Una vez leí que un aeropuerto era un repositorio de dudas. Mientras sobrevuelo
Oporto y atisbo sus montañas infinitas y sus riachuelos, a mí me parece todo lo
contrario: siento certeza de estar viva y sentido de trascendencia y belleza.
Contemplo cómo el sol se va desvaneciendo paulatinamente, cómo queda un débil
reflejo de humo desconocido —no sé si se trata de nubes, puede que lo sean—. Mis ojos
recorren, desde una altura incierta, los surcos de la tierra, las hondonadas,
intuyo el agua espesa y trémula en mitad de la llanura y fijo la mirada al
fondo, donde puedo percibir la silueta de una montaña recortada, aunque imprecisa y difusa, que se aparece como una especie de visión fantasmagórica. Los
senderos continúan desdibujándose y me doy cuenta de la presencia de casitas esparcidas como
piezas de un puzzle abandonado. Pienso: somos tan nimios y tan insignificantes;
todo esto permanecerá y yo estaré de paso, como todos estamos de paso, pero mi
corazón no es nimio ni insignificante, porque esto que siento, esta inmensidad,
esta sensación certera de estar viva que me recorre hoy a miles de metros de
altura, mientras contemplo cómo el sol se debilita y cae a bocajarro tras las
montañas, es incuestionable y verdadero.
*
Es natural sentirse desarraigada en un mundo que no te permite anclarte, en un
mundo donde las raíces ya no sé si existen —si algún día lo hicieron— o si se
transformaron en algo escurridizo e inaprensible y, por ende, en algo sumamente
doloroso. Contemplo el atardecer desde el Puente Don Luis I. A mi derecha queda
la nostálgica Oporto, las fachadas de Ribeira encendiéndose poco a poco, belleza
inquebrantable y decadente; a mi izquierda, la imponente Gaia. Una vez apunté
que solo escribo cuando estoy triste, pero no es cierto. Lo hago cuando
atravieso un momento hipnótico y deseo atraparlo, pero sé que es imposible, que
también esto pasará y que únicamente permanecerá en mi memoria: el sol
deslizándose por un costado, el agua jugando en una suerte de oleaje tembloroso,
los barcos, las casas apretadas, las tenues luces, las dos orillas y yo en el
centro, y yo en el centro, sabiéndome afortunada, reconociendo la fugacidad,
advirtiendo que es posible echar raíces en aquello que sé que terminaré por
abandonar y que, quizás, pertenecer no consiste en quedarse, sino en haber
sentido, alguna vez, que estaba donde debía estar.
*
Me acordé de aquel verso de Rosario Castellanos que dice así: «Matamos lo que
amamos. Lo demás no ha estado vivo nunca».

No hay comentarios:
Publicar un comentario