lunes, 2 de noviembre de 2026

Porto

Una vez leí que un aeropuerto era un repositorio de dudas. Mientras sobrevuelo Oporto y atisbo sus montañas infinitas y sus riachuelos, a mí me parece todo lo contrario: siento certeza de estar viva y sentido de trascendencia y belleza. Contemplo cómo el sol se va desvaneciendo paulatinamente, cómo queda un débil reflejo de humo desconocido —no sé si se trata de nubes, puede que lo sean—. Mis ojos recorren, desde una altura incierta, los surcos de la tierra, las hondonadas, intuyo el agua espesa y trémula en mitad de la llanura y fijo la mirada al fondo, donde puedo percibir la silueta de una montaña recortada, aunque imprecisa y difusa, que se aparece como una especie de visión fantasmagórica. Los senderos continúan desdibujándose y me doy cuenta de la presencia de casitas esparcidas como piezas de un puzzle abandonado. Pienso: somos tan nimios y tan insignificantes; todo esto permanecerá y yo estaré de paso, como todos estamos de paso, pero mi corazón no es nimio ni insignificante, porque esto que siento, esta inmensidad, esta sensación certera de estar viva que me recorre hoy a miles de metros de altura, mientras contemplo cómo el sol se debilita y cae a bocajarro tras las montañas, es incuestionable y verdadero.

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Es natural sentirse desarraigada en un mundo que no te permite anclarte, en un mundo donde las raíces ya no sé si existen —si algún día lo hicieron— o si se transformaron en algo escurridizo e inaprensible y, por ende, en algo sumamente doloroso. Contemplo el atardecer desde el Puente Don Luis I. A mi derecha queda la nostálgica Oporto, las fachadas de Ribeira encendiéndose poco a poco, belleza inquebrantable y decadente; a mi izquierda, la imponente Gaia. Una vez apunté que solo escribo cuando estoy triste, pero no es cierto. Lo hago cuando atravieso un momento hipnótico y deseo atraparlo, pero sé que es imposible, que también esto pasará y que únicamente permanecerá en mi memoria: el sol deslizándose por un costado, el agua jugando en una suerte de oleaje tembloroso, los barcos, las casas apretadas, las tenues luces, las dos orillas y yo en el centro, y yo en el centro, sabiéndome afortunada, reconociendo la fugacidad, advirtiendo que es posible echar raíces en aquello que sé que terminaré por abandonar y que, quizás, pertenecer no consiste en quedarse, sino en haber sentido, alguna vez, que estaba donde debía estar.

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Me acordé de aquel verso de Rosario Castellanos que dice así: «Matamos lo que amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca».

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