jueves, 29 de junio de 2023

En febrero vi El agua de Elena López Riera, una película hermosísima con tintes lorquianos que aborda el miedo ("Tener que mirar todos los días la misma carretera: eso sí que da miedo"), el fin de la adolescencia, las supersticiones y la superchería, la genealogía, el primer amor, el poder evocador de la ternura.

Mi escena favorita se da cuando Ana está enjabonando la espalda de su abuela -una imagen poderosísima y sublime del cuerpo bello y diáfano de la vejez- y después se la aclara mientras esta le cuenta la primera vez que hizo el amor con su abuelo detrás de un camión lleno de naranjas. Sentí en ese instante un fogonazo, el pálpito de la sangre ascendiendo por mis piernas, lenta, densa, vertiginosa. Esto es el amor, pensé, esto es el amor: lo épico transido de cotidianidad.

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Me acuerdo de este verso: "Yo soy incapaz de distinguir lo ridículo de lo sublime hasta que tú me lo dices".

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"Y no puedo evitar pensar tu cuerpo / como belleza móvil / hacia lo inmóvil y el ronroneo existencial / me dice / que esto es triste". 

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Una vez me confesaron que el secreto del amor era una buena amistad y un erotismo inquebrantable. A mí me pareció algo sencillo y honesto. Después indagué en Internet y descubrí que la frase pertenecía a una película de Yorgos Lanthimos. También la magia tiene sus trucos.


sábado, 6 de mayo de 2023

una semana devastadora
¿por qué si soy una privilegiada no soy feliz? 
odio hablar con el discurso capitalista
pero como nos enseñó Adrienne Rich
tengo que hablar con el lenguaje del opresor
el lenguaje es fascista dijo Berta García Faet
y el amor que yo siento hacia ti es puro
y franco y honesto
pero me cargo de egoísmo e individualismo
porque la sociedad me ahoga
me aprieta
y no puedo escapar
ni siquiera lo intento
mi cuerpo es frágil
mi lengua es frágil
y hay días en que me siento poderosa
a veces leo algún poema que me escribieron
hombres que ya no se encuentran en mi vida
se me eriza la piel
¿me amaron tanto?
¿pretextos?
el amor
el amor
el amor
querer a alguien es destruirse
con conciencia
miro en los perfiles de Instagram
cuerpos esbeltos mentes efervescentes me atraen
me dejo llevar y después me acuerdo
de tu recuerdo 
de tu presencia
el amor
el amor
el amor




domingo, 12 de febrero de 2023

Cuando tenía veinte años escribí en las estanterías de mi habitación de Salamanca ciertos versos de González Iglesias y Luis Alberto de Cuenca. Diría que no fue un acto meramente vandálico, ni un ataque de adolescencia mal curada. El amor es una fuerza centrífuga, una forma subversiva y, a veces, ingrata de enfrentarse a la realidad. Es cierto que destrocé con versos cursis el mobiliario y que, de aquella, no me importaba ni la fianza ni el orgullo propio. Han pasado diez años y mi único temor es que este ridículo íntimo se torne público porque esa habitación sea alquilada y mi pasión se convierta en un mísero hilo de alguna red social.

Hace poco leí un libro de Annie Ernaux donde decía que tenía demasiado tiempo para pensar en la pasión y que ese era su drama. En ciertas ocasiones me pierdo por las terrazas de Argüelles y observo en esta nueva realidad multitud de parejas sin hablarse, sin tan siquiera mirarse, ajenos el uno al otro, sumergidos en sus gintonics, bebiendo muy despacio, como en un leve trance agónico e incómodo. Observo las comisuras de ellas, ligeramente alzadas, y el gesto torcido de ellos, impacientes, ansiosos, esperando el milagro que les traslade a otro tiempo y a otro espacio. Confieso que me abruman estas situaciones y calculo inmediatamente cuántas conversaciones nos quedan a nosotros.

Pienso, irremediablemente, en cómo sabré zafarme de la pérdida y del abandono, mientras los observo a ellos, incapaces de comunicarse la ausencia de deseo, y entonces el desánimo se vuelve gregario. Miro el móvil, con la pretensión de calmarme, un par de mensajes, una búsqueda rápida en tu perfil. De repente, un nombre aparece en la pantalla. Sé que alguien me gusta cuando deseo y temo su nombre. Porque ese es mi drama: desear y temer un nombre. En ese instante siento mi cuerpo duro y blando simultáneamente y en esta suerte de antítesis pretendo resolverte.

Camino por el barrio. Me detengo en el escaparate de alguna librería, observo las novedades editoriales, desisto, sigo caminando. En el trayecto me cruzo con algunas mujeres. Me gusta imaginar sus vidas: son fuertes, inteligentes, autónomas. Ellas arrastran su soledad por estas avenidas y yo las admiro por entero, como si contemplase deidades extrañas. Imagino, también, sus circunstancias: a cuántos años se han hipotecado, cómo odian Madrid centro, cuántos novios las han dejado, por qué se sienten fatigadas y rotas. Cuando vuelvo a casa me abordan estas imágenes y pienso en lo provisionales y fragmentarios que nos hemos vuelto. Me gustaría detenerlas en mitad de las calles y susurrarles que ellas no tienen la culpa, que es esta sociedad la que ha olvidado los nexos y los anclajes, que es esta sociedad la que se ha vuelvo más fea, más quimérica, más angosta, más grotesca, más sórdida. Apunto en las notas del móvil: Madrid es una ciudad en la que puedes llorar sin que nadie te mire. Madrid es una ciudad en la que puedes morirte sin que nadie se entere. 

 

 

Hoy he leído un verso de Louise Glück en Twitter que me ha parecido hermoso y violento: «Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria». Me traslada  irremediablemente al parque al que me llevaba mi padre todos los domingos de otoño. Me gustaba deslizarme por el tobogán porque sabía que al final estaría él para salvaguardarme de cualquier tropiezo. También me recuerda a las noches en que la cinta magnetofónica con la voz de Paco Ibáñez comenzaba a sonar. Ahí fue donde descubrí a Quevedo, a San Juan de la Cruz, a Federico García Lorca. Muchas veces me descubro leyendo, en la horas más tramposas y deshonestas, poemas que de adolescente no alcanzaba a comprender y que ahora puedo intuir. Me gusta descubrir un sentido nuevo a las palabras, encontrar una nueva lectura a un verso al que no me atrevía a enfrentarme desde hacía años, quizás por cobardía.

Me gusta, también, el mar en invierno, porque no está masificado de turistas y su color es más grisáceo. Me gustan tus ojos, tu acento gallego, tu boca, tu cerebro siempre carburando. Me gusta pasear por Madrid en verano, cuando apenas hay nadie, y cualquier barrio céntrico parece una isla desocupada, ajena, imprecisa.

Me gusta el pan de los pueblos, las noches y los amigos, la historia de Idea Vilariño y Onetti, ir de paseo los sábados con mi madre por unas calles completamente desdibujadas.

Me gusta el norte de España, me recuerda a mi época universitaria. Me gusta el sur de España, me traslada a mis orígenes. Me gusta quedarme en casa los días de lluvia, ver a Marlene Dietrich en Filmin, escucharte recitar el Cántico espiritual, aferrarme a este amor sosegado y puro, abandonarme a la idea de una vida mansa contigo.

 

 

 

 

lunes, 3 de enero de 2022

Indicio de tristeza

 He leído durante unos minutos Bodas de sangre y no he tenido fuerzas para continuar. 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

 Mi madre dice que cuando era pequeña siempre tenía miedo. Miedo al agua, miedo a la oscuridad, miedo a las alturas, miedo a quedarme sola en casa, miedo a ir sola por la calle, miedo a lo inestable.

La situación no ha cambiado tanto. Es probable que mis miedos ya no sean infantiles, pero el miedo adulto es, quizás, incontrolable. Ese se te mete en los huesos, se interna en las vértebras y no te deja respirar. Ese te va a acompañar siempre.

Una vez lloré delante de una amiga porque me gustaba alguien de manera inconmensurable. Me sentía infinitamente vulnerable e insegura. No sé bien si lloraba porque no podía controlar lo que sentía, si lloraba porque no sabía si era correspondido o simplemente lloraba porque estaba asustada. No sé  identificar los sentimientos que me recorren: experimento ansiedad, lloro, duermo muchas horas, pierdo el apetito y sigo sin saber reconocer qué me sucede. 

Tampoco sé si me han querido de verdad. Sí he sentido que me deseasen, pero el deseo nunca es suficiente. Tampoco la dependencia. Me sucede que me domina una dependencia emocional atroz. Como escribe Roland Barthes, "me he proyectado en el otro con tal fuerza que, cuando me falta, no puedo recuperarme: estoy perdido, para siempre".  Y el inmenso sabor a abandono que te aprieta la garganta. No sé reconocer mis sentimientos y probablemente cuando ya estoy decidida es demasiado tarde.

No recuerdo a ningún chico que no me haya hecho daño, por eso soy tan distante. Admiro a la gente que es capaz de seguir entregándose, de ser fuerte, vulnerable, tierna, de vaciar ríos con las manos, de vivir de manera dispersa en un mundo inmutable, de sentir el mundo de otra manera, de ser falibles.

El miedo que me atenaza es la pérdida, el abandono, no ser nunca suficiente, percibir que el amor todo lo alcanza y lo bordea, reconocer que en esa profundidad porosa temo encontrarte y ser incapaz de comunicártelo. Todo terminar por ser carencia.



lunes, 27 de diciembre de 2021

To stay human is to break a limitation.
Like it if you can. Like it if you dare.

Esto lo escribe Anne Carson y a los cobardes sólo nos queda asentir,
claudicar.


Hoy he leído esto de Juanpe Sánchez: "Coincidir es, según su etimología latina, caer juntos en el mundo, pero ocurre que el mundo no siempre es el mejor de los mundos posibles y ocurre, también, que en este mundo coincidir ha de ser sinónimo forzoso de querer coincidir, de querer caer juntos en el mundo que nos separa".
Me recordó a aquello que también escribió Berta García Faet: "Coincidir es un milagro. El amor es coincidir".

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También ahora que vuelvo a enfrentarme a este formato me acuerdo nuevamente de Berta: "Lo sé / y lo acepto -volveré a escribir: puesto que mi materia es la pérdida".

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Hace una semana fui a ver una obra de teatro de Luna Miguel. En ella se preguntaba esto: "¿Es el amor lo que duele o el pensamiento?"

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Ahora que no estoy en Madrid y no tengo tila, solo me queda aferrarme a recuerdos desempolvados como este blog para gestionar la ansiedad. Será divertido, escribiré mucho.

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Hoy he leído en Twitter una anécdota sobre Javier Egea. Cuando estaba inmerso en uno de esos periodos baldíos de creatividad le confesó a un colega que había metido a su mujer en una bañera y que ahora no sabía cómo sacarla. 
Me hizo gracia porque yo aún sigo encontrándome sumergida en una bañera.

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¿Quién me va a querer de manera genuina y pura? me pregunto tantísimas veces frente al espejo sujetándome el pecho, soportando todas mis dudas.

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Ayer desenterré Confiado de Juan Antonio González Iglesias de mi biblioteca. P. me lo regaló en el último curso de la universidad. En la dedicatoria se me alienta a amar y a confiar. Es curioso que a alguien tan sumamente desconfiada como yo se le regale este poemario.

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Una nueva sentimentalidad es posible: abrir por una página cualquiera 1984 de Orwell y encontrar, subversivo, te quiero



sábado, 10 de octubre de 2020

 Me abruma la idea de ser adulta: acostarme tempranísimo, hipotecarme treinta años —la precariedad bordeándome—, tener sueños alcanzables, irme de fin de semana con una caja regalo de ensueño —qué hastío—, pagar facturas, resignarme a la vida que me ha tocado.

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Madrid es esa ciudad en la que puedes llorar en el metro sin que nadie te mire.
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Una cosa buena que me ha dado las oposiciones es que ahora soy más valiente. Desde los dieciséis hasta los veinticuatro años he hecho miles de comentarios de texto encorsetados, carentes de personalidad, aburridísimos, buscando siempre la interpretacción correcta. Ahora me siento más libre y puedo decir que la aliteración del fonema alveolar vibrante múltiple sonoro hace referencia al desmoronamiento interno del yo lírico, yoquésé.
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Hace poco encontré a mi crush de la posadolescencia universitaria en Facebook. Me cruzaba con él por los pasillos de la facultad muchísimos días y siempre iba acompañado de un amigo mucho más popular, más atractivo y más canallita. Le explico a MJ que a mí siempre me llama la atención el mismo perfil de tío, gente más normal, algo pringada y con cara ingenua.
Por supuesto no le he solicitado amistad.
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Hoy iba escuchando a McEnroe mientras contemplaba desde un interurbano las cuatro torres. Madrid me ha parecido, por un momento, algo completamente inaccesible.
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Dice Louise Glück, mujer, poeta y Premio Nobel de Literatura 2020, que miramos el mundo una sola vez, en la niñez. Lo demás es memoria.
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Sigo pensándote, ¿es que no me oyes?

viernes, 7 de agosto de 2020

Observo en esta nueva realidad que nos acecha parejas sin hablarse, sin tan siquiera mirarse, ajenos el uno al otro, sumergidos en sus gintonics, bebiendo muy despacio en un trance agónico e incómodo. Confieso que me abruman estas situaciones y pienso inmediatamente en cuántas conversaciones nos quedan a nosotros.

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Te voy a contar algo que te va a cambiar la vida: a las chavalas ya no nos pone el sadboy de manual, ahora ansiamos cuidados y atenciones porque cuidarse es la nueva revolución. No lo digo yo, lo afirma Marina Garcés. Ojalá lo hubiese aprendido antes: el amor es terriblemente punk. 

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«Este momento de nunca más, de nudos ahogando la realidad, yo no lo quiero ya, no lo quiero ya». Esta canción de Xoel es mi nueva obsesión. 

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¿Es aburrimiento o es tristeza? me preguntó mi madre una mañana de sábado. No supe responder. Tengo miedo a no ser feliz porque soy consciente de que la felicidad nunca es permanente. También esta idea me apasiona: no llegar nunca a conquistarla, no llegar nunca a saberla, poder enfrentarte a momentos de euforia y confundirlo todo. ¿Es lo inasible todo a lo que siempre he aspirado en mi vida?

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Leí en Twitter unas cartas entre Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik en las que ambas se ponían muy cachondas. El género epistolar entre autores, aquellos que se buscan incansablemente, siempre me recuerda a esos mensajes a las cuatro de la mañana que he recibido y he escrito borracha. Menos mal que en nuestra sociedad existe la obsolescencia programada. 

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Hablo con mi casera por WhatsApp mientras suena Maldita Dulzura de Vetusta Morla con Carla Morrison. Estoy medio drogada porque me han sacado dos muelas del juicio. La vida adulta, un vaivén de sinsentido, soledad y atajos infinitos.  



miércoles, 22 de julio de 2020

Esta tarde he visto "The Dreamers" de Bernardo Bertolucci. Esto es, en mi vida, un punto de inflexión porque Bertolucci y "Novecento" siempre han estado vinculados a una persona que ya no pertenece a mi presente. Créanme cuando les digo que nuestras pasiones están confesándose por nosotros.

Funciono con asociaciones, mi cerebro las hace a todas horas y con muchísimas personas, incluso con aquellas que no conozco en la realidad, pero a las que leo con asiduidad. Me sucede cuando me enamoro, cuando me desenamoro, cuando nace una amistad, cuando se precipita una amistad.

Podría decir que Quique González pertenece a Ana, que Nacho Vegas se configura en mi imaginario junto a Pablo, que no entiendo un verso de Gloria Fuertes sin acordarme de Yolanda, que cualquier canción de Rozalén me remite a Noelia, que todos los libros de Jane Austen son de Patricia porque la conoce y la ama, que Amaral es, en esencia, Alicia; que Bad Bunny es sinónimo de Carmen, que el Atleti son Víctor y Elena y esta última también es, cómo no serlo, el puto indie; que Cinta es un libro de lingüística, que Patri es cualquier verso de Carmen Camacho, que María Jesús es una canción de Kase O. o de Los Chikos y también es bendito feminismo, que Marina podría ser la abanderada de cualquier causa perdida, de cualquier relato histórico, de cualquier película de Godard; que Daniela son las tensiones entre Onetti y Vilariño fluctuando, devorándose y toda la literatura hispanoamericana que me recorre.

Estoy segura de que faltan muchísimos en esta breve lista: pido clemencia, no se enfaden.

A mí me parece fascinante que libros, películas y canciones nos pertenezcan de algún modo, que conformen identidades, que supongan conquistas íntimas. Detesto a la gente a la que no puedo asociarle nada porque están vacíos de ideas y se proyectan como entes raquíticos de emoción y sentido. Lo decía Michi Panero y creo que bastante de cierto hay en esa movida: en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo.