lunes, 16 de febrero de 2026

 Mi abuela fue víctima de violencia de género. Lo escribo así, a quemarropa, porque es importante adueñarse de ciertas palabras que, hace apenas unas décadas, no tenían cabida en nuestro lenguaje, pero que ocultaban realidades terribles y oscuras que retumbaban en los rincones de las casas de cualquier pueblo inhóspito. La terminología también es poder, me digo, y este es mi poder, abuela: recuperarte. 

Mi abuela, probablemente, fue de las primeras mujeres que se divorció durante la Transición. Siempre me la he imaginado cargada de miedo, tres hijos e incertidumbre, expulsada de una casa que sirvió de refugio en ocasiones, pero también de cárcel y desasosiego en muchas otras, aterida ante una situación desconocida, aunque esperanzadora. Mi abuela abandonó una época que no sentía conmiseración con las mujeres que elegían vivir.

Mi abuela era analfabeta. Esto no lo sé por ella, porque falleció cuando yo tenía apenas seis años. Esto me lo ha repetido mi madre en diversas ocasiones, especialmente cuando ha existido algún conato de intelectualidad en nuestras anodinas vidas. Es hermoso y paradójico que yo ahora me gane la vida enseñando lo que ella jamás pudo aprender. Mi abuela, por tanto, no había cotizado ni un día cuando de repente tuvo el coraje y la firmeza de ser capaz de escapar de su maltratador. Mi abuela recibió una pensión no contributiva del Estado cuando envejeció.

Esta narrativa, contada por mi madre, es imprecisa y difusa: está cargada de huecos a causa del dolor y una necesidad urgente de olvido.

Mi abuela perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Mi madre perteneció a lo que hoy la sociedad llama familia desestructurada, aunque ella no lo eligiera. Yo también pertenezco a esta herencia y escribo desde ella y la nombro sin vergüenza.

lunes, 26 de enero de 2026

 «Esta va a ser la primera vez que me declaro a alguien. Y he pensado que no pasa nada, que me gustas y que me gustas independientemente de que yo te guste a ti o no. Que me gusta la idea de que existas en el mundo, que creo que con eso ya debería valer. Me gustas como idea, me gustas como unidad y no me vas a gustar menos si me rechazas. Me va a entristecer mucho, pero que eso a ti no te va a hacer peor y eso me gusta. Me gusta no depender de tu mirada porque yo ya estoy un poco cansada de depender de la mirada de los demás y no me apetece más. Y ahora que lo estoy pensando, va a ser mejor si no te gusto porque eso va a significar que el amor es completamente mío y no una respuesta a tu mirada, ¿me explico? ¿Sabes qué pasa? Que durante mucho tiempo yo he preferido la literatura a la vida, la ficción a la vida, la fantasía a la vida y ahora ya no. Y en la fantasía yo soy buena, de verdad que lo soy, que corro en la dirección contraria a la realidad con una fuerza fascinante. Yo le huyo a la realidad como a la muerte. Pero, mira, ahora quiero un amor real contigo. Si es que al final todo es muy sencillo, muy, muy sencillo. Hay obras de teatro enteras para decir cosas muy sencillas».

Esto de Irene Escolar en Las chicas están bien.

*

Pienso en diversas ocasiones en esa extraña mirada freudiana a la que a las mujeres se nos ha condenado en todas las ficciones que he consumido: la mujer como un continente oscuro desde la óptica masculina, desde el deseo masculino.

Hace años que trato de desligarme de ello. 

*

Cuando ocurre un evento histórico y trascendental, pienso en ti y en cómo lo analizarías, en cuál sería tu opinión y si me censurarías por la mía, si discutiríamos, si llegaríamos a un acuerdo o a alguna conclusión, si sería imposible dialogar contigo, si seríamos un frágil reflejo de la muerte de las ideologías, si seríamos equidistantes y sumisos, si ya no existiría relato entre tú y yo. A veces siento que estoy hablándole a un vacío desértico e ignoto. 

*

Encontrarnos en lugares inestables y liminales: una herida también es poder.

*

Creo con firmeza que es importante conocer a tus veinte años un amor que te quiebre, un amor que te fundamente y te estructure, un amor que pueda herir para, después, poder integrar este dolor en tu cotidianidad. ¿No lo sabes? Yo soy tú, pero tú también eres yo, con todos esos misterios insondables bordeándote y todos esos matices que amamos y odiamos simétricamente. Ya no sé si mi identidad te pertenece y no sé si tu identidad me pertenece.

*

Creo que en mi mente eres mejor de lo que realmente fuiste. Cuando la mente se enfrenta a algo no resuelto, necesita completar los huecos para sistematizar, para encontrar una estructura lógica, un cauce potencialmente marginal. Pero aquí no puede haber estructura lógica, solo memoria, vacíos y ficción.

*

Cuando escribo del dolor, me enfrento a su agotado campo semántico, al perdón y al no perdón como formas simétricas e igualmente válidas para vivir el amor como experiencia radical: te perdono porque te amo; no te perdono porque te amo.

*

Antes de ir a ver Nouvelle Vague de Richard Linklater, volví a ver Á bout de souffle. En ella Jean Seberg contempla a Jean-Paul Belmondo desde una genuinidad casi frágil, casi pura, y le expresa: «Nos miramos a los ojos y no sirve de nada».

*

Muchas veces me pregunto cómo puede vivir la gente sin poesía, sin literatura, sin ficción; cómo expresan lo que está vedado expresar; cómo manifiestan que aman, que odian, que se mueren por dentro, que sienten miedo, angustia y rencor, que se mueren de amor, que pueden esconder en estas palabras una suerte de confesión inminente, que escribí esto atropelladamente en un salón de diez metros cuadrados en una ciudad a la que amo, pero que simultáneamente me rechaza y me expulsa, mientras pensaba secretamente que ser frágil y tierno en este mundo caótico y disperso puede ser revolucionario y transgresor; que no mentí, que me equivoqué, que me equivoqué, que me hirió, que no supe contener mi vanidad, que te permití —te permití— regular tu ego a través del pasado, que jugué —claro que jugué—, porque este blog es poesía y es literatura y es ficción.

jueves, 1 de enero de 2026

Dos ladridos

 En días como estos, que todo finge ser catalizador de trascendencia, me da por pensar en cómo se construye una identidad cuando lo esencial ocurrió una sola vez. Cuando escribo aquí, trato de ofrecer una imagen de una mujer consciente, atravesada por el tiempo y la pérdida, atravesada por la incapacidad de cerrar narrativas vitales, aferrada a un archivo emocional cuestionable. Cuando escribo aquí, trato de narrar mi herida, habitar mi herida, entender mi herida. A veces me pregunto:

Si te suelto, ¿qué queda de mí? 

Si te suelto, ¿qué queda de mí?

Escribo sobre este recuerdo repetitivamente porque funciona como una figura fundacional. Esto no es fruto de una idealización episódica que aparece y desaparece: esta idealización es estructural. Está integrada en mi forma de percibir el mundo, en mi forma de habitar el mundo, en mi capacidad de amar y también en mi incapacidad de amar.

Esto lo escribo con cierta distancia porque hacerlo hacia un tú (como suelo hacerlo) sería tensar una cuerda que se quebró hace años.

*

Hoy recordé un comentario de texto que hizo R. en relación a un poema que escribí. Eran seis páginas cargadas de dialéctica y análisis profundo. Sentí un vértigo misterioso e incognoscible deslizándose por mi garganta hasta llegar a mi estómago. En aquel entonces pensé que era enamoramiento y posiblemente estaba equivocada. Me vi diseccionada como en una operación quirúrjica. Todos mis miedos y debilidades expuestos, como si fuese urgente retirar cualquier tejido putrefacto o enfermo.

También recuerdo que me asaltó una inseguridad ya conocida. Me suele suceder cuando un hombre inteligente me aborda y me reconoce de igual a igual. Aquí entra en juego la manera en la que nos han educado a las mujeres a la hora de habitar en un mundo dominado hegemónicamente por los hombres en las esferas intelectuales. 

Muchos me dicen que escribo bien y yo lo sé, soy consciente de ello. No quiero utilizar una falsa modestia, porque trato de ser honesta y verdadera en este blog que pocos conocen. También sé que soy inteligente. Por eso, cuando un hombre con ciertas inquietudes culturales me reconoce, percibo cierta atracción desasosegada y también cierta enemistad lúdica. Es esta la manera en la que nos han enseñado a socializar, me respondo con cierta indulgencia. 

Todos los hombres de mi vida terminan por irse porque yo me siento sometida y arraigada a una inseguridad atroz. Es esta la manera en la que nos han educado a las mujeres. Trato de ser subversiva y no ceder a esta idea, trato de aceptar mi naturaleza y no transigir. Sin embargo, siempre fallo.

No obstante, esta inseguridad, me aseguro, es sistémica y no me pertenece, aunque también me pertenezca.

*

He escuchado la canción que lleva por título esta entrada del blog después de infinidad de años. Esta es una manera extraña de ejercer la memoria y el apego.

*

Twitter me descubrió una web en la que podías depositar notas en ciertos lugares de la geografía española. He escrito algún verso en ciertas ciudades, también en aquellas que nunca he pisado.

Esto es topografía sentimental.

*

Escribe Patricia Highsmith: «Me habría gustado tenerla entre mis brazos toda la noche, provocarle el sentimiento de ser amada y deseada, porque el sentimiento es más importante que el acto».