jueves, 26 de febrero de 2026

Subo Princesa después de haber visto Hamnet. Quisiera atrapar esta sensación, este instante, este vacío que me acongoja el pecho, no soltar nunca esta plenitud, una idea que va y viene en una inercia inexacta, da vueltas en mi cabeza, miro la luna creciente, camino deprisa, deprisa, el dolor se agolpa en mi corazón súbitamente, siento la trascendencia y me veo en un precipicio inexistente completamente desbordada.

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¿Cuál fue nuestro punto exacto? ¿Seríamos capaces de recorrer el trazado de nuestra teogonía?

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Cuando V. comentó en la cafetería del instituto que no podía acostarse con alguien sin sentir una emoción mínima, recordé que, cuando yo era pequeña, las otras niñas hablaban sin pudor del sexo. Se escondían entre las sábanas de los campamentos, no digas nada, no digas nada, traté de sobrevivir al tabú y a la vergüenza, no digas nada, no digas nada, y a veces aún me observo como esa niña que entendía el sexo como un pozo misterioso y oscuro, con deseo y culpa simultáneamente, el yugo judeocristiano como una losa, el bloqueo, el deseo, una tristísima amalgama desconocida, el veneno y, finalmente, el miedo.

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Escribí en las notas de mi móvil: me cuesta tanto implicarme. Seguidamente anoté: cambiar este verbo, no quiero banalizar el amor. R. me decía que tendía a idealizar el amor como un concepto y no como un acto y que, por esta razón, me era imposible amar. Pero yo ya había amado.

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Aún recuerdo aquel comentario misógino y tránsfobo que me hizo desencantarme de ti.


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Ellos también sufren. Lo veo constantemente en mis alumnos, incapaces de comunicar sus emociones, y, entonces, siento ternura y compasión.

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Mientras desayunaba, E. mencionó un par de grupos que te gustaban. Pienso continuamente en esos pequeños descubrimientos que quedan inmortalizados en la historia personal de una persona asociados a otra. ¿Qué recordarás tú de mí?

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Siento cierta ambivalencia con mi personalidad. Cuando estoy en el trabajo, apenas hablo de política, no me pronuncio, no me manifiesto, vivo moribunda. Cuando estoy en cualquier otro espacio, soy vehemente y altiva, siento crispación y vómito, un yo oculto que trata de sobrevivir en una sociedad anestesiada.

A veces siento que me voy despersonalizando progresivamente. 

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Leo en La mala costumbre de Alana S. Portero que una sabe que ama sin complejos cuando deja de temer los gestos que la delatan como amante. 

lunes, 16 de febrero de 2026

 Mi abuela fue víctima de violencia de género. Lo escribo así, a quemarropa, porque es importante adueñarse de ciertas palabras que, hace apenas unas décadas, no tenían cabida en nuestro lenguaje, pero que ocultaban realidades terribles y oscuras que retumbaban en los rincones de las casas de cualquier pueblo inhóspito. La terminología también es poder, me digo, y este es mi poder, abuela: recuperarte. 

Mi abuela, probablemente, fue de las primeras mujeres que se divorció durante la Transición. Siempre me la he imaginado cargada de miedo, tres hijos e incertidumbre, expulsada de una casa que sirvió de refugio en ocasiones, pero también de cárcel y desasosiego en muchas otras, aterida ante una situación desconocida, aunque esperanzadora. Mi abuela abandonó una época que no sentía conmiseración con las mujeres que elegían vivir.

Mi abuela era analfabeta. Esto no lo sé por ella, porque falleció cuando yo tenía apenas seis años. Esto me lo ha repetido mi madre en diversas ocasiones, especialmente cuando ha existido algún conato de intelectualidad en nuestras anodinas vidas. Es hermoso y paradójico que yo ahora me gane la vida enseñando lo que ella jamás pudo aprender. Mi abuela, por tanto, no había cotizado ni un día cuando de repente tuvo el coraje y la firmeza de ser capaz de escapar de su maltratador. Mi abuela recibió una pensión no contributiva del Estado cuando envejeció.

Esta narrativa, contada por mi madre, es imprecisa y difusa: está cargada de huecos a causa del dolor y una necesidad urgente de olvido.

Mi abuela perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Mi madre perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Yo también pertenezco a esta herencia y escribo desde ella y la nombro sin vergüenza.