.
Tampoco sé si me han querido de verdad. Sí he sentido que me deseasen, pero el deseo nunca es suficiente. Tampoco la dependencia. Me sucede que me domina una dependencia emocional atroz. Como escribe Roland Barthes, "me he proyectado en el otro con tal fuerza que, cuando me falta, no puedo recuperarme: estoy perdido, para siempre". Y el inmenso sabor a abandono que te aprieta la garganta. No sé reconocer mis sentimientos y probablemente cuando ya estoy decidida es demasiado tarde.
No recuerdo a ningún chico que no me haya hecho daño, por eso soy tan distante. Admiro a la gente que es capaz de seguir entregándose, de ser fuerte, vulnerable, tierna, de vaciar ríos con las manos, de vivir de manera dispersa en un mundo inmutable, de sentir el mundo de otra manera, de ser falibles.
El miedo que me atenaza es la pérdida, el abandono, no ser nunca suficiente, percibir que el amor todo lo alcanza y lo bordea, reconocer que en esa profundidad porosa temo encontrarte y ser incapaz de comunicártelo. Todo terminar por ser carencia.
lunes, 27 de diciembre de 2021
Like it if you can. Like it if you dare.
sábado, 10 de octubre de 2020
Me abruma la idea de ser adulta: acostarme tempranísimo, hipotecarme treinta años —la precariedad bordeándome—, tener sueños alcanzables, irme de fin de semana con una caja regalo de ensueño —qué hastío—, pagar facturas, resignarme a la vida que me ha tocado.
viernes, 7 de agosto de 2020
miércoles, 22 de julio de 2020
Funciono con asociaciones, mi cerebro las hace a todas horas y con muchísimas personas, incluso con aquellas que no conozco en la realidad, pero a las que leo con asiduidad. Me sucede cuando me enamoro, cuando me desenamoro, cuando nace una amistad, cuando se precipita una amistad.
Podría decir que Quique González pertenece a Ana, que Nacho Vegas se configura en mi imaginario junto a Pablo, que no entiendo un verso de Gloria Fuertes sin acordarme de Yolanda, que cualquier canción de Rozalén me remite a Noelia, que todos los libros de Jane Austen son de Patricia porque la conoce y la ama, que Amaral es, en esencia, Alicia; que Bad Bunny es sinónimo de Carmen, que el Atleti son Víctor y Elena y esta última también es, cómo no serlo, el puto indie; que Cinta es un libro de lingüística, que Patri es cualquier verso de Carmen Camacho, que María Jesús es una canción de Kase O. o de Los Chikos y también es bendito feminismo, que Marina podría ser la abanderada de cualquier causa perdida, de cualquier relato histórico, de cualquier película de Godard; que Daniela son las tensiones entre Onetti y Vilariño fluctuando, devorándose y toda la literatura hispanoamericana que me recorre.
Estoy segura de que faltan muchísimos en esta breve lista: pido clemencia, no se enfaden.
A mí me parece fascinante que libros, películas y canciones nos pertenezcan de algún modo, que conformen identidades, que supongan conquistas íntimas. Detesto a la gente a la que no puedo asociarle nada porque están vacíos de ideas y se proyectan como entes raquíticos de emoción y sentido. Lo decía Michi Panero y creo que bastante de cierto hay en esa movida: en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo.