miércoles, 16 de septiembre de 2026
septiembre
Me sucede que todos los septiembres empiezo el curso completamente desorientada y con un síndrome de impostor desmedido. Este es mi noveno curso y, sin embargo, este mes me aborda una inseguridad extrema, sobrepienso, ¿sabré dar clase, explicar con claridad, poder llegar a ellos como quien aterriza en un sistema desconocido, observarnos desde la distancia que da la inconsciencia, tantearnos, poder descubrirnos paulatinamente, conseguir trasladar un ápice de mi pasión por la literatura? Todos los septiembres me enfrento al mismo dilema. Recuerdo que el curso pasado, cuando esperaba en la dársena del autobús, lloraba mientras me inundaba el miedo y pensaba constantemente en que había olvidado todo mi conocimiento.
Lo he hablado cientos de veces con mis amigas con las que comparto profesión y a todas nos aborda la misma inseguridad. Es extraño porque, después, cuando me enfrento a la clase, siento cómo también me domina una confianza en mí misma incalculable, pienso en lo performativa que puedo ser, pienso constantemente en que ojalá ellos no perciban que este mes soy una madeja de dudas e incertidumbre y pienso que quizás esta versión de mí no soy yo, o sí lo soy, pero temo aceptarlo.
También me da por pensar en si esta inseguridad pertenece únicamente a mi sexo o si es algo que nos engloba a todos. Entonces miro a mi alrededor y observo a tantísimos hombres mediocres con egos inflados, algunos de ellos observándome con condescendencia desde una altura moral impostada y tremebunda. Pobre chavala, pensarán, varada en mitad de una ciudad espantosa, tratando de sobrevivir en un ambiente hosco y sórdido, tratando de lanzarse a los intersticios de la vida para sentir algo, por mínimo que sea. Entonces yo agacho la cabeza, me castigo a mí misma por estos pensamientos y por dejarme tratar así y en mi cabeza desarrollo mil conversaciones alternativas en donde miro de frente a estos hombres sin el miedo que me atenaza. Esto, por supuesto, jamás lo reconoceré.
Escribí esto la noche del miércoles y lo continúe yendo al trabajo en autobús mientras sonaba Quevedo en mis auriculares. Ojalá fuese todo lo poética que me gustaría, pero solo quería dejar esta reflexión por aquí. Otro día te hablaré de cómo me hicieron sentir el cine de Wong Kar-wai y la literatura de Sophie Calle, quienes han sido mis guías este verano, pero será en otra ocasión.
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