domingo, 12 de abril de 2026

Milana bonita

El viernes, en una de esas terrazas atestadas de Argüelles, conté a mis amigos cómo te conocí. Les hablé de cómo habíamos coincidido en una de esas quedadas de la facultad debajo del reloj de la Plaza Mayor de Salamanca y de cómo yo sabía quién eras previamente, aunque fingí no conocerte, y de cómo había reparado ya en tus manos (percatarse de la morfología de las manos de un hombre siempre ha sido un rasgo muy particular de mi personalidad, un ejercicio ineluctable de premonición: sé exactamente qué manos van a recorrer mi cuerpo cuando las atisbo). También les conté que una amiga de mi residencia tenía por amiga a tu compañera de piso y que, por tanto, tú también sabías de mi existencia, pero este dato también fingí desconocerlo. 

Les conté cómo nos lanzaron a ambos alcohol en nuestra ropa y cómo esa nimiedad me sirvió de excusa para dirigirme a ti, decirte cualquier estupidez que ya no recuerdo. Después también les confesé (todos mis amigos con los ojos como platos, atentos a cualquier detalle) que tú me contaste que ese fin de semana irías a tu tierra a ver un concierto de un cantautor que probablemente yo no conocía. Entonces recuerdo que te insistí —casi puedo sentir aún el corazón golpeándome muy fuerte al recordar esta coincidencia— en que me revelases de quién se trataba. Tú me miraste, con aquellos ojos profundos y borrachos, esbozaste una ligera sonrisa y me dijiste que irías, con tu padre, a ver a Paco Ibáñez.

No sé cómo pude disimular mi admiración, estoy segura de que tú te percataste enseguida de ello. Aquella noche nos despedimos a las seis de la mañana en la Plaza de San Justo, mientras una tierna llovizna descargaba sobre nosotros.

Aquel fin de semana me llamaste (¿te di mi número? ¿me lo pediste tú? ya no lo recuerdo) cuando sonaba desde una ciudad del norte de España «Palabras para Julia» de José Agustín Goytisolo. Recuerdo que estaba en la residencia viendo una película y, de repente, apareció tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Mis amigas murmuraron algo ininteligible y me sonrieron.

Les conté a mis amigos, también, cómo, tras volver a Salamanca, hablábamos todos los días hasta horas intempestivas y tramposas de la madrugada, cómo luego tenía que ir a la facultad con unas ojeras espantosas y cómo empezamos a quedar con excusas que ahora resultan obscenas y superficiales. 

Unos días después descubrí que tenías novia. Aún me veo en ese momento, varada en mi habitación de la residencia frente al ordenador, y cómo sentí un latigazo espantoso que me atravesaba de vértebra a vértebra. Entonces mis amigos me preguntaron, en tono jocoso, si en aquella época no era feminista. Me limité a sonreír, ladear la cabeza y beber de mi cerveza.

También les conté cómo nos besamos por primera vez. Ambos estábamos tan borrachos que tuvimos que sentarnos en un escalón de una peluquería de la calle Zamora. Entonces recuerdo que estaba agotada y que dejé caer mi cabeza sobre tu hombro. Nos miramos a los ojos, enfermos por una tensión inexplicable, y nuestras bocas se buscaron en una inercia sensorial y triste, porque ambos sabíamos que aquello no tenía remedio, no lo tenía, y abandonarse a ese absorber bello había sido la consecuencia exacta de hablar durante tantísimas horas y enamorarnos irremediablemente. 

Entonces tú dejaste a tu novia y nosotros entramos en una dinámica extraña. Les conté a mis amigos cómo mi primera experiencia sexual fue en un piso de protección oficial del Campus Unamuno y cómo hice el amor en un piso en cuya fachada había una placa con el yugo y las flechas. 

He escrito todo esto sin reparar mucho en ello, como una náusea inevitable y profunda, quiero que no sea fingido, no quiero modificarlo. Solo intento que mi memoria quede inmortalizada en este blog.

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Resulta extraño añorar aquello que no sucedió. A veces pienso que, en realidad, lo que echo de menos es aquella versión de mí misma.

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Cuando cambié de instituto, sentí que mi vida se desmoronaba. Me sucede que necesito constantemente la validación profesional, sentirme reconocida en el ámbito laboral, percibirme y saberme inteligente y resolutiva por mis alumnos y mis compañeros. Volver a granjearme un hueco me resulta tedioso y soporífero.

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Me cuesta mucho escribir textos narrativos: configurar espacios y un tiempo, crear personajes y desarrollar su psicología. Entonces me autoinculpo, ególatra de mierda, siempre hablas de ti misma.

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El otro día les comenté a mis alumnos de Bachillerato que ya estaba disponible la beca MEC. Uno de ellos me preguntó qué era una beca. No lo dije, pero pensé en cómo de desconectado tienes que estar de la realidad para realizar esa pregunta. Vivimos en una sociedad, sin ningún tipo de conciencia, que acepta, sin cuestionarse absolutamente nada, la visión del mundo de la clase dominante.

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Leí este domingo Los santos inocentes de Miguel Delibes. Tuve todo el tiempo en mi cabeza a Paco Rabal y a Juan Diego. Milana bonita, milana bonita. He puesto esta lectura obligatoria en Bachillerato porque es urgente que estos relatos permeen en la juventud y desmitifiquen épocas oscurísimas de nuestro país.

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Mientras cortaba un par de tomates en casa de mis padres, me corté con el cuchillo la yema del dedo. Sonaba de fondo Los jardines de marzo de La Bien Querida, pensaba en ti en ese instante, todo el mundo tiene restos de sueños y regiones de la vida devastados, no sangré, me corté y no sangré, todo el mundo tiene una infancia que resuena en las esquinas de su casa, me pareció una metáfora absoluta de nuestra no-historia, todo el mundo buscó algo algún día y no lo encontró, me pareció una genialidad hermosa y justa y, por eso, lo apunté en el móvil mientras yo reparaba en una herida que no sangraba, alguien me dijo ayer que todavía me querías, que no sangraba, y a mí contigo me pasa igual.