He leído durante unos minutos Bodas de sangre y no he tenido fuerzas para continuar.
lunes, 3 de enero de 2022
miércoles, 29 de diciembre de 2021
Mi madre dice que cuando era pequeña siempre tenía miedo. Miedo al agua, miedo a la oscuridad, miedo a las alturas, miedo a quedarme sola en casa, miedo a ir sola por la calle, miedo a lo inestable.
La situación no ha cambiado tanto. Es probable que mis miedos ya no sean infantiles, pero el miedo adulto es, quizás, incontrolable. Ese se te mete en los huesos, se interna en las vértebras y no te deja respirar. Ese te va a acompañar siempre.
Una vez lloré delante de una amiga porque me gustaba alguien de manera inconmensurable. Me sentía infinitamente vulnerable e insegura. No sé bien si lloraba porque no podía controlar lo que sentía, si lloraba porque no sabía si era correspondido o simplemente lloraba porque estaba asustada. No sé identificar los sentimientos que me recorren: experimento ansiedad, lloro, duermo muchas horas, pierdo el apetito y sigo sin saber reconocer qué me sucede.
Tampoco sé si me han querido de verdad. Sí he sentido que me deseasen, pero el deseo nunca es suficiente. Tampoco la dependencia. Me sucede que me domina una dependencia emocional atroz. Como escribe Roland Barthes, "me he proyectado en el otro con tal fuerza que, cuando me falta, no puedo recuperarme: estoy perdido, para siempre". Y el inmenso sabor a abandono que te aprieta la garganta. No sé reconocer mis sentimientos y probablemente cuando ya estoy decidida es demasiado tarde.
No recuerdo a ningún chico que no me haya hecho daño, por eso soy tan distante. Admiro a la gente que es capaz de seguir entregándose, de ser fuerte, vulnerable, tierna, de vaciar ríos con las manos, de vivir de manera dispersa en un mundo inmutable, de sentir el mundo de otra manera, de ser falibles.
El miedo que me atenaza es la pérdida, el abandono, no ser nunca suficiente, percibir que el amor todo lo alcanza y lo bordea, reconocer que en esa profundidad porosa temo encontrarte y ser incapaz de comunicártelo. Todo terminar por ser carencia.
lunes, 27 de diciembre de 2021
Like it if you can. Like it if you dare.
sábado, 10 de octubre de 2020
Me abruma la idea de ser adulta: acostarme tempranísimo, hipotecarme treinta años —la precariedad bordeándome—, tener sueños alcanzables, irme de fin de semana con una caja regalo de ensueño —qué hastío—, pagar facturas, resignarme a la vida que me ha tocado.
viernes, 7 de agosto de 2020
miércoles, 22 de julio de 2020
Funciono con asociaciones, mi cerebro las hace a todas horas y con muchísimas personas, incluso con aquellas que no conozco en la realidad, pero a las que leo con asiduidad. Me sucede cuando me enamoro, cuando me desenamoro, cuando nace una amistad, cuando se precipita una amistad.
Podría decir que Quique González pertenece a Ana, que Nacho Vegas se configura en mi imaginario junto a Pablo, que no entiendo un verso de Gloria Fuertes sin acordarme de Yolanda, que cualquier canción de Rozalén me remite a Noelia, que todos los libros de Jane Austen son de Patricia porque la conoce y la ama, que Amaral es, en esencia, Alicia; que Bad Bunny es sinónimo de Carmen, que el Atleti son Víctor y Elena y esta última también es, cómo no serlo, el puto indie; que Cinta es un libro de lingüística, que Patri es cualquier verso de Carmen Camacho, que María Jesús es una canción de Kase O. o de Los Chikos y también es bendito feminismo, que Marina podría ser la abanderada de cualquier causa perdida, de cualquier relato histórico, de cualquier película de Godard; que Daniela son las tensiones entre Onetti y Vilariño fluctuando, devorándose y toda la literatura hispanoamericana que me recorre.
Estoy segura de que faltan muchísimos en esta breve lista: pido clemencia, no se enfaden.
A mí me parece fascinante que libros, películas y canciones nos pertenezcan de algún modo, que conformen identidades, que supongan conquistas íntimas. Detesto a la gente a la que no puedo asociarle nada porque están vacíos de ideas y se proyectan como entes raquíticos de emoción y sentido. Lo decía Michi Panero y creo que bastante de cierto hay en esa movida: en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo.
sábado, 30 de mayo de 2020
lunes, 20 de abril de 2020
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Escribo porque soy una cobarde. Escribo para refugiarme en el pacto ficcional y hacer pasar los ángulos y matices por irreales. Escribo porque soy incapaz de enfrentarme -tan frecuentemente- a mis emociones. Escribo para sobrevivir.
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Siempre me cuelgo de tíos tramposos con taritas emocionales. Cuando hablo con mis amigas, advertimos mi complejo de psicóloga o de ONG con estos tipos y nos reímos mucho. Después pasamos a mi movida del horizonte de los treinta, que consiste en una crisis prematura, observándome sin cambio alguno, como si la vida sucediese y yo me hubiese quedado estancada en unos eternos dieciocho: sin aspiraciones, sin inquietudes.
Ellas me consuelan, me confiesan que ahora soy casi independiente, con cierto atisbo de madurez, que ya me empiezan a bordear las arrugas por reír tantísimo. Es curioso que yo sólo me vea así, en una eterna adolescencia prolongada, tiernamente vulnerable, tiernamente infantil.
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La hipocresía era esto: de lunes a jueves les repito a mis alumnos, casi como un mantra obligado, que no beban ni se droguen. Los viernes, sin embargo, me lanzo a las terrazas como una adolescente más, basculando entre discursos raquíticos de misterio, compartiendo cervezas con tipos faltos de idiosincrasia, aunque bastante cómicos. Después llego a casa, extenuada y un poco borracha, con la única idea de tocarme pensando en algo que me emocione.
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El otro día le comentaba a C. que siempre acabamos hablando de lo mismo: literatura, educación, feminismo y amor. Creo que, al fin y al cabo, mi tema favorito siempre va a ser la vida.
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Escuchar música y acordarte instantáneamente de alguien me parece una de las muestras de afecto más sinceras que pueden existir. Ayer era domingo y Spotify decidió poner la versión en acústico de "Laberintos" de Amaral. No la he enviado a nadie, pero sí sabría a quién dedicársela puntualmente.
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Escribe Jabois: "No hay paraíso más resistente que el de los dieciocho años".
lunes, 13 de abril de 2020
domingo, 12 de enero de 2020
Cuando vuelvo a casa me abordan estas imágenes y pienso en lo provisionales y fragmentarios que nos hemos vuelto. Me gustaría decirles que ellas no tienen la culpa, que es esta sociedad la que ha olvidado los nexos y los anclajes.
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Supongo que el amor en tiempos líquidos está vinculado a esto: desear y temer un nombre.
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Este mes he recordado que cuando era adolescente anhelaba que el chaval que me gustaba por entonces eligiese el segundo movimiento de La Ley Innata para entrar en sincronía. Es cierto que ahora me conformo con muchísimo menos.
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Confieso que cuando llegué a Salamanca con dieciocho años era una tierna idealista. Me abrumaba conocer a tantas personas con los valores arraigados, la inteligencia desmedida, el discurso y el debate siempre carburando. Llegué a enamorarme de personas así, con un bagaje cultural desbordado, con sus contactitos en todos los círculos literarios que puede haber en una capital de provincias. Al final, sin sorpresa, me cansé de todos.
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En Fleabag hay una escena sobrecogedora que sentimos como propia las mujeres agotadas: "I want someone to tell me what to wear every morning. I want someone to tell me what to eat, what to like, what to hate, what to rage about. What to listen to, what band to like, what to buy tickerts for. What to joke about, what to not joke about. I want someone to tell me what to believe in. Who to vote for and who to love and how to tell them. I think I just want someonte to tell me how to live my life, Father, because so far I think I've been getting it wrong".
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Hoy en Madrid el sol es una estufa de butano y tengo cerveza en el frigorífico: tampoco es cuestión de flagelarse.